
Unas pequeñas cajas de plástico de colores cuelgan del techo. Dos ruedecitas transparentes hacen girar, todavía, metros y metros de una cinta marrón plana. Algunas conservan etiquetas: Naranjito de Triana, Ska-P, Requiebros. Otras prometen canciones concretas: Mujer, qué sabes de mí, Solo por amor, Que yo me voy para Chiclana. Algunas de ellas, además, están escritas a mano.
Durante años supimos que la música vivía dentro de estos objetos. Era fácil saberlo. Pero un día desapareció. La música dejó de estar unida a objetos y perdió su materialidad. Se convirtió en nube. En streaming.
Ahora las cintas cuelgan inmóviles en la sala larga de Bellas Artes, destripadas artísticamente, mostrando sus entrañas torturadas. El sonido que un día se grabó en estas cajitas es precisamente lo que ya se perdió. Quedan, en cambio, las advertencias impresas en el plástico: “RESERVADOS TODOS LOS DERECHOS”, “PROHIBIDA LA DUPLICACIÓN”, “MADE IN SPAIN”.
El peligro era el tiempo y no la copia. El tiempo borró su utilidad, las enredó, las hizo perder intensidad, las borró y las hizo imposibles de rebobinar. Era el tiempo.
La música en silencio, Paula Santos-Orejón Ramírez. Serie realizada en madera, cinta magnética, cassettes, acrílico y aro de metal sobre contrachapado; 100 × 180 cm, 45 × 150 cm y 32 × 40 cm. Exposición colectiva en la sala larga de la Facultad de Bellas Artes de Cuenca, 15 de mayo de 2026.
Esta nota al pie de post forma parte de El Tomanotas, el cuaderno de paso de La Circular en Substack un lugar donde van quedando pequeñas crónicas culturales, imágenes, making of, comentarios al margen y materiales difíciles de clasificar. Puedes seguir leyendo más textos y notas en La Circular en Substack y en La Circular. Texto y fotos de José A. Montero.