Hallelujah en la villa romana

Por La (Mínima) Circular

En un viaje por la historia de la música que comenzó en la Tracia de varios siglos antes de nuestra era, Natalia Bravo y Alberto Ruiz, acompañados por la flauta travesera de Cristina Cortijo, propusieron un recorrido a través del tiempo en el escenario interior de la Villa Romana La Olmeda era el elemento esencial.

La ausencia del legendario hydraulis, órgano hidráulico romano, que se encuentra temporalmente cedido al Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, mermó el atractivo de este concierto, algo que pudo reflejarse en la escasa afluencia de público. Aun así, el recital tuvo algunos momentos memorables, como la interpretación del Himno al Sol, compuesto por Mesómedes de Creta (siglo II d. C.), que coincidió con la entrada de los últimos rayos del sol por el ventanal oeste del yacimiento. Casi como el adiós a las antiguas deidades antes de entrar de lleno en el repertorio de la era cristiana.

Curiosamente, el concierto tuvo sus momentos más brillantes cuando, alejados del corsé historicista, los intérpretes introdujeron piezas más actuales, como el Lamento d’Arianna (Lasciatemi morire, Claudio Monteverdi, 1608), una obra barroca en la que la soprano Natalia Bravo pareció desenvolverse con especial naturalidad.

Pero si hubo un momento verdaderamente impactante en la propuesta de ayer de Arqueomúsica, fue la última pieza, en la que los chillidos agudos de los vencejos y el gorjeo intermitente de gorriones y golondrinas que habitan este yacimiento, arrasado y abandonado desde el siglo VI, se fundieron con la interpretación del Hallelujah de Leonard Cohen.

“It goes like this, the fourth, the fifth, the minor fall, the major lift…”, al describir los propios acordes que van sonando, la canción va entretejiendo un juego con la propuesta del concierto y conectando con lo que tienen en común los seres humanos a través de los siglos. Dos mil años después seguimos utilizando el canto colectivo para expresar aquello que resulta difícil decir con palabras.

Si lo que hemos recuperado de la música antigua es, sobre todo, la música que preservaron los poderosos, el Hallelujah evoca todos esos cantos colectivos y populares que nunca fueron escritos en piedra, pero cuya pulsión corrió subterráneamente a lo largo de los siglos en las voces de los más humildes, de quienes pisaron estos mosaicos, pero nunca se vieron retratados en ellos. Las experiencias musicales más intensas han de buscarse siempre en los márgenes, como reflexionó Ted Gioia. En el centro del yacimiento, la tierra seca sigue pidiendo agua.

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