
A propósito de Nuevo elogio del imbécil, de Pino Aprile
Contaba el siempre añorado José Luis Cuerda que los tontos de antes no gritaban tanto. Ahora la imbecilidad es un scroll infinito donde todo el mundo tiene una opinión. La estupidez se ha convertido en el combustible esencial de nuestra contemporaneidad. Es el resultado de una selección cultural que, como advirtió Konrad Lorenz, puede ser incluso más poderosa que la natural y que nos ha hecho diferenciarnos del resto de esa familia disfuncional que somos los homínidos, donde convivimos, en una paradoja casi circense, con miembros mucho más “modernos” evolutivamente, como los chimpancés.
Hace unas semanas cayó en mis manos, como un golpe disruptivo, Nuevo elogio del imbécil, de Pino Aprile. Es un libro que se encaja en el estómago como un digestivo mal elegido, te hace reír por incredulidad. Su tesis es tan incómoda como evidente: la imbecilidad no es un fallo del sistema, es su combustible esencial del sistema. Y el sistema, por cierto, somos nosotros.
Desde el principio, Aprile, con mirada afilada y provocadora, escribe: “Si la estupidez fuera perjudicial, la especie humana ya se habría extinguido”. Basta pensar en la cantidad de tonterías que has hecho en las últimas veinticuatro horas. Aprile remata la idea con una imagen cruel: si en una caravana hay 99 camellos rápidos y uno cojo, la velocidad de la caravana será la del camello cojo. El mundo parece construido siguiendo ese principio, al ritmo del más lento, del más básico, del más estúpido.
Estudios recientes confirman que el CI medio lleva cayendo desde 2010. Según Aprile, no es que antes fuéramos más listos, es que ahora necesitamos menos inteligencia para sobrevivir. Ya nadie memoriza números ni lee mapas, todo se ha externalizado a la nube o al algoritmo. Y no es solo cuestión de IA, que es apenas la última de una larga serie de invenciones. La estupidez siempre encuentra nuevas formas de reciclarse.
Si Umberto Eco distinguía entre el imbécil, el cretino y el estúpido, Aprile, menos sofisticado y más provocador, reduce las categorías a una sola, el idiota como piedra angular de la evolución. Y sí, somos nosotros. Según el periodista italiano, las jerarquías humanas son máquinas de generar idiotas en serie. Aquí entra la mágica combinación que propone entre el Principio de Peter, “todo empleado asciende hasta alcanzar su nivel de incompetencia”, y la Ley de Parkinson, “los incompetentes tienden a ocultar su incompetencia aumentando sus tareas”.
El resultado es un mundo gestionado por los menos capaces, y sin embargo funciona… más o menos. La estupidez en el poder no es un error del sistema, es una característica indispensable para su funcionamiento. Darwin patas arriba, los inteligentes mueren poéticamente, los neandertales con su cerebro de 1.500 cc, Sócrates con su cicuta, Galileo mirando las estrellas desde el arresto domiciliario, mientras los tontos heredan la tierra.
Aprile propone una nueva lectura de la realidad que nos rodea. Políticos gobernando a base de ocurrencias infundadas, influencers llorando en directo porque su café no tiene la espuma de avena suficiente. Ya no es parodia. La inteligencia, que un día fue nuestro rasgo distintivo, hoy parece casi una carga, sustituida por rutinas, algoritmos y una sobreexposición constante a estímulos vacíos que ahogan cualquier posibilidad de genialidad. Como advertía Amón Ra en los mitos egipcios, al fijar las palabras en la escritura “tendrán memoria, meditó el padre de los dioses, y pensarán que tienen sabiduría”.
Aprile asegura que la naturaleza, pero sobre todo la cultura, actúan como fuerzas que podan sistemáticamente nuestras facultades críticas. Quizá no sea solo decadencia accidental. Tal vez la naturaleza, en su infinita paciencia, ha encontrado una estrategia de supervivencia frente al animal más tóxico que jamás produjo, el Homo sapiens. Reducir su capacidad intelectual podría ser un mecanismo de autopreservación planetaria, un modo de limitar la creatividad destructiva que convirtió el fuego en bomba nuclear y el lenguaje en fake news. Al fin y al cabo, como recuerda Aprile, el aumento del volumen cerebral nos llevó al borde de la extinción más de una vez. Ahora, con cada generación ligeramente más lerda, se restaura un equilibrio roto: menos genios, menos catástrofes.En este presente digital, la saturación de imágenes, palabras y opiniones ha convertido la comunicación en ruido. Lo que la cultura oral filtraba, seleccionando lo valioso y dejando morir lo inútil, hoy se acumula sin fin en servidores y redes, donde cada insulto o banalidad permanecerá para siempre hasta la saturación final. Así, nos enfrentamos a una posibilidad inquietante pero certera, ya no necesitamos la inteligencia para sobrevivir en el futuro brillante de la pantalla de un móvil en scroll infinito. Parafraseando a Pla, los naturales de este tiempo practicamos la estupidez casi como un arte.