
La tierra es la frontera donde se pierde / lo que sabemos y lo que no sabemos, / una línea que nos hace caminar y ser, escribe la poeta Olvido García Valdés. En esa frontera entre lo visible y lo que aún sobrevive en la memoria colectiva se mueve Landarte 2025, un programa impulsado por la Dirección General de Cultura – Institución Príncipe de Viana que promueve la creación contemporánea en el ámbito rural.
Landarte es un proceso en movimiento. Cada año, el equipo coordinador, formado por Lorenzo García Echegoyen, Estefanía Munárriz, Celia Martín Larumbe y Mikel Ozkoidi, junto con Marc Badal y Anne Ibáñez Guridi desde el colectivo Kanpoko Bulegoa, selecciona distintas localidades de Navarra que destacan por su dinamismo comunitario y el compromiso de sus agentes locales.
El programa, siguiendo una metodología sólida, comienza con una exploración conjunta con los pueblos, continúa con la selección de creadores y creadoras vinculados a Navarra, y culmina con una residencia artística donde el arte se convierte en una forma de acompañamiento y diálogo con el territorio. “Landarte es, ante todo, un proceso de acompañamiento”, explica Marc Badal. “No pedimos resultados ni obras terminadas. Pedimos presencia, escucha, compromiso. El arte, aquí, no llega para explicar nada, sino para dejarse afectar.”
La metodología del programa se apoya en esa apertura de horizontes creativos. Tras las visitas exploratorias, los artistas llegan a los pueblos sin un proyecto cerrado, con la disposición de entender su ritmo y de dialogar con quienes lo habitan. “El arte contemporáneo a veces llega al mundo rural con un lenguaje ajeno. Nuestra labor es que ese lenguaje nazca del lugar, que lo artístico se mezcle con lo cotidiano”, añade Badal.

La tierra como lenguaje: Ioana Hernández en Arboniés
En el valle de Romanzado, la ceramista Ioana Hernández Arriaga comenzó su proyecto en Arboniés con una pregunta sencilla: “¿Qué estamos pisando?”. Su proyecto, Mirar un territorio con las manos, partía de la intuición de que la tierra es un lenguaje. “Quería saber qué barro había bajo nuestros pies”, explica. “Empezamos recogiendo arcillas de los alrededores y las llevamos a la plaza del pueblo, que convertimos en un laboratorio al aire libre. Cada barro tiene su textura, su olor, su temperatura. Es otra forma de mirar el territorio.”
Con la ayuda de una ceramista aragonesa, Ioana analizó once muestras de arcilla recogidas por los vecinos. “Nos dimos cuenta de que el barro guarda la memoria del paisaje. Con esas tierras estamos creando objetos que quedarán en la plaza, una especie de colección del lugar. No es una obra personal, es un trabajo colectivo.”

Corrientes de Mélida: la palabra como encuentro
Más al sur, la poeta y docente Jara Calvo desarrolló en Mélida el proyecto Corrientes de Mélida, centrado en el lenguaje y la comunicación como herramientas para leer la vida de un pueblo en transformación. “Bajo la superficie había muchas corrientes: emociones, miedos, expectativas. Quise que esas voces se oyeran y que fueran las propias vecinas y vecinos quienes las pusieran en palabras.”
Durante estos meses, Jara organizó talleres de escritura, rap y expresión corporal junto a la rapera Eskarnia y la dramaturga Ventura Ruiz. De esos encuentros nació una ruta escénica colectiva: un recorrido por las calles del pueblo en el que los vecinos representaban sus propias historias. “El proceso fue más importante que el resultado. Había personas mayores, jóvenes, gente que nunca había subido a un escenario. Todos se implicaron. El arte se convirtió en una forma de escucharse entre ellos.”
El proyecto se transformó en un espacio de encuentro intergeneracional y de reflexión colectiva. En palabras de Jara: “El propio proceso sirve para establecer vínculos entre personas y colectivos. Lo interesante es lo que sucede durante el camino: vínculos que se crean, temas que afloran, conversaciones colectivas.”

Candiladas de hoy: Marta Elía en Bargota
En Bargota, al oeste de Navarra, la artista Marta Elía Aldave recuperó una tradición que el tiempo había dejado en silencio. Su proyecto, No antes de las siete, se inspira en las antiguas Candiladas, los círculos de mujeres que se reunían al calor de las velas para hilar y contarse historias. “En esas reuniones se transmitía la memoria oral del pueblo, pero casi nadie las recordaba. Decidimos reescribir sus normas y volver a reunirnos. Hoy, las mujeres de Bargota vuelven a encontrarse en la biblioteca, a hablar y a hilar.”
A partir de ese gesto, el proyecto reabrió un espacio de conversación y cuidado compartido. “Ha sido un proceso de abrazar la incertidumbre continuamente, sin saber con quién iba a trabajar ni sobre qué exactamente. Esa pérdida de control cuesta, pero ahora que todo toma forma, veo que cada visita tuvo sentido.” Con el grupo de mujeres Encandiladas, Marta y sus vecinas recuperaron la memoria de aquellas reuniones antiguas y la transformaron en una práctica contemporánea. “Para mí lo más bonito es ver cómo se genera comunidad, cómo cambia la manera de mirar lo propio, aunque sea un poquito.”
Con el paso de los meses, las sesiones se transformaron en un espacio de confianza y escucha. “Cada vez que nos reunimos, aparecen nuevas voces y nuevas historias. Es bonito ver cómo algo tan sencillo como sentarse a hablar puede cambiar la energía del grupo.”

