Juan Carlos Velasco: “Las fronteras son un lugar donde los derechos humanos se ponen gravemente en entredicho”

Por Paz Garcia Blanes

En el crisol donde convergen las líneas geográficas y las cuestiones fundamentales de los derechos humanos, se encuentra Juan Carlos Velasco, investigador del CSIC, una figura destacada cuyas experiencias y perspectivas arrojan luz sobre la compleja intersección entre fronteras y dignidad humana.

Con motivo del Congreso Biopolítica y Fronteras, celebrado los días 14 y 15 de este pasado noviembre en la facultad de Humanidades de la Universidad Castilla-La Mancha, Velasco ha acudido a la ciudad de Cuenca para intervenir en estas jornadas mediante una ponencia titulada “En torno a la reconfiguración de las fronteras territoriales en un mundo globalizado”.

Juan Carlos Velasco es doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Actualmente, es profesor de investigación en el instituto de filosofía del CSIC. Lidera en estos momentos el proyecto de investigación: Desigualdad de privilegio y justicia global. También ha editado recientemente el libro Refugiados, Migrantes e Integración, de Habermas. Su libro más destacado en esta materia es El Azar de las Fronteras. En un rincón apartado de la facultad, encontramos un lugar idóneo donde mantener una íntima y agradable conversación sobre las diversas y complejas formas que tienen las fronteras de incidir en las vidas de quienes tratan de atravesarlas.

En primer lugar ¿cuáles son las principales preocupaciones de las personas que viven en las distintas zonas fronterizas?

Bueno, eso no es una cuestión fácil de determinar porque depende mucho de cada región. Las regiones fronterizas son muy disímiles a lo largo del planeta. Hay zonas de fronteras donde no vive nadie y zonas densamente pobladas y donde el tránsito es algo normal. Cuando las diferencias en la economía, ingresos, o diferencias sociales son muy fuertes entre un lado y otro de las fronteras, es cuando con mayor frecuencia se suele optar por instalar muros, vallas o elementos de obstrucción al movimiento. Ahí es complicado. Las preocupaciones se atenúan, por el contrario, en sociedades donde hay un tránsito fácil porque las relaciones laborales son muy fluidas. En estos casos, lo que piden los vecinos es que los trámites para pasar sean los más sencillos posibles.

Entre Polonia y Alemania hay un tránsito diario de gente, por ejemplo, de mujeres que trabajan en el servicio doméstico o de varones ocupados en la construcción desde Polonia a Alemania y van y vienen todos los días en autobuses. Entre el Sur de Francia y el Norte de España, o entre Portugal y España, también podemos verlo. Todos estos casos se dan en el seno de la Unión Europea, donde el tránsito es muy fácil. En México también hay un trasiego continuamente, en la frontera de Tijuana, y, en general, la gente lo que pide es menos controles y perder menos el tiempo en eso.

 ¿De qué manera podemos relacionar entonces las fronteras con los derechos humanos?

En el actual panorama geopolítico, una frontera es un sitio delicado, un sitio clave, un sitio conflictivo. Aunque no debería ser así. Pero sí es un sitio donde los derechos humanos se ponen gravemente en entredicho. Como se deduce del sentido de la palabra, son atribuibles a todos los seres humanos sin diferencias, pero en la práctica no es así.

Cuando uno pretende pasar una frontera poco vale la condición de ser humano. Lo primero que te piden es que muestres que eres nacional y que enseñes un pasaporte. No vale igual un pasaporte que otro y te ponen cortapisa dependiendo del documento que portes. Todo ese tipo de cosas son limitaciones; tipos de actuación dirigidos contra los derechos humanos, pues no es sino dar un trato discriminatorio a las personas. En la frontera se excluye, funcionan como máquinas discriminatorias y eso no debería ser así. 

¿Y cómo se podría mejorar la situación en las zonas fronterizas?

Pues tendría que haber, por lo menos, acuerdos entre los Estados para facilitar el tránsito, el acuerdo de vecindad. En algunos sitios se establece y se ofrece unos papeles especiales para los vecinos inmediatos de las zonas fronterizas.

Eso en el ámbito europeo funciona. En América Latina funcionaba bastante bien hasta mediados del siglo pasado. Pero en las últimas décadas se han endurecido los controles fronterizos en todos los sentidos, menos en Europa hacia dentro. Desde la Unión Europea hacia afuera se ha construido lo que se llama la Fortaleza Europa. Algo que es mucho más que simbólico, para muchas personas es un horror. Se han endurecido los controles, la vigilancia y es muy difícil entrar en Europa desde fuera. Se ha liberalizado hacia dentro, pero hacia afuera se ha blindado.

En la ponencia citó textualmente, “Las fronteras cambiantes pueden afectar a la población de manera inesperada y perversa”. ¿A qué hacía referencia concretamente esta afirmación?

A lo largo de la historia ha habido, sobre todo en Europa, distintos cambios de fronteras que han hecho que vecinos de un lugar, sin cambiarse, sin cambiar la vida de ese lugar, hayan pertenecido a distintos estados. Cambiar de estado y de nacionalidad no es una cosa simple. Es perverso que hayas nacido en un pueblo, por ejemplo, que hoy es Ucrania, y que a lo largo de tu vida haya sido, sucesivamente, parte Imperio Austro Húngaro, Checoslovaquia y Hungría. Todo en una misma vida. Además de que el trato que reciben esas personas es distinto. Su identidad se ve enteramente alterada.

