La Muestra-Exposición de los X Premios de Mujeres en el Arte “Amalia Avia” cierra su periplo regional en el Museo Antiguo Convento de la Merced de Ciudad Real hasta el 8 de diciembre.

Resulta muy complicado dotar de un relato coherente a una exposición colectiva resultado de un concurso público. Lo habitual es que sea una amalgama de piezas de interés desigual. Sin embargo, la muestra de los X Premios de Mujeres en el Arte “Amalia Avia” consigue realmente trazar una “mirada compartida, interseccional e intergeneracional, una mirada espejo de la sociedad que se extraña, se cuestiona, que protesta y que se indigna”, como resalta Isis Saz, comisaria de la muestra, en la propia hoja de sala.
Esta muestra, además de acercarnos al trabajo de una veintena de artistas, tiene el valor de construir un retrato colectivo del espacio y el tiempo que habitamos, de nuestras angustias y conflictos más íntimos.
En esta exposición, que ya está cerrando su periplo regional en la sala de exposiciones temporales del Museo de Ciudad Real hasta el 8 de diciembre, después de haber recalado en el Museo de Santa Cruz de Toledo, el Palacio del Infantado de Guadalajara, el Museo de Albacete y el Museo de Cuenca, vuelve a tener en las raigambre y el diálogo intergeneracional uno de sus pilares argumentales. La reivindicación del origen y de las abuelas como figura clave en la construcción de la identidad contemporánea.

Pintura, dibujo, instalación, escultura, arte textil o videoarte sirven como vehículo de expresión para recoger en un soporte estos ‘Mundos Invertidos’ que sirven de lema a la muestra. Generaciones mirándose frente a frente como en la obra ‘Retrofuturo’ de María Leda, ganadora del Premio de Pintura, en el que dos mujeres de distintas generaciones, vestidas con colores opuestos se miran frente a frente, compartiendo y fortaleciéndose mutuamente. Miradas que suman y que se complementan. En su reverso, ‘Sin título (polvo sobre lienzo)’ de Isabel Campos, en el que la artista recoge el polvo del día uno de noviembre en el cementerio de San Isidro de Cuenca, fijado en el lienzo por sus propios pliegues.

A su izquierda encontramos ‘Así en el Pueblo como en la Tierra’ una serie de tres fotografías de Clara Lozano, un guiño a la película de José Luis Cuerda, y que recoge reconstruye de forma onírica un imaginario infantil en el que las moscas son de oro y en el que las referencias se van encadenando como las fichas de dominó que enmarcan uno de los retratos. El realismo mágico de la infancia que habitaba en los pueblos de nuestra infancia y que acaba posado, cruzando de punta a punta este primer espacio, junto a las pequeñas casas de gres esmaltado que habitan las ramas de ‘Habitar la memoria y la raíz’, de Ángela Carrasco Gil, en un esfuerzo por “mantener las raíces con buena salud, mediante la ternura y el sentido de pertenencia, honrando, para no dejar desaparecer nuestra memoria”. Cada uno de los espacios propone un diálogo entre las obras, sorteando estilos para construir un discurso fructífero, como el que construyen el audiovisual ‘Labor y ofrenda’ de Davinia Fillol con ‘Disturbare’ de Mayte Olmedilla, performance y bufona, pero siempre certera. El traje blanco de novia que sirve de homenaje a Pippa Bacca, violada y estrangulada en 2008, sirve de antesala visual a la proyección de la videodanza de Davinia Fillol rodada en el lavadero de San Antón de Caudete mientras la sala se inunda del sonido del goteo del agua y con él, del paso del tiempo, del valor de la memoria colectiva y de una cultura tradicional liberada de dominaciones, exclusiones y violencias.
