
Dicen que los sabios antiguos conocían que la Naturaleza estaba compuesta por cuatro elementos, pero en el corazón de África, nuestros ancestros sabían algo más: que para que la vida despertara, hacía falta un quinto aliento, una chispa indomable: el ritmo.
Y así comienza esta historia que entrelaza el castellano con el fang, lo académico con lo oral, lo escénico con lo ancestral. La modernidad de un festival como el FĀCYL se encuentra con la raíz milenaria de unas tierras que, en un gesto de soberbia colonial, se llamaron Guinea Española, y que, quizá por el peso del olvido o de la culpa, han sido relegadas al sótano invisible de nuestra memoria.
Precisamente la memoria, junto con el ritmo, son los hilos trenzados en este espectáculo de Gorsy Edú, un artista originario de Ebebiyín, en la frontera entre Guinea Ecuatorial y Camerún. Conocido en España por obras como El percusionista y por su participación en películas como Querida Bamako y La causa de Kripán, ha llevado su trabajo a escenarios de África, Europa y América Latina.
Gorsy creció de la mano de su abuelo, un músico que le transmitió la sabiduría ancestral a través del tambor y la palabra. Así comenzó un viaje vital donde el cuerpo, el ritmo y la memoria se trenzan en un relato biográfico casi generacional.

Gorsy Edú, al que su abuelo llamó según las circunstancias de su nacimiento, es “el hijo de las aguas y los truenos, el pájaro cantarín de los bosques”. Nació bajo la lluvia, entre relámpagos y manantiales. Aprendió a distinguir los sonidos del bosque como quien descifra el idioma infinito de la Naturaleza, y a escuchar las voces de los ancianos con el respeto del que sabe el valor de cada palabra. Gorsy recuerda primer día de escuela, a media jornada de camino entre la selva, que fue el inicio de su camino como transmisor de palabras ajenas.
Erase una vez. Así empiezan los cuentos en su pueblo, o así creí entender que era, y así empezó también este, en el que siempre es necesaria la respuesta para que continue la historia. La “casa de la palabra” es el corazón de la comunidad fang: lugar de conversación, de solución de conflictos, de enseñanza, de memoria.

Gorsy acaricia sus instrumentos uno a uno. Los despierta como si contuvieran el alma de sus antepasados. Los besa al final de cada canción. Agradeciéndoles su sonido y su alma. Cuando suela el Ngom sobre las tablas del Teatro Liceo de Salamanca, parecen salir de su tronco ahuecado las voces de los ancestros. Profundo y penetrante. Ritual y ceremonial. «Un tambor llega más lejos que muchas palabras», explica.

«Lo primero que me dijo mi abuelo fue que los tambores son como la vida». Y cada interpretación lo confirma. Porque “hay veces que tocamos lo que pensamos, y otras, pensamos lo que tocamos”. Las migraciones hacia las grandes ciudades o hacia Europa también han debilitado la memoria en África. Él mismo tuvo que partir a Europa en busca de una cura para su abuelo. Aprendió que Europa no era como decían las cartas que leía en la casa de la palabra. Pero también aprendió a resistir. A sobrevivir. A traducir el dolor al idioma del ritmo.
Tardó dos años en llegar. Atravesó Camerún, Nigeria, Níger, Argelia. Me echaron atrás. Luego Mauritania, Marruecos… y siguió. No fue solo un viaje físico: fue un tránsito entre mundos. De lo oral a lo escrito. De lo tradicional a lo escénico. De la herida al relato.
Gorsy Edú, el hijo de las aguas y los truenos, el pájaro cantarín de los bosques. Quizá no se diga exactamente así, pero quiero soñar que sí. Porque cada idioma tiene su ritmo, y el ritmo es la respiración secreta de cada pueblo.