Olivia Funes Lastra, las palabras veladas

Por José An. Montero

Una mirada sutil a un presente imperfecto en un tiempo de gritos que pretenden ser pluscuamperfectos

“Soy sólo un camino — Los signos, los recoge mi lengua — Pedazo a pedazo, — Retazo a retazo”. Estas palabras, escritas con rotuladores de colores sobre un papel, se mueven con la corriente, aferradas a las gasas pintadas de colores que cuelgan del techo del Secadero de Las Cigarreras, en Alicante. Mejor dicho, colgaban, porque esta primera exposición individual de Olivia Funes Lastra cerró este viernes 30 de mayo, y esas telas deben andar embaladas en algún almacén, esperando un nuevo viaje.

El agua diluye las palabras. El tiempo acaba por diluir todo. Los días se evaporan con la misma ligereza con la que las telas colgaban del aire. Vine a verla un par de horas antes de que la inauguraron, y no pude visitarla porque andaban con los últimos retoques. Regresé el día de la clausura y ya vibraba la urgencia del final. Es posible que no tenga sentido escribir sobre una exposición que ya se ha clausurado. Pero, como algunas palabras, las sensaciones tienen el poder de ser evocadas durante mucho tiempo.

Veladuras de realidad sobre las que colgaban versos manuscritos de su Babel íntima. Pequeñas fotografías intervenidas con una leve frase sobre la pared. Todo respiraba el mismo aire de fragilidad, de temporalidad, de realidad íntima que puede truncarse en cualquier momento. Pequeñas cintas colgadas del techo que corren el riesgo de romperse imprevisiblemente, como cualquier vida.

El espacio industrial del antiguo secadero se convirtió en un lugar casi habitable e íntimo, con esa hospitalidad que tiene lo frágil. En las antípodas de los tapices palaciegos. Qué bella palabra para referirse a una artista nacida en Wellington, pero crecida flotando entre culturas. Nacida en Nueva Zelanda, formada entre Argentina y Francia, ha pasado por residencias en París, Los Ángeles y, recientemente, Alicante. Su obra refleja esa condición nómada, siempre entre lenguas, territorios y afectos. Su trabajo parece sugerir un modo de percibir: desplazarse no solo con el cuerpo, sino también con la mirada, el idioma, la memoria. Vivir siempre con una mirada ajena e híbrida, moviéndose entre la poesía, la pintura, la instalación o la performance. Dialectos de un mismo mundo.

En esta exposición, comisariada por Javier Martín-Jiménez y coproducida con la Casa de Velázquez, cada elemento parecía invitar a un tipo de atención distinta: a pararse en los detalles, dejarse seducir por las constantes veladuras. Espacios híbridos que, desde lo mínimo, abordan el desarraigo como forma de estar en el mundo, la traducción como naufragio y reconstrucción, la memoria como un idioma heredado. Capas superpuestas de la vida.

Cuerpos ausentes, pero presentes en unos cojines vacíos, en unas fotografías familiares, en el trazo de unas letras. Todo diluido y sutil. La exposición ya no está. Y, sin embargo, queda algo. Como cuando se arranca una hoja de un cuaderno, pero el texto queda marcado en la página siguiente. Un eco suave. Un fragmento recordado. Un eco de voz en una sala que ya está en penumbra. 

“El agua diluye mis palabras” es la primera exposición individual en España de Olivia Funes Lastra, presentada en las salas Caja Blanca y El Secadero de Las Cigarreras (Alicante), comisariada por Javier Martín-Jiménez y coproducida junto a la Casa de Velázquez. Clausurada el 30 de mayo de 2025.

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