Delcy Morelos, el olor profundo de la tierra viva 

Por José An. Montero

Alguién debió dejar la puerta abierta del refectorio. Esa que da al limonero. Debió ser su olor intenso el que atrajo al resto de semillas del mundo que ahora ya se extienden por todos los rincones del monasterio. Con el viento debió entrar la tierra fértil que colonizó las baldosas muertas. Tierra, arcilla, albero, heno, paja, canela, clavo, fibra de coco, chía, maíz, planta de tomate, pimentera, catalpa, tabaco, cacao, yute y madera, antes traídas a la fuerza, ahora avanzan inexorables. Otra forma de oler a santidad, la de la tierra, en este viejo monasterio. El ser humano se convierte en ajeno. 

La artista de Tierralta (Colombia), Delcy Morelos, explora en Profundis, las dulces lluvias de la Naturaleza, con la que estamos íntimamente conectados. Esas lluvias que “caen por igual sobre justos e injustos, tendrá tajos en las peñas donde yo pueda esconderme, y valles secretos en cuyo silencio pueda llorar tranquilo”, de las que habló Oscar Wilde. “Prenderá estrellas en la noche para que pueda caminar por la oscuridad sin tropezar, y mandará el viento sobre mis huellas para que nadie pueda seguirme en mi perjuicio; me limpiará en vastas aguas, y con hierbas amargas me sanará”. Y con sus palabras, la mente recorre esta galería de tierra, refugio como manto protector o vientre de ballena, que recupera para la tierra la nave de la Iglesia del  Monasterio de Santa María de las Cuevas. 

Si en la capilla de Colón la tierra cubrió el espacio que dejaron libres el cadáver del marino, en la nave central es la tierra la que se convierte en refugio de un mundo demasiado violento. La paz de la tierra sagrado, en un amor expandido hacia cualquier forma de vida, tierra que es vida en la que habitan semillas y animales minúsculos. Los olores anticipan el encuentro entre mundos que hasta ese momento habían girado ignorándose. Una síntesis de encuentros, desplegando todo un abanico de posibilidades alternativas al obstinado intento de dominación secular. Diálogo, reconciliación, encuentro, dualidad, puente, yuxtaposición, pluralidad,… vida al fin y al cabo. Citando a la propia Delcy Morelos, “En las tradiciones andinas ancestrales, el ser humano es tierra viva: soy un cuerpo, soy tierra. En el espacio de la exposición, la tierra se expresa a sí misma; es el centro y el espejo de lo que somos”.

La tierra de los campos sevillanos se entrelaza con las semillas lejanas. El barro cocido con la tierra fértil. El agricultor con la artista. Atravesando océanos y construyendo nuevas narrativas. Una cartela a la entrada agradecece de manera especial la implicación, la participación y la suma de esfuerzos que aceleraron el tiempo que tardaba la tierra en tomar posesión de nuevo de sus dominios. Precisamente aquí, donde Colón planeó su segundo viaje y donde estuvo enterrado más de treinta años, la tierra poblada de vida tomó posesión de su espacio. 

Una “reconexión con la memoria histórica a través del aroma, de la tierra como elemento ancestral”. La vida con todos sus olores, instalados en el cerebro reptiliano, en el centro mismo que posibilita la supervivencia. Ahí es precisamente donde radica la potencia del ‘Profundis’ de Delcy Morelos en las CAAC. Su capacidad de evocar, de narrar, de reconstruir la historia humana a través del olfato. 

La exposición ‘Profundis’ de Delcy Morelos, comisariada por  Jimena Blázquez Abascal, estará abierta en la zona monumental del Centro de Andaluz de Arte Contemporáneo de Sevilla (España) hasta el 9 de marzo de 2025. Ver más crónicas de las CAAC.

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