Autosecuestros: Cristina Fernández y los límites de la representación. 

Por María Romeu Álvarez

A través de su propio cuerpo, objetos personales y una pequeña caja de madera, la artista cuestiona la capacidad de definir quiénes somos.

No hay nada que dé más terror a un español que la renovación del DNI. La cámara de la policía parece estar hecha para sacar el peor lado de un ser humano; nadie en una reunión con amigos enseñaría su documento de buena gana. El propio Roland Barthes ironizaba con que «no hay nada como una foto «objetiva», del tipo «Photomaton», para hacer de usted un individuo penal», recordando que reducir a alguien a su icono oficial es ilusorio, pues «el parecido remite a la identidad del sujeto, lo cual es irrisorio, puramente civil». 

Lo que lleva a uno a preguntarse: ¿Qué es la identidad? ¿Se puede definir con un trozo de plástico? ¿Y con una imagen? ¿Puede una persona definirse con una fotografía? 

Esta última cuestión atraviesa Autosecuestros, el trabajo de Cristina Fernández, que explora la relación entre el individuo y los límites de su propia representación. La artista plantea una paradoja: al intentar construir una imagen que nos represente, terminamos encajándonos en marcos y categorías que, lejos de contenernos, dejan fuera buena parte de quiénes somos.  

Para materializar la idea, la artista introduce su propio cuerpo dentro de una pequeña caja de madera que funciona como una metáfora literal del marco fotográfico. Así la relación entre individuo y encuadre se invierte: el cuerpo deja  de ser aquello que la imagen contiene para convertirse en aquello que queda atrapado por sus límites. El contenedor lo comprime y condiciona sus posibilidades de movimiento, haciendo tangible la incomodidad de reducir una realidad compleja a un espacio necesariamente limitado. 

El siguiente movimiento de la obra es introducir una serie de objetos: “pasamos del cuerpo al sujeto”. Durante la siguiente tanda de fotografías observamos cómo se van introduciendo objetos en un encuadre inmóvil, ya parcialmente ocupado por el sujeto. Un objeto no basta, así que se añade otro, este tampoco termina de resolver el problema, así que llega uno más… nunca hay suficientes elefantes balanceándose en la tela de la araña y la representación no termina de completarse.  

Lo que comienza como un intento de completar la imagen termina convirtiéndose en un encierro: cada nuevo objeto resta espacio al sujeto. Cristina lo explica así:  «Intentamos completar continuamente lo que queremos decir de nosotros mismos añadiendo cosas, pero eso no soluciona el problema». En su caso, no incluye objetos al azar, selecciona elementos que hablan de ella y su trayectoria: Desde la bibliografía que utilizó para el trabajo hasta zapatos y otras pertenencias de carácter más personal. Esta selección también puede entenderse desde la reflexión de John Berger en Modos de Ver: “Cada imagen encarna una manera de ver”. Sus objetos no solo aportan información sobre ella, sino que revelan su forma de mirarse.

La contradicción es evidente: lo que debería servir para completar la imagen acaba por encerrar al sujeto y encasillarlo en otro marco. Como comenta Cristina: “No existe una representación estable y única del sujeto”.

Además de la idea de la imposibilidad de una imagen que represente al individuo completo, Cristina introduce una dimensión nueva al problema: el tiempo. Como ella misma explica: «Yo creo que lo que se queda fuera siempre es el presente. La fotografía es como un momento momificado. No podemos llegar a ese momento que ocurrió. Algo ha ocurrido, pero no podemos volver a eso». 

Al final, cuando la fotografía consigue captar un instante, ya no existe, es pasado. Ya decía Heráclito que nunca te bañas dos veces en el mismo río. El río fluye, sí, pero la persona también está cambiando a cada instante. Así la fotografía fracasa en representar quiénes somos y también quiénes estamos siendo. Su papel se resume en capturar un fragmento de la realidad que ya pertenece al pasado y también, según Barthes, en una prueba. En La cámara Lúcida, identifica esta condición de la fotografía con el “esto-ha-sido”,  la imagen constituye la prueba de que lo que vemos estuvo allí, aunque no podamos regresar a ese instante.

En definitiva, como dice Cristina: “Las imágenes que nos rodean no son solo imágenes literalmente; también son categorías, como hombre, mujer, trabajo u ocio. Si intentamos entrar en ciertas categorías para definirnos, puede pasar lo que está sucediendo aquí: que nos autosecuestramos”. Si miras tu foto del DNI, sabes perfectamente que la persona bizca y con ojeras que te devuelve la mirada no eres tú, aunque lleve tus pendientes de la suerte, o tu sudadera favorita. Si alguien la mira contigo te identificará, que al final es su función, pero estará viendo una versión limitada, descontextualizada y fácilmente categorizable de alguien que en algún momento fuiste.

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