¿Y qué haría falta para que se creara un mundo en el que las fronteras dejaran de tener utilidad y sentido?

El sistema mundial está establecido como un sistema de Estados. Las fronteras dejarían de tener sentido si el mundo no se organizara así, es decir, si desaparecieran los Estados. Pienso que eso es imposible. No hay razones para pensar que dejen de existir. No tienen siempre que concebirse las fronteras como barreras, como obstáculos al movimiento de las personas. Al igual que se ha levantado las fronteras para el movimiento de capitales a través del ciberespacio, de las transacciones digitales; también se puede cambiar esa función de control para cruzar de un país a otro, para físicamente como una persona.

Pero lo que no creo que pueda cambiar es la función jurisdiccional de las fronteras. Es decir, señalar el ámbito de validez de un ordenamiento jurídico. Si cometes un delito, se aplicarán las leyes penales de ese país y los impuestos los tendrás que pagar ahí. La frontera señala la jurisdicción de cada Estado.

Es preciso pensar las fronteras de otro modo y sólo es posible desagregando las distintas funciones que actualmente desempeñan las fronteras, manteniendo unas y prescindiendo de otras.  Algunas tienen que permanecer, pero otras no tienen el porqué. Pero la distinción entre un Estado y otro, y eso se marca por fronteras, es una función que no es prescindible, a no ser que pensemos que se conforme un Estado mundial, pero eso podría dar lugar a una forma global de tiranía sin contrapesos externos. Más que imaginar un Estado mundial, es preciso pensar en formas de cooperación internacional cada vez más estrechas y solidarias.

En la sociedad y en los medios de comunicación hay conflictos que se tienen más presentes que otros. ¿Qué estrategia habría que seguir para que los ciudadanos protesten y se movilicen por estos igual que lo hacen, por ejemplo, por Palestina o por Ucrania?

No nos movilizamos igual por todas las causas de injusticia, entre otras cosas, porque no tenemos la empatía para ponernos en el lugar de todos los que sufren y padecen calamidades. Creo que es normal que, los seres humanos, sientan un afecto más fuerte por el entorno familiar, por el pueblo donde vive y que le afecte más esas cosas; pero tendríamos que aprender. Tendríamos que transmitir también, desde los medios de comunicación, las noticias de otra manera. Los medios de comunicación conforman no sólo la opinión, sino también la sensibilidad.

Se ha echado en falta que se muestre ante otros colectivos esa misma empatía que ha sido sobresaliente por los ucranianos. Sobre todo, al inicio de la guerra, cuando se desplazaron entre ocho y diez millones de ucranianos hacia Europa Occidental y se acogieron de manera extraordinariamente solidaria.

Aquí, en España, se acogieron a más de 100.000 personas. Y, sin embargo, en esa misma zona europea, en noviembre de 2021 se registró una crisis de migración muy fuerte en Bielorrusia, Ucrania y Polonia. Se pusieron barreras, echaron para atrás a la gente que venía de Irak y de Siria expoliados por la guerra de Siria. No se movilizó nadie en toda Europa ¿y qué se decía? Para justificar ese trato desigual se adujo que los ucranianos son europeos, son cristianos, son blancos y los otros son musulmanes, son árabes o tienen otro color. Eso no puede ser así, somos parte de la misma humanidad.

¿Cree que es utópico establecer como meta una concienciación y una movilización global sobre todos los conflictos por igual?

En primer lugar, no todos los conflictos son iguales. Algunos más salvajes que otros o tienen causas endógenas de cada lugar. Hay conflictos que son muy sangrientos. Pocos son los conflictos realmente inevitables. Pero en algunos se pueden identificar causas, por ejemplo, en las luchas contra la colonización, o los causados por los efectos del postcolonialismo o luchas sociales por garantizar derechos. Estos casos difieren de las invasiones externas motivadas por la rapiña. Hay que distinguir entre conflictos y me parece imposible que nos podamos solidarizar de igual manera en todos los casos.

Ya para terminar ¿qué obra recomendaría a alguien que quisiera comenzar a saber acerca de las fronteras?

Pues recomendaría un libro de Wendy Brown que se llama Estados Amurallados, Soberanía en Declive. Otro que también me gusta es Frontera y ley. Migración global, capitalismo y el auge del nacionalismo racista, de Harsha Walia. En español, en realidad no hay tantas cosas sobre fronteras; hay más sobre migraciones. Entre los estudios traducidos mencionaría Extranjeros y residentes. Una filosofía de la migración, de la filósofa italiana Donatella Di Cesare. Recomiendo también al filósofo y sociólogo alemán, Jürgen Habermas y su reciente libro Refugiados, migrantes e integración.

Por último, me atrevo también a recomendar un libro mío. Se llama ‘El Azar de las Fronteras’. Trata sistemáticamente los efectos que las fronteras tienen sobre los movimientos migratorios y de las políticas migratorias.

Texto y fotos de Paz García Blanes para La Circular

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