Entre los fragmentos de la puerta rota de un antiguo pub todavía se reconoce la entrada al local. En primer plano queda un sofá reventado, con la espuma al descubierto. Sobre él ya crecen plantas que también ocupan el suelo y avanzan hacia el interior. Una pared de ladrillo parece haberse comido parte del espacio de ocio, aunque quizá siempre fue una entrada estrecha. No sabemos si el sofá ya estaba allí cuando el pub cerró o si llegó después, llevado por quienes buscaban un lugar apartado de las miradas. Al fondo, una ventana sin cristal conserva una reja de formas curvas, deformada por el tiempo. Son restos de un pasado cercano, esos “restos del futuro” de los que escribió Joan Margarit.
En una pared aparece una pintada: “Quintos del 90”. No sé si alude a quienes hicieron el servicio militar ese año, nacidos en torno a 1972, o a quienes nacieron en 1990 y hoy rondan la treintena larga. Si aquellos “Quintos del 90” pertenecían a la primera generación, resulta fácil imaginar el local con “La culpa fue del Cha cha chá” sonando entre las mesas. Si fueran los nacidos en 1990, quizá la banda sonora fuese “Viva la Vida”. Cada verano deja canciones que permanecen unidas a un lugar, a unos amigos o a una edad concreta. Como escribió Kiko Amat, “no es una cuestión de belleza intrínseca del objeto, sino de relación, de contexto, de asociación”. Por eso una canción puede conservar el recuerdo de un lugar mucho después de que haya desaparecido.
Mientras ese recuerdo sigue vivo en alguna memoria, las plantas continúan creciendo sobre el sofá y atraviesan la ventana. La naturaleza recupera el espacio humano sin prestar atención al tiempo con el que las personas miden su paso por los lugares. Este tiempo también pasará y las noticias de hoy serán amarillas muy pronto.