
Alguien dijo que el camino siempre empieza con el primer paso. Y el primer paso de estas Trashumancias, sobre la vereda y la tierra de pastores, fue en Rada de Haro. La primera prueba física del camino que estábamos a punto de emprender.
Si llama la atención la entrada de los pastores trashumantes en la calle Alcalá de Madrid, también lo hace la entrada, por primera vez, de los estudiantes universitarios en la Cañada Real Conquense. Adentrarse en estos terrenos ancestrales, cuando todo parece cambiar tan rápido, transforma lo que hasta ahora era un camino más en algo casi mítico. Pisar una tierra que conecta, casi sanguíneamente, unos territorios con otros y unos tiempos con otros es sentir el peso inabarcable de la memoria. Es escuchar las pisadas de quienes la recorrieron durante milenios y comprobar cómo, después de tanto tiempo, estos caminos parecen tan frágiles, tan humildes, y, sin embargo, siguen devolviendo una vida que late. Cañadas reales hoy, muchas veces, desaparecidas, de las que solo queda un pequeño mojón entre las hierbas.
Verlas perderse en el horizonte, ese horizonte al que muchos de quienes aquí habitaron nunca llegaron, es encontrar en ellas la esperanza, pero también el miedo y todo el dolor que por ellas vino. Porque por este camino nos llegan también las sombras del pasado.
Un camino que es la obra colectiva de miles de gentes y de miles de años, construido y mantenido por generaciones de pastores Al fin y al cabo, caminar por esta vereda es reconocer una deuda inmensa y silenciosa con quienes nos precedieron. Es un empeño también físico por seguir pisando el terreno y proteger su memoria, antes de que el paso inexorable del olvido y el avance de la naturaleza hagan, como escribió el maestro Galeano, que “las lluvias borren las huellas de los pasos humanos”.
Texto: José An. Montero / Fotografía: Irene Rotger Más
