Experimentos feministas. Parte II: Virginia Fusco

Octava sesión de Sagita Magma. Reunidas en el Salón de Actos de la Facultad de Bellas Artes, las pensadoras Virginia Fusco y Marta Vaamonde dialogan en torno al título ‘El arte de la transformación social: experimentos feministas’.

Si en la primera parte conversábamos con Marta Vaamonde, en esta segunda lo hacemos con Virginia Fusco. “Ella es de la grappa, el Spritz, el Campari y el formaggio, todo junto. Profesora de la Universidad Carlos III de Madrid, dedicada al trabajo de campo sobre activismo feminista, colonialismo, poscolonialismo y colonialidad”, así la presentarían en Sagita Magma.

La teoría política marxista heterodoxa, el post-operaísmo, la filosofía postestructuralista y el activismo feminista transnacional, son los ejes centrales de su investigación, aun reconociendo que “la relación entre el pensamiento marxiano y el feminismo ha sido considerada durante años un matrimonio mal avenido”. Ha estudiado los movimientos sociales contemporáneos más allá del Estado-nación, con especial atención al movimiento italiano Non una di Meno (NuDM). “La hegemonía que se presenta como materialista y marxista convive con otra corriente que está de fondo, articulando aspectos menos visibles relacionados con la relación entre hermanas en el movimiento, orientadas a la abolición del patriarcado capitalista mediante la movilización de masas y la construcción de alianzas múltiples”.

Su enfoque es deliberadamente situado y micropolítico, centrado en cómo se construye una experiencia colectiva de militancia. Más allá de los momentos visibles de la acción política, pone el acento en los espacios y prácticas cotidianas que sostienen los vínculos y permiten que los movimientos se mantengan en el tiempo. Desde ahí, la militancia no se entiende solo como un acontecimiento excepcional, sino como una forma de vida compartida que se construye en lo ordinario. Como ella misma señala, “la militancia no puede sostenerse solo en la excepcionalidad de la asamblea”.

“La asamblea es un espacio más de una vida social que se va construyendo desde el conflicto”, diría minutos más tarde durante su intervención en Sagita Magma, aceptando “el conflicto como parte integrante del devenir comunitario”, donde la cooperación no es para ella un punto de llegada, sino “un esfuerzo continuo que se produce en medio de tensiones”.

“Hablar de feminismo de manera unitaria puede generar errores”, explica. Fusco rechaza las definiciones cerradas y los modelos abstractos de justicia. Su feminismo es plural, situado, atravesado por genealogías diversas. “Somos muchas las feministas y hay muchas maneras de entenderlo”.

Desde su perspectiva, el feminismo no parte de una identidad compartida, sino de algo quizá aún más básico y potente: “Lo que tenemos en común no es una identidad cerrada, sino partir del sentimiento de injusticia para pensar una acción colectiva”. No se trata de definir quién es mujer o quién puede formar parte del movimiento, sino de reconocer que “no puede haber justicia si no hay un reconocimiento de la posición de las mujeres y de otros sujetos subalternos”.

Resuenan en este espacio las palabras de José Luis Brea, quien fuera profesor de esta facultad a finales de los noventa y fallecido prematuramente, cuando escribía que “la lucha extrema por la emancipación sigue siempre pendiente”, situando la política y la práctica emancipadora en un terreno de permanente fricción y construcción mutua. Ese es “el horizonte de justicia” del que habla Fusco.

Para Fusco, la violencia no es un fenómeno excepcional ni puntual. “La violencia no siempre aparece como un golpe directo; muchas veces está integrada en la vida cotidiana. Hay formas de violencia que no se perciben como tales porque se presentan como lo normal”, explica. “Lo más complicado es reconocer que muchas de las cosas que aceptamos forman parte de un sistema profundamente injusto”, entendiendo así que la normalidad no es nunca neutral.

Para Fusco es clave, para entender lo que hacemos hoy, saber de dónde vienen nuestras prácticas e ideas. “No pensamos solas: pensamos siempre con otras y desde otras”, no solo desde las tradiciones teóricas, sino también desde los vínculos afectivos o las experiencias compartidas. “Hay una transmisión que no pasa por los libros, sino por las prácticas y los cuerpos”, explica.