Luz y tiempo: Asier Gogortza en Garde
En el norte, el fotógrafo Asier Gogortza centró su proyecto en los nogales de Garde. “Hay muchos, forman una hilera que atraviesa todo el pueblo. Algunos son enormes, muy antiguos. El nogal más grande de Navarra está allí.” La historia de esos árboles habla de la transformación de la propiedad y de la identidad del lugar. “Antes cada casa noble tenía su nogal. En los años noventa, el Ayuntamiento decidió que eran patrimonio común. Esa decisión cambió la relación del pueblo con sus árboles.”
De esa historia nació un proyecto fotográfico y colectivo. Asier, conocido por su trabajo con cámaras analógicas y estenopeicas, enseñó a los vecinos a construir sus propias cámaras con materiales naturales, incluso con las cáscaras de las nueces. “Hicimos talleres de fotografía artesanal y después revelamos las imágenes juntos. Fue una manera de mirar el pueblo desde dentro.”
Durante el proceso, Asier trabajó con vecinos y vecinas de distintas edades, convirtiendo la fotografía en una herramienta de encuentro. “Me interesaba que el gesto de hacer una cámara y esperar la imagen fuese algo colectivo, casi una celebración del tiempo.” En las sesiones de revelado surgieron conversaciones sobre la memoria de los árboles y el paso de las generaciones. “Las fotografías guardan también esas voces, esa forma de mirar el lugar desde dentro.”

El viento y los refugios: Carmen Parrado en Pueyo
En Pueyo, la diseñadora de producto Carmen Parrado centró su proyecto en una presencia constante e invisible: el cierzo. “Daba igual con quién hablara, siempre aparecía el cierzo en la conversación. Está en la arquitectura, en las costumbres, en la forma de hablar. Es una fuerza que atraviesa la vida cotidiana”, explica.
Su trabajo, Comer al cierzo, surgió de esa observación. A través de paseos y encuentros con los vecinos, Carmen comenzó a identificar los “abrigos” del pueblo: rincones donde el viento amaina, muros gruesos, entradas orientadas al resguardo. Cada vecina conocía los suyos, y esos recorridos se convirtieron en una cartografía íntima del viento. “Andar ayuda a hablar con naturalidad. Mientras caminábamos, iban apareciendo recuerdos, refranes, trucos caseros para protegerse del aire.”
En uno de los paseos participaron también un climatólogo y varios vecinos que compartieron sus saberes locales sobre el cierzo y los signos que anuncian su llegada: “Cuando la Sierra de Alaiz se cubre con una montera de nubes, sabemos que va a soplar fuerte”, contaban. La conversación entre el conocimiento científico y la sabiduría popular se convirtió en el núcleo del proyecto.Como cierre, Carmen ha propuesto una “comida al cierzo”, un encuentro colectivo en torno a un abrigo construido con materiales del entorno. “El menú estará inspirado en el viento —productos curados, secos, alimentos del aire—, y el gesto de comer juntos al resguardo es una forma de celebrar todo lo aprendido”, explica. Su propuesta hace visible lo invisible: esa cultura del viento que moldea paisajes, cuerpos y modos de vida.

La cultura que une
Todas las artistas coinciden en que lo esencial del proceso ha sido el vínculo. “El arte es solo el medio”, dice Jara Calvo. “Lo importante es lo que ocurre entre las personas.” Para Ioana Hernández, “trabajar con las manos, tocar la tierra, genera una conversación distinta, una manera de pensar el lugar desde lo sensorial.” Marta Elía resume su experiencia así: “Lo más bonito es ver cómo se genera comunidad, cómo cambia la manera de mirar lo propio, aunque sea un poquito.” En Garde, Asier Gogortza lo expresa de otra forma: “Llegas con una idea, pero es el pueblo el que te enseña. Tú solo acompañas el proceso.”
Quizá por eso, cuando Landarte 2025 termina, no son necesarios los monumentos, ni las grandes obras físicas, sino el eco que permanece en el ambiente: la textura del barro seco en Arboniés, las voces de Mélida, el hilo de las velas en Bargota, la sombra de los nogales en Garde, y sobre todo, unas comunidades que se reconocen en lo compartido.
Texto de José An. Montero y fotografías de Landarte (según proyectos). Las entrevistas con los artistas y con Marc Badal pueden verse en la cuenta de Instagram de @lacircular.es.