Joan Hernández Pijuan, labrar el lienzo

Por José An. Montero

Una meditación visual sobre el lenguaje pictórico y su poder de resistencia.  “Llaurats” reúne más de 60 obras del último periodo del artista catalán, en una exposición comisariada por Javier Hontoria y Nico Munuera.

Papel arado por el lápiz. Lienzo labrado por el pincel. Llaurats. Tapices de gran formato cuelgan apenas un par de días más en las salas del Museo Patio Herreriano de Valladolid. Concretamente hasta el 23 de abril. Alejada de la visión cronológica propia de una exposición retrospectiva, Llaurats recoge los últimos trabajos del artista catalán Joan Hernández Pijuan (Barcelona, 1931–2005), una figura clave en la pintura contemporánea europea.

Signos, gestos y ritmos visuales que el artista comenzó a desarrollar desde finales de los años ochenta. Hernández Pijuan repite patrones, surcos, redes sobre el papel que parecen servir como puertas hacia un mundo interior. Repetición. Concentración. Como un rosario capaz de sumergir la mente en otro estado de consciencia. Pijuan ara, habita, deja huella sobre el papel.

Comisariada por Javier Hontoria y Nico Munuera, y con cerca de 60 obras procedentes de instituciones como el MACBA, el Reina Sofía o la Diputación de Granada, así como de colecciones privadas y del fondo familiar del artista, Llaurats revela un universo visual donde lo idéntico nunca es igual. Donde cada variación es una diferencia significativa. La obra de Pijuan, en esta etapa, parece materializar aquella célebre formulación de Merleau-Ponty: “La percepción es siempre percepción de algo más”. La repetición se convierte así en una forma de conocimiento, no de redundancia.

Bajo el surco, la tierra es diversa. Capas densas sobre las que, más que pintar, el artista raspa, haciendo emerger los estratos inferiores del lienzo. Otros significados. Otros pensamientos. Lo que parecía un acto de repetición inconsciente y reiterativo se transforma en una práctica deliberada y lúcida. Sobre las mesas, papeles que podrían parecer estudios previos, pero que tras una mirada atenta se revelan como procesos paralelos, con autonomía formal y conceptual.

Cada obra se convierte en un punto de partida para la meditación, para adentrarse en el enigma visual de un patrón meramente aparente y oculto en lo visible. Hernández Pijuan afirmó en su día que “la pintura es una forma de conocimiento, no tanto de comunicación”. Esta idea condensa su aproximación especulativa al medio: pintar como forma de pensar. Como un filósofo que pasea, Hernández Pijuan es un artista que camina —o ara— el cuadro, intensificando la profundidad de lo expresado.

Llaurats muestra la magnitud del trabajo de Hernández Pijuan en su última etapa, presentando un legado artístico que interpela al pensamiento del espectador que la recorre “con intención”. Una obra que, lejos de agotarse en lo formal, plantea una pregunta aún vigente: ¿para qué sirve la pintura hoy? Tal vez para responder, desde la línea, el blanco, el surco: para pensar, para resistir, para hacer visible lo invisible. Llaurats trasciende lo meramente expositivo para convertirse en una meditación visual sobre lo esencial del lenguaje pictórico, restituyendo a Joan Hernández Pijuan como uno de los grandes nombres de la pintura contemporánea europea.

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