
Nunca imaginé que un pueblo pudiera atraparme de esta manera. Perdido entre valles y montañas, con una única posibilidad de transporte interurbano al día, dos sets de campanadas cada hora, otra que marca la media, tres bares en la plaza, apenas dos más en los extrarradios. Recorremos sin miedo a perdernos. Para ubicarmos recurrimos al vocabulario más directo: “Vamos al Vasallo”, “hacia donde Paco”, “está donde El Chispas”, “vamos hacia las huertas” o, todavía más genérico, “allí, donde el río”. Cualquier posible parte de una de las cinco. ¿Quieres llegar a la Cascada (del Júcar)? “Sigue hacia las huertas”. ¿Necesitas saber dónde está el supermercado? “¿Ves El Chispas? Pues a la derecha, tira pa’ alante. En la esquina tuya”. No tardo más de una tarde en comprobar que Paco es uno de los pastores del pueblo y que su granja se ubica a las afueras en dirección a Vega del Codorno, toda ubicación que implique caminar esa carretera queda automáticamente identificada con su granja (el punto limpio, las salinas, los senderos, etc); que El Chispas es el nombre del bar que se esconde al final de la Plaza junto al frontón y su dueño conoce la Cañada Real como la palma de su mano; que “detrás de la casa de Sonia” significa subir al cerro y “vamos a darnos una vuelta” contempla llegar a la Fuente de La Toba, subir al cementerio o tirar en dirección a “esa nave con los mastines que te persiguen”.
Yo también me he criado en el campo, a caballo entre pueblos de 100 habitantes en el interior norte de Alicante y vacaciones en diminutas aldeas del País Vasco, Cantabria y Navarra. Mi familia tiene especial afecto al senderismo, al disfrute de la naturaleza y todo lo que implique verdor. Se refuerza con mi sangre danesa, enamorada de las grandes extensiones de hierba, bosque y fiordos, con la paz de unos horarios tranquilos, comida casera y buena compañía. No estaría mintiendo si dijese que me he criado con la fórmula perfecta para encajar en los modos de vida de Tragacete. Siempre he tenido predilección por los entornos de montaña, y este pueblo tan encantador ha logrado aportarme todo lo que buscaba y más.

Una vez más, me recuerdo que estoy aquí no sólo para contemplar, sino para crear, experimentar y aprender de lo (y los) que me rodean. Hasta la fecha, mi trayectoria artística distaba de los objetivos clave de la Residencia. Más allá de recurrir a los motivos vegetales o a la integración de la figura humana en un entorno natural y protector, mis motifs no buscaban la visibilización rural, o el feedback de vecinos locales entorno a cuestiones endémicas. ¿Cómo podía integrar mi obra personal en un territorio desconocido al que no tengo vinculación? Mejor todavía, ¿cómo llevar una producción pictórica en la que predomina la exploración de mi propio ser a un proyecto abierto, con implicación colectiva y externa, alejado (a priori) de las temáticas que acostumbro? La solución la he tenido delante de mis ojos todos estos días: he de que crear mi propia experiencia, mis recuerdos; vivencias directas de las que poder partir y trabajar con ellas.
Con ello alcanzo una propuesta de proyecto que honre mi trayectoria artística actual y que, al mismo tiempo, no tema empaparse de lo que la rodea. Al fin, me decido. Voy a crear un manto textil de dimensiones reales, repleto de todos aquellos fragmentos pictóricos que hacen del territorio un lugar especial para sus habitantes, pero solo a través de la botánica y la presencia textil femenina, los elementos más afines a mí. Trabajo con el concepto de manto como una superficie que protege y ampara, pues las imágenes de especies botánicas, texto manuscrito y los retales que las vecinas me proporcionan construyen un manto de recuerdos vivos que ponen en valor la importancia de la presencia vegetal en la identidad del territorio, pero también de su aspecto más maternal, femenino.

Sobre los textiles crudos aplico tinta china con plumilla, replicando haceres tradicionales como la escritura de cartas o la imagen de una firma. Este manto constituye precisamente eso, una firma polifónica de todo aquello que existe y existió en los entornos naturales de Tragacete (siempre por medio del recuerdo y el sentimiento arraigado). Sin embargo, la convivencia con otros artistas y mentores me enriquece y, de nuevo, me recuerda los valores fundamentales de la Residencia: compartir, abrirse, aprender los unos de los otros. Ivette Veles y Gloria Nieto me introducen la técnica de la cianotipia, y veo en ella una forma complementaria de representar sombras y existencias botánicas en un instante determinado de nuestras vidas: lo que fue una cicuta una mañana de junio, las sombras que dejó una rosa silvestre aquel atardecer de verano. El resultado apela al recuerdo, a esas imágenes fantasiosas de la memoria colectiva de las figuras femeninas que han hecho del pueblo su lugar seguro, su vida. Los delicados trazos a tinta china se entrelazan con los tonos azulados y pardos de la cianotipia, los textos recuerdan pasajes, experiencias e instantes. El manto conforma un proyecto nuevo, fuera de mi línea. Aun con todo, se convierte en la viva imagen de todo aquello que he vivido, sentido y escuchado aquí.