
Tercera edición en la que el Patio de la Limosna actúa como punto de partida simbólico y sonoro del ciclo de abono de Estival Cuenca, consolidándose como uno de los grandes hallazgos del festival. En 2023, el armonicista Antonio Serrano inauguró el espacio con un programa que tendía puentes entre lo clásico y lo popular, acompañado al piano por Constanza Lechner. En la edición de 2024, fue la violista Isabel Villanueva quien, junto al pianista Antonio Galera, ofreció un recital que entrelazaba música de raíz popular y tradición académica.
Si en ambas ocasiones el piano ocupó un lugar de acompañamiento y diálogo, este año, en cambio, ha sido el protagonista de la velada, construyendo una simbiosis mágica entre espacio, repertorio y ciudad. Hasta el chaparrón de unas horas antes pareció formar parte de la obertura de esta partitura invisible que abría la primera jornada de abono de Estival Cuenca 2025. Dio un respiro frente al bochorno que asfixia la ciudad estos días y pareció despertar al coro urbano que esa tarde formaría parte del acompañamiento.

También ha sido esta la tercera ocasión en la que Eduardo Fernández forma parte del programa de Estival Cuenca, cerrando así un pequeño ciclo personal dentro del propio festival. Su primera participación se remonta a 2013, cuando ofreció un recital de corte jazzístico en la Plaza de la Merced, una actuación recogida en vídeo y aún disponible en plataformas.
En 2021 regresó al festival para compartir escenario con el pianista flamenco Dorantes en el Parador de Cuenca, donde deleitó al público con un repertorio que incluyó obras de Granados, Albéniz y una poderosa versión de El amor brujo de Manuel de Falla. Aquel encuentro entre lo clásico y lo jondo fue una celebración de la fusión estilística. En esta tercera aparición, Fernández ofreció un recital que condensa muchas de sus virtudes como intérprete: profundidad emocional, precisión técnica y una concepción filosófica del piano como vehículo de pensamiento y emoción, alimentada también por el conocimiento de otras disciplinas y lógicas sonoras.

Previamente al recital de Eduardo Fernández, actuó la pianista conquense Blanca Ruiz. Nacida en Cuenca en 1998, Blanca comenzó a tocar el piano a los ocho años y completó sus estudios superiores en el Real Conservatorio de Madrid. En paralelo, se ha formado en pedagogía musical y acompañamiento, cosechando premios y menciones que atestiguan una trayectoria ascendente.
La pianista conquense Blanca Ruiz cerró su concierto con un sentido homenaje a la ciudad a través de la música de José Luis Perales. Su interpretación de Canción de otoño sirvió también como introducción al diálogo entre música y paisaje que definiría el recital de Eduardo Fernández. El pianista, de origen conquense, comenzó con la Partita No. 4 en re mayor, BWV 828 de J. S. Bach, una obra de estructura clara y carácter festivo, que funcionó como un saludo al lugar y al momento. La tarde aún seguía viva: grupos de turistas aprovechaban el respiro del atardecer, los vencejos cruzaban el cielo a toda velocidad, alguna motocicleta resonaba desde la hoz. Pura vida.

Con los Impromptus n.º 5 y 6 de Jean Sibelius, el concierto entró en una atmósfera más libre y poética. La música, cercana al impresionismo por sus texturas y colores, se mezclaba con el vuelo de los vencejos y con la brisa que empezaba a ascender desde la hoz. Fue un momento en el que el sonido empezó a fusionarse con el paisaje, a tomar el papel de solista de esta orquesta. Había algo de “new age” en esa forma de dejarse llevar por la música, como si el piano transitara entre lo real y lo onírico. El instrumento pasó a dirigir, o a ser dirigido, quién sabe, por la orquesta de vencejos flotando en el aire.

El atardecer iba profundizando sus sombras mientras sonaba la Valse lente de Germaine Tailleferre, seguida por el Nocturno en mi bemol mayor, Op. 55 n.º 2 y la Balada n.º 4 en fa menor, Op. 54 de Frédéric Chopin. Las piezas marcaban un descenso paulatino hacia un clima más emocional, en paralelo con la luz que se iba apagando en el patio. El amarillo de los focos comenzaba a imponerse sobre los últimos rayos del sol, y el espacio adquiría un tono más íntimo.
La noche se instalaba ya en el patio. El Parador, en plena restauración, añoraba su papel protagonista en ediciones anteriores y ofrecía su silueta en sombras al otro lado de la hoz. La ciudad bajaba la voz. Y entonces sonó Funérailles de Liszt. Obra fúnebre, heroica, revolucionaria. Como una elegía por lo que se fue, por lo que está por venir, por todo lo que permanece en ruinas. La Catedral, los restos del Giraldo conservados en la galería, la piedra, las masas vegetales ya indefinidas, la música. Una traca sonaba en lo alto de la ciudad mientras las sombras inundaban dramáticamente la hoz. Música y ciudad formaban parte de la misma orquesta.

El hocino de Federico Muelas empezaba a tomar posesión de la noche. Las luces daban dramatismo a la piedra angulosa de la hoz. “¿Subes orgullos? ¿Bajas derrocados sueños de un dios en celestial deriva?” —los versos del propio Muelas parecían escritos para esa escena. El programa oficial finalizó con Cantique d’amour de Franz Liszt, una pieza mucho más lírica y espiritual que la anterior, con una atmósfera etérea que parecía flotar sobre el silencio del patio. Noche corta y calurosa por delante. Noche de hadas e insomnios.Eduardo no quiso dejar el círculo sin cerrar. En el bis, regresó a Bach, pero también a sus propios orígenes dentro del festival, con un aire más libre, casi jazzístico, que recordaba su primera participación en Estival allá por 2013. Fue una forma de unir el pasado y el presente, el rigor y la improvisación, la memoria y el ahora. Y la voz de Titania, reina de las hadas, parecía suplicar desde el fondo de la hoz: “¡Música, eh! Música, de esa que hechiza el sueño. Música, continuad.”
Patio de la Limosna de la Catedral de Cuenca, 29 de junio de 2025, 20:00 h | Estival Cuenca – Concierto de Abono | Intérpretes: Eduardo Fernández y Blanca Ruiz (piano)