Marta Villanueva: “Ser maestra rural es un privilegio”

Por Álvaro Muñoz

Marta Villanueva es maestra rural por vocación y directora del C.R.A. Miguel Delibes, centro al que pertenece el aula de Tragacete donde da sus clases Natalia García. Ambas han participado esta semana de la Escuela Rural organizada por el área de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación de Cuenca. 

Desde Villalba hasta la Vega del Codorno, pasando por Sotos, Mariana y Tragacete se extiende el C.R.A. Miguel Delibes. Cincuenta kilómetros de pasillos en los que las nevadas y los animales en la carretera son frecuentes. 

Marta, profesora rural por vocación y elección, ha visto como en los últimos años se han ido cerrando aulas. El año pasado cerró el aula de Las Majadas y hace dos la de Valdemeca. Antes lo hicieron otras como Uña, Ribagorda o Fresneda, hasta quedar escuela en únicamente estos cinco pueblos en los que se sigue luchando porque sigan abiertas las aulas, esas “ramas con hojas” como diría el poeta que siguen dando esperanza a nuestros pueblos.

Ochenta niñas y niños repartidos en las cinco secciones con las que cuenta este colegio tan especial en el que dan clase once tutores y nueve maestros itinerantes que pasan la semana repartiendo su horario entre los cinco pueblos, maestros de música, de educación física o de inglés que cada día dan clase en un pueblo y que pasan muchas horas conduciendo por las carreteras de la Sierra. 

Como cuenta Marta, las niñas y los niños de nuestro colegio “cuentan con los mismos recursos que cualquier otro colegio de Cuenca, a veces incluso más, porque nuestras aulas son más pequeñas”. Los que lo tienen más complicado son aquellos niños que viven en pueblos cuya sección cerró y que tienen que trasladarse hasta el más cercano todos los días. Obviamente la Junta pone los medios necesarios para ello, pero es mucho más complicado poder dotar de un aula matinal que permita la conciliación laboral a algunas familias. 

Natalia, la maestra de Tragacete, es uno de esos grandes premios que ha tocado en el pueblo, según las madres y padres del pueblo que están encantados con su maestra. Nueve niños acuden cada mañana a su clase, dos de infantil y siete de primaria. Natalia tiene el reto de que aprendan niñas y niños de distintas edades compartiendo el mismo espacio y la misma maestra. 

Como reconoce, “la organización es una locura y al principio cuesta bastante, hay que planificarlo todo mucho más y adaptar los contenidos a todas las edades. Hay que tener en cuenta las características de todos y repartir el horario en función del número que sean y de las necesidades específicas de cada uno”.

En su clase hay nueve niños, dos de infantil y siete de primaria, “Una vez que han aprendido a esperar y respetar sus turnos, es mucho más fácil trabajar con ellos y hay mucha más armonía. Si no lo consigues, tienes a los nueve diciendo seño ven, seño ven,  seño ven y acabas loca”. 

Natalia comienza el día con la asamblea de los más pequeños, “hay que crear hábitos y rutinas en ellos. Me ayudan los de segundo y tercero. Aprovecho para trabajar en Infantil cosas de primaria de una forma más lúdica. En un aula unitaria es un muy importante que los más mayores asuman responsabilidades, para que pueda estar más pendiente de aquellos que necesitan más ayuda. También me gusta incluir en la asamblea una frase del día, añadiendo sílabas o contando palabras, para repasar conceptos lingüísticos y matemáticos”. 

Cuando en Tragacete termina la asamblea de Infantil es el turno de los más mayores, “de tercero a sexto son muy autónomos y responsables, cuidando mucho de los más pequeños”. 

Un aspecto que ambas destacan es la cercanía con las familias y su implicación en las actividades del aula. “En Carnaval y en el teatro de Navidad se invita a las familias, que además suelen montar la fiesta final de curso con bocadillos y chuches”, cuenta Natalia. “En Tragacete tenemos la suerte de que las familias se implican muchísimo, organizando extraescolares por las tardes. Tenemos un trato muy cercano y hacen que todo funcione”, dice. “No es lo mismo estar en un colegio de quinientas niñas y niños donde es imposible conocer a todas las familias que en una escuela rural, donde los días de frío salgo y les digo que esperen dentro. El trato es mucho más cercano”. 

Aunque es muy enriquecedor, confiesa que no todo es idílico, “tienes que aprender todos los días, superarte, porque por mucho que planifiques la realidad te desborda y si hay un problema, al ser tan pocos, todo se nota más y se vive más intensamente”. Afortunadamente, según nos cuenta Marta, cuentan “con un programa de habilidades sociales, que permite corregir lo negativo mucho antes”. 

Ambas cuentan que lo peor es saber que cuando terminen la Enseñanza Primaria tendrán que ir al Instituto en transporte escolar como los de Mariana, Sotos o Villalba, o como los de Tragacete y Vega del Codorno, que tienen que quedarse en residencia en Cuenca. “Se tienen que quedar toda la semana solos con 12 años. Y claro, siempre tienes miedo. Pasar de una clase de poca gente a un instituto nuevo, con muchos compañeros y solos toda la semana sin sus padres. Eso me preocupaba, llamaba a la residencia para saber cómo estaban. Son mis polluelos. Pero me decían que encantados, que todo muy bien”. Continúa explicando Marta, “desde el departamento de orientación tratamos de prepararlos para el instituto, para que el cambio no sea tan brusco. También nos reunimos también con los padres, que son los que peor lo pasan.”

Cuando una niña o un niño necesita una adaptación curricular, “contamos con refuerzo de especialista y tratamos de reforzarlos lo más posible. En una clase con muchos alumnos no da tiempo, pero aquí tratamos de que haya actividades orientadas hacia ellos, atendiendo sus necesidades de manera más directa”, cuenta Natalia que además es profesora de apoyo, pero en el caso de que no lo fuera “el tutor hace una hoja de derivación al departamento de orientación para ver cómo actuar, para darle esas horas que necesita de apoyo, también unas pautas al tutor para que lo vaya reforzando”. 

Organizar un colegio de estas características no es fácil, porque “aunque siempre estamos en contacto, no estamos cerca. Los lunes nos reunimos en Villalba, pero yo ya no las veo en toda la semana”, explica Natalia. “Yo alucino con el trabajo de Marta Villanueva como directora. Que llegue a todo y a todos, conciliarnos a todos en colegios tan separados”. Nos confiesa el secreto, “muchas horas al teléfono y muchas horas de trabajo”. 

Horas de trabajo y de carretera que no minan su vocación por ser maestras rurales por elección. “Éste es mi colegio y es aquí donde quiero estar”, dice Marta, “para mí, trabajar en el medio rural es un privilegio”.

Tanto Natalia como Marta aconsejan la experiencia de un C.R.A. a todos los maestros y maestras, ya que, en conjunto, la experiencia es muy positiva y el trato muy cercano. La comunión entre escuela y familia es más sentida y trabajar en el medio rural, un privilegio.

Artículos relacionados

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para analizar y mejorar su experiencia de navegación. Al continuar navegando, entendemos que acepta su uso. Aceptar Leer Más

Privacy & Cookies Policy