Llega un día en el que todo te explota en la cara, no puedes más con la rutina y te pesa todo el cuerpo. Te ahogas en un vaso de agua, solo que el vaso de agua se muestra ante ti con mayor inmensidad que el océano Atlántico. Sientes que no tienes energía para afrontar ni un solo día más, lo único que quieres hacer es llegar a casa y tumbarte en la cama. Procrastinar se convierte en tu hobbie diario, y haces caso omiso del trillado refrán “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, hasta que ya …