El lenguaje es también clave para Fusco como espacio de disputa política, porque considera que “hablar siempre es tomar partido, aunque no queramos, y no todo el mundo tiene las mismas condiciones para hacer uso de la palabra; por eso, es necesario ser conscientes de la posición desde la que una habla”. La cuestión no es solo quién habla, sino desde dónde y para quién, sabiendo que “el lenguaje puede abrir espacios de posibilidad, pero también puede cerrarlos”.

Fusco se aproxima a las instituciones con una mirada ambivalente, como espacios donde pueden abrirse posibilidades, pero también como lugares capaces de neutralizar el conflicto. “Las instituciones no son externas a nosotras, también las habitamos”, señala, recordando que participar en ellas no elimina la crítica, aunque sí obliga a mantenerse alerta para no perder fuerza política. Por eso insiste en que “hay una tensión permanente entre intervenir y ser absorbida”, y en que “trabajar desde dentro implica asumir contradicciones”. Una idea que conecta con la advertencia de Antonio Negri cuando escribió que la potencia constituyente no puede ser encerrada en las formas del poder constituido.

La experiencia personal de Virginia Fusco la sitúa en una suerte de posición de “filósofa de campo”, ya que durante alrededor de dos años realizó un trabajo de campo directo con el movimiento feminista Non una di Meno, participando en asambleas y dinámicas cotidianas de este movimiento. “La experiencia personal no es algo menor; es un lugar desde el que se puede pensar colectivamente”, porque “no creo que la política esté solo en los grandes discursos o en los momentos excepcionales, sino que la vida cotidiana es un espacio decisivo donde se juegan muchas cosas”, y porque para Fusco “pensar políticamente implica revisar cómo vivimos, cómo nos relacionamos y cómo nos cuidamos”. Esa es la revolución que comienza en la vida cotidiana, de la que habla bell hooks.

Un apartado clave en el pensamiento de Fusco es la transmisión del conocimiento, entendida también como práctica política. “Enseñar no es solo transmitir saberes, es generar condiciones para que aparezcan preguntas. Transmitir no es imponer, es abrir un espacio compartido”, un planteamiento que tiene mucho que ver con la intención de este seminario dopamínico.

“Me encanta. No baila ni recita, pero no se la pierdan. La soprano de Sagita Magma. El aceite español. El limón italiano. Virginia Fusco”.

En el horizonte, Virginia Fusco reivindica la imaginación política como una tarea cotidiana y necesaria, alejada de los relatos heroicos, épicos o sacrificiales que han marcado durante demasiado tiempo la acción política. “No creo en los relatos heroicos de la política”, afirma. “Los cambios importantes suelen ser discretos y sostenidos en el tiempo”. Pensar el futuro es asumir también que “la imaginación política también consiste en aceptar la incertidumbre”, en una conversación prolongada, constante, sin grandes gestos ni discursos, sin un plan cerrado. Suena una música de fondo. Seguimos conversando en Sagita Magma, porque somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar.

La entrevista con Virginia Fusco se realizó poco antes de su intervención en la octaba sesión de Sagita Magma. Seminario-Dopamina. Estética Política y Ontología de la Comunicación, celebrada el 13 de noviembre de 2025, en el Salón de Actos Antonio Saura de la Facultad de Bellas Artes del campus de Cuenca de la Universidad de Castilla-La Mancha. La sesión titulada “El arte de la transformación social: experimentos feministas” en los albores del ocaso, en la que participó junto con Virginia Fusco. Este ciclo está coordinado por Ignacio Escutia, Andrés M. García Romero. Laura Budia Piña y Marina Álvarez con la colaboración de la Facultad de Bellas Artes, la Facultad de Comunicación y la Facultad de Educación y Humanidades. El seminario se prolongará hasta diciembre, con trece encuentros que entrelazan filosofía, arte y pensamiento crítico. 

Textos de José An. Montero con fotos de Adrián de la Dueña y vídeos de Yaiza Aguado

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