
Un megacrucero británico atraca en la bahía de Cartagena. Desde la cubierta superior llega una voz que interpreta grandes éxitos internacionales, al ritmo de un tum, tum sordo de bombo. Es el sonido incesante, la banda sonora de nuestra manera de habitar el mundo.
Mientras tanto, en la plaza del Ayuntamiento, Luzmila Carpio imita el canto de las aves transmitido por su madre en Qala Qala, su comunidad quechua-aymara de Potosí. Ese lugar de donde, durante siglos, fue robado el oro con el que se construyó el lujo occidental. No es un sonido diferente. Es otra manera de habitar el mundo. Quizá a esto se refiere Silvia Rivera Cusicanqui cuando habla de lo ch’ixi y de la coexistencia de dos lógicas contradictorias sin fusionarse en una sola homogénea.

Luzmila Carpio representa el canto ancestral, frente a un tiempo que, como escribió Ariruma Kowii en Pachaka, “está convulsionado, el tiempo tiene contracciones, el tiempo puja, aprieta sus puños, está bañado de sudor… comienza a romperse, empieza a sangrar… un nuevo sol, una nueva luna ha empezado a nacer.”
La cantante boliviana cerró los conciertos de esta edición de La Mar de Músicas en la plaza del Ayuntamiento. Un escenario festivo y callejero. Un punto de encuentro de culturas y generaciones. De puertas abiertas. Donde a nadie se le pide una entrada. Luzmila Carpio es parte de ese encuentro entre naturaleza y civilización, entre cantos ancestrales y ritmos electrónicos. Pero también entre edades, porque, como ha dicho más de una vez, frente a una sociedad que encasilla por décadas, no hay edad para aprender y no hay edad para experimentar.

Sobre el escenario, junto a Luzmila Carpio, un trío de músicos aporta contemporaneidad a su pequeño charango ancestral. En la percusión, el argentino Camilo Carabajal sostiene el pulso con precisión contenida. Al violín, el ruso-argentino Alex Musatov traza melodías que tienden puentes entre tradición y experimentación, entre lo orgánico y lo electrónico. Completa el conjunto Leo Martinelli, productor musical y líder del proyecto Tremor, una agrupación neofolk-electrónica de Buenos Aires. Su trabajo, fundamental en el último álbum de Carpio, imprime un sello sonoro en el que se funden el folclor latinoamericano y la exploración digital.
El concierto comenzó envuelto en una cierta extrañeza por parte del público, ante una propuesta que apostaba por un enfoque abiertamente indigenista, en contraste con los ritmos urbanos e híbridos que suelen habitar este escenario. Las melodías sutiles, que imitan el canto de los pájaros de su tierra, tardaron en calar. Pero cuando el público logró superar lo anecdótico, y Luzmila profundizó en su discurso de justicia y ruptura con los silencios coloniales, cuando empezó a adentrarse en esa mezcla de electrónica y folclor antiguo, la distancia inicial dio paso a una escucha cómplice: una necesidad de acompañar, de comprender, de aprender y de aprehender. Una bandera aymara flota sobre el público.
En estos tiempos verde oliva, el canto de Luzmila Carpio es una acción ética, planetaria y de reconciliación. Un puente entre “nuestras heridas y nuestra luz”, ha dicho en alguna ocasión. Un discurso ético con reflexiones sobre la crisis climática y la importancia de rescatar los valores ancestrales.

El público no tardó en dejarse envolver por este ritual musical, que era a la vez un acto político y un gesto poético, poniendo a bailar colectivamente a la plaza del Ayuntamiento con su invocación ancestral de la naturaleza en los Andes. Chhullupia, pájaro que canta en época de sequía, pidiendo lluvia: “Tutii o‑o‑ooo… tutii o‑o‑ooo… Taitay amuy Parachiy, parachiy.” Un pequeño pájaro indígena posado en el puente de mando.
Luzmila Carpio. Concierto en la Plaza del Ayuntamiento, La Mar de Músicas 2025, Cartagena, 26 de julio. Acompañada por Camilo Carabajal (percusión), Alex Musatov (violín) y Leo Martinelli (producción y electrónica).
