El pastor y el catedrático (Parte II)

Por José An. Montero

Segundo capítulo de la serie de conversaciones entre Vicente Caja, pastor y alcalde de Buenache de la Sierra, y Martín Muelas, catedrático (jubilado solo en los papeles) de literatura. Conversaciones donde  emerge una verdad profunda y ancestral.

Desde 2021, se ha convertido en un clásico dedicar al menos un día a conversar con Vicente y Martín, dos formas de expresarse de la memoria viva de estas tierras. Y ante tanta conversación y palabrería hueca sobre “lo rural”, escuchar a las voces sabias que lo habitan, no a quienes lo representan desde la distancia o la nostalgia impostada, se vuelve imprescindible 

De vuelta también a la casa de Don Casildo, en Tragacete, y dentro de la residencia creativa Trashumancias 2.5, organizada por la Cátedra UCLM-Diputación de Cuenca y la Fundación Los Maestros, Martín y Vicente retoman un diálogo que siempre es fresco con agua de las fuentes, el de la academia y el de la tierra, no enfrentados, sino superpuestos como capas de una misma realidad. Escuchándose. Citando a Homero o hablando del vocabulario tradicional de estas tierras. Temas en los que ambos andan parejos de conocimiento. La voz de un pastor y la de un catedrático se entrelazas y confunden.

«Yo soy una persona normal», dijo Vicente Caja al comenzar, mientras cita a Aristóteles, a las abuelas que todo lo sabían y a los tratados de etnobotánica. Habla con naturalidad de Homero y de cómo se curaba una oveja enferma con barro, orina y cerilla, en el mismo tono, con la misma naturalidad, y cómo un «responso» bien dicho podía salvar una vida animal. Muelas asiente participando constantemente. No hay turno de palabra. Ambos son la palabra misma. «Lo importante es que nos saquéis el jugo», dijo, como si fuera un brindis. Cada frase contenía décadas de experiencia y de saberes.

En ese reconocimiento mutuo, uno desde el aula, otro desde la vereda, de la conversación brota la sabiduría. Esa que puede aprenderse en los libros, pero que sirve de poco si no se aprende también mirando las nubes o reconociendo un silencio inusual entre el ganado. “El saber no necesita títulos”, dice Martín. Hablaron de literatura, como otras veces, pero hoy la conversación se centró en el pastoreo y en la sabiduría tradicional asociada a él. 

La medicina natural, como la que Vicente practicó y heredó, es hija de la escasez y la observación. Para los parásitos, barro; para el carbunco, corte y sangre; para la diarrea, ayuno y sombra. “Y no era brujería, era ciencia lenta con manos”, explicó Vicente, con la seguridad de quien ha probado mil veces el remedio. Las enfermedades se curaban con rituales y pastos altos. No se usaban termómetros, sino el ojo y la experiencia. En eso también del cuidado sin prisa, en el error asumido, de los aciertos compartidos.

Pero no todo se trata de curar. A veces se trata de acompañar. De dejar que el animal se muera en paz. “El responso era también para el pastor, no solo para la oveja”, confesó Vicente. En esas palabras hay también una forma de entender la muerte como parte de un equilibrio natural. 

La medicina pastoril es también filosofía: una forma de estar en el mundo sin intentar dominarlo. Es, en palabras del propio Vicente, “saber cuándo mirar y cuándo dejar de intervenir”. Porque el gesto también cura. Porque la presencia también acompaña. Y porque lo importante, a veces, es no molestar a lo que se está marchando. Como dice Baptiste Morizot, «cada gesto de cuidado con lo viviente es también un gesto de diplomacia con lo invisible».

“Si un animal se curaba, era mérito del pastor y del entorno. Si no, era parte del ciclo”, explicó Vicente. No se improvisaba, se acumulaba memoria. Detalló cómo se utilizaba la sangre como parte de ciertos rituales, cómo se sabía que había que mover el rebaño de valle cuando el viento cambiaba de olor. Son prácticas que escapan a la ficha técnica, pero que salvan vidas y sostienen ecosistemas.

Martín Muelas tomó el relevo para recordar que lo que cuenta Vicente también encuentra refugio en los libros, pero de otra forma. Habló de Cervantes, de los pastores en las églogas y del Buen Pastor bíblico. Recordó que el pastor ha sido al mismo tiempo sabio y bufón en la historia cultural. Desde las Bucólicas de Virgilio hasta la Marcela de Don Quijote, hay una dignidad y una capacidad de cuestionamiento en la figura pastoril que el tiempo ha ido borrando. Pero “hay palabras que solo se aprenden andando”, sentenció Caja. “Y hay caminos que solo entienden las ovejas”, añadió.

Muelas insistió en que la escuela y la universidad tienen una tarea urgente: la de no mirar por encima del hombro estos saberes, sino desde el centro del pecho. La urgencia no es solo educativa, es política, en el sentido más puro de la palabra. En cada normativa que olvida la lógica del campo, en cada protocolo veterinario que no contempla el saber ancestral, hay una forma de violencia. Y sin embargo, en cada palabra de Vicente había también esperanza. Porque el saber, si se dice, aún puede conservarse. Si se escucha, aún puede aprenderse. Si se vive, aún puede perdurar.

Vicente habló del cordero muerto cuya piel se usaba para que la madre adoptara a otro. Una historia que evoca a lo que cuenta James Rebanks en la maravillosa obra La vida del pastor. “La oveja probablemente no aceptaría al cordero huérfano, pero si olía como su propio hijo, lo haría. La piel estaba atada con cuerda, como un disfraz de carnaval, y el cordero caminaba incómodo por el campo con su nueva piel. Cuando la oveja lo olió, pareció decir: ‘Ah, aquí estás’, y permitió que mamara de ella”. Era un truco, sí, pero también una metáfora. “A veces hay que disfrazar la pérdida para que algo siga vivo”, sentenció Vicente. Y quizá de eso se trata todo esto: de aprender a conservar la vida, de seguir adelante.

Martín Muelas quiso cerrar con una cita de Juan Ramón Jiménez: “El saber popular es la sombra del árbol; no da frutos, pero sin ella, el árbol no respira”. Los estudiantes salieron al sol de la sierra sabiendo, como decía el mismo Rebanks, que “El conocimiento se pasaba de generación en generación, no en aulas, sino en los campos, con las manos, observando, haciendo. Lo que sabíamos era lo que habíamos visto hacer a los que vinieron antes que nosotros.”

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