Carolina Martínez López, el viaje a un sol que no calienta

Por José An. Montero

Escribía John Berger que el acto de escribir no es más que el acto de aproximarse a la experiencia sobre la que se escribe, una aproximación que va transitando por una zona de sombra: “A partir de llegar a esta zona de sombra es cuando uno puede empezar a vislumbrar la luz.” El punto de partida de El sol del invierno no es la claridad, sino el desgarro. La muerte repentina de su padre convirtió esa voz interior, que una vez fue tenue, en un grito de dolor. “Ese desgarro de la zona de sombra se multiplica por miles”, dice.

Carolina Martínez López acaba de ganar el Premio Lope de Vega de Teatro 2025 con su obra El sol del invierno y anda a la búsqueda de editor. Nacida en Cuenca, es actualmente profesora en la Universidad de Girona, donde imparte docencia en los grados de Artes Escénicas y Comunicación Audiovisual / Multimedia. Pertenece a esa generación de estudiantes de la Facultad de Bellas Artes de Cuenca que entendió el arte como un territorio sin fronteras.

El sol del invierno nace de ese doble movimiento: una voz que busca la raíz mientras camina entre las ruinas de los tiempos. “Estamos siempre en una sociedad que propone lo personal, lo individual, y nos falta el apartado colectivo. Hoy confundimos el sentido individual, egoísta, con una búsqueda que tendría que ver con las filosofías orientales, la que nos conecta con lo colectivo.” Su viaje no es un viaje al ego, “sino precisamente al núcleo para poder hacer que ese ego vuelva a conectar con lo colectivo.”

“No quiero hacer una lectura de género explícita, pero escribo desde mí misma, desde una mujer de 46 años. Hay mucho cansancio, y creo que en el caso del cuerpo femenino el agotamiento es doble, porque todavía no hemos acabado de asimilar los nuevos modelos femeninos. Hay muchas cosas que tenemos interiorizadas y se vuelven contra nosotras.” Todas esas vivencias, escritas desde un cuerpo concreto, “están ahí”, subraya.

Hablamos de teatro, pero con una profunda raigambre poética. No en vano esta obra nació desde una poesía que se convirtió en voz coral de manera orgánica. “La poesía la he llevado al terreno de lo escénico.” De ahí que El sol del invierno contenga el pulso poético dentro de su estructura dramática: es un monólogo que se abre en coro, una sola voz que se multiplica.

“Surgió con una única voz, que era mi voz”, recuerda. “Pero, en una residencia en Olot, empezaron a aparecer diferentes matices que se convirtieron en diferentes voces y en un coro.” La pluralidad nació de una necesidad interior. “No era mi objetivo utilizarlo como texto teatral, pero la forma lo fue encontrando sola y se transformó en un ‘monólogo dramático a varias voces’, un cuerpo coral que respira entre lo íntimo y lo político. Por un lado tiene un ritmo muy conectado con la tragedia griega —explica—, pero por otro rompe la estructura clásica.” Es un movimiento pendular entre lo ancestral y lo experimental.

El sol del invierno es un sol que no calienta, “pero que contiene en él toda la luz que está por venir. Es el sol del inframundo”, explica. “Tengo en marcha El sol del verano —adelanta—, aunque no sé qué forma va a tener.” El invierno es ese umbral entre lo vivido y lo que aún se escribe. “Al final —dice— es mirar atrás para encontrar una pista, para saber dónde está el camino.” Este texto mantiene la necesidad de reconectar con lo que el mundo ha olvidado en su camino. “Nos hemos desconectado de la naturaleza, pero también de la sabiduría ancestral que nos enseñaron nuestras abuelas.” Ese olvido, afirma, es también buena parte del origen del malestar contemporáneo: “Hay muchísimos problemas de salud mental debido, en gran parte, a esta desconexión.” Desde ahí, su teatro tiene algo de atención radical, de cuidado, aún peligroso y doloroso: “Tenemos que ir al veneno para poder encontrar también la sanación del mismo.”

Esta obra nació en “una época en la que yo me estaba cuestionando la necesidad del ser humano de contactar con su historia para entenderse”, dice Carolina Martínez López. Tiene ecos clásicos de la Odisea o de los mitos de Inanna y Perséfone. Lo importante no es tanto volver, como ser capaz de mirar lo tenebroso sin miedo. “Es el viaje que todos, de manera simbólica, pero también a veces de manera física, tenemos que hacer cada cierto tiempo para poder salir adelante.”

Su manera de hablar del cuerpo tiene la misma precisión que su escritura. “Todas estas vivencias o este cansancio del cuerpo están ahí”, dice. “En el caso de la mujer, viene teñido de otras complejidades.” No lo formula como consigna, sino como constatación física. “Todavía no hemos acabado de interiorizar los nuevos modelos femeninos”, reflexiona. “Hay muchas cosas que tenemos interiorizadas y que se vuelven contra nosotras.” Su mirada no se detiene en la denuncia: la fatiga se convierte en territorio de pensamiento, en archivo de lo vivido. “Ser mujer hoy implica sostener una herencia compleja, pero también saber leerla desde el cuerpo.”

Escritura que se comporta como un ser vivo, que se alimenta de la creación, de la investigación y de la docencia, pero sobre todo de la experiencia. Una escritura que va buscando su forma. “No es que busque la forma dramatúrgica, pero es probable que venga porque está presente en mi vida. Al final, para mí todo está conectado: la enseñanza, la investigación, la creación propia.”

“No sabía por qué estaba yendo ahí”, confiesa, “pero alguna parte de mí sentía que ahí iba a haber parte de las respuestas.” El sol del invierno se convierte en un espejo de nuestra época: un teatro que busca encontrar una forma de afrontar el dolor sin miedo y la esperanza sin ingenuidad. “Parece que hemos avanzado mucho, pero al mismo tiempo que hemos avanzado, hemos olvidado.” “La piel recuerda lo que el pensamiento borra”, escribe en un pasaje de la obra.

“No hay redención, solo un gesto, una mano que tiembla y aun así toca. Eso basta para volver”, escribe. “El dolor es la sustancia de la vida y la raíz de la personalidad, pues solo sufriendo se es persona”, escribía Chirbes en sus diarios, con esa verdad que atraviesa el tiempo para recordar que en la herida habita la forma más profunda del arte.

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