Millares, mortajas para un siglo inconcluso

Por José An. Montero

Hace cinco décadas desapareció prematuramente Manuel Millares, uno de los grandes artistas del siglo XX, cuya sombra es cada vez más alargada. Nunca ha dado el salto de popularidad de alguno de sus coetáneos, pues su lenguaje críptico y mortuorio difícilmente asimilable por una sociedad publicitaria y superficial. Millares es esa extraña caligrafía entre el arabesco y el barroco difícilmente domesticable.

Millares reconstruye en sus momias el retrato de ese cruel siglo XX que quisimos enterrar demasiado rápido. Dos veces los enterramos ya. Con la caída del Muro de Berlín pensamos que habíamos conseguido por fin trascenderlo, y con la de las Torres Gemelas, creímos haber cruzado de nuevo el umbral. Sin embargo, su larga sombra sigue asomando en cada muerte material en forma de mortaja, momia, tumba, túmulo o sepulcro. Como destrucción misma. Como recuerdo del infierno de la materia, antes de que seamos capaces cruzar del todo la puerta hacia los infiernos digitales aún a medio construir. 

En esta realidad física, sigue interpelando las mismas sombras de Manuel Millares en el cincuentenario de su muerte física. Habitamos los mismos miedos, los mismos conflictos, las mismas humillaciones y la misma nostalgia. Les podemos poner otros nombres y otros actores, pero miramos hacia el futuro con el recuerdo de lo vivido. Las momias de Millares siguen siendo nuestras momias, y siguen subyaciendo escondidas en las distopías que corroen las noches. 

Cincuenta años, en realidad cincuenta y dos pues falleció en 1972, que sirven para desempolvar el legado, para volver a ver ‘Cuadernos de Manolo Millares’, que repasa algo parecido a unos diarios anotados en varios cuadernos de contabilidad de Manolo Millares, o acudir en peregrinación (artística) a la Fundación Antonio Pérez (FAP) de Cuenca para sumergirse en la denominada Sala Millares donde se encuentran veinte arpilleras del artista canario en una sala que, situada en el corazón de un convento de clausura, tiene una potencia fuera de lo común. Allí mismo se puede ver la correspondencia que intercambiaron Millares con el propio Antonio Pérez.

La propia FAP también ha sido sede hace apenas unos días de la presentación del libro ‘Millares: escritos y entrevistas’ que recoge escritos del artista y entrevistas en una edición crítica realizada por Julián Sánchez (UCLM) y José Luis de la Nuez (UC3M). En esta obra se recoge una serie de escritos que hasta ahora habían permanecido inéditos y que cincuenta años después de su prematura muerte adquieren una significación muy especial. 

Sin alcanzar inalcanzables cimas estremecedoras del FAP, pero con la elegancia característica, el MACA de Alicante también rinde homenaje a Millares con la exposición ‘Ahora se quedó la prisa quieta’, donde podemos encontrar la última serie de serigrafías realizadas por el artista canario en los talleres de Abel Martín, para el Museo Español de Arte Abstracto de Cuenca en 1971.

Elvireta Escobio, artista, viuda y heredera de Millares, a sus más de noventa años, es la protagonista de ‘Elvireta Escobio, bajo la piel de la arpillera. Conversaciones sobre Manolo Millares’, un libro en el que el periodista Antonio Puente reúne un año de entrevistas con quien es parte fundamental para entender la vida de Millares. 

Rebuscando en la red, también podemos encontrar la conferencia  «Millares, del Museo Canario al de Cuenca», impartida por Juan Manuel Bonet donde hace un recorrido por las primeras influencias de Manuel Millares a través de los libros de su bisabuelo, el historiador Agustín Millares Torres. El Prado, Goya, pictografías canarias, Altamira,… Un mundo que acabará traduciéndose a la manera del Guernica en un universo en blanco, negro y rojo. 

El lienzo de Millares es como el “campo de batalla en unos años sombríos de cardo y ceniza”, citan en la hoja de sala de la exposición ‘Ahora se quedó la prisa quieta’ en el MACA de Alicante. Un campo de batalla que sigue penetrando ciudades, destruyendo hogares, creando millones de refugiados sin hogar, bebés sin vida, desgarros profundos en la carne, como los que Millares reflejó en sus arpilleras. “Cosa rara de contar. Porque raro de lo más es el hecho, la historia, como si anduviese por otras latitudes no mensurables, fuera de centímetros, milímetros e infinitesimales, qué sé yo”. Escribió Millares en su diario. 

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