Joan Fontcuberta, del homo sapiens al homo photographicus

Por José An. Montero

Joan Fontcuberta regresó a Cuenca con la lucidez intacta. En el Synthposium 2025, el artista catalán revisita el territorio donde en 1999 presentó Micromegas, aquella exposición del MIDE que anticipó la posfotografía. Hoy, su discurso se expande hacia el universo algorítmico, donde las imágenes continúan fabricando mundos. 

Joan Fontcuberta posee la rara capacidad de conducir la mirada del observador hacia territorios donde aún no ha llegado el pensamiento. Así ocurrió en aquella exposición casi fundacional de la posfotografía que fue Micromegas en 1999, presentada en el Museo Internacional de Electrografía de Cuenca (MIDE). 

Aquella muestra resultó decisiva para empezar a comprender el nacimiento de la era de la imagen digital y las posibilidades de la manipulación electrónica en un momento en que el término posfotografía aún no se había formulado. Solo un espacio tan radicalmente experimental y pionero como el MIDE, dirigido entonces por José Ramón Alcalá, podía acoger una propuesta de esa magnitud a finales del siglo XX.

Micromegas convirtió la fotografía en un territorio de invención, un espacio donde la mirada se emancipa de la realidad tangible. “Ya no fotografiamos la realidad, sino los discursos que construyen la realidad”, afirmaba Fontcuberta hace veinticinco años. En aquel proyecto se intuía ya la lógica de la simulación que hoy gobierna los sistemas de inteligencia artificial, imágenes no tomadas del mundo sino fabricadas por máquinas. Esa reflexión, que ha seguido creciendo con el tiempo, lo trajo de nuevo a Cuenca en el marco del Synthposium 2025, dirigido por Sylvia Molina, también con origen en la Facultad de Bellas Artes, donde volvió a cuestionar los fundamentos de lo que entendemos por fotografía y, por extensión, por arte.

Habló de sus proyectos más recientes, como Gènesi.IA, creado para el festival Llum BCN 2025, una obra donde la inteligencia artificial alcanza una de sus expresiones más audaces e inquietantes. Fontcuberta emplea modelos generativos como Midjourney, Krea y Stable Diffusion para dar forma visual a los versículos del Génesis bíblico, transformándolos en imágenes surgidas de instrucciones textuales. En esta pieza, la creación del mundo se reinterpreta a través del algoritmo, y la antigua narración del origen se convierte en una metáfora de nuestro presente, un universo donde la tecnología asume también la pulsión divina de crear.

Fontcuberta mantiene una curiosidad inagotable, una exploración continua que lo aleja de la repetición y lo empuja siempre un paso más allá. En la presentación de su trabajo, el rector de la UCLM, Julián Garde, subrayó “la capacidad de Fontcuberta para unir creatividad, tecnología e inteligencia artificial en un momento en que el arte debe repensar su papel frente al algoritmo.” La intervención del artista estuvo a la altura de esa expectativa. Bajo el título La fotografía sale del armario, reflexionó sobre cómo la fotografía ha sido durante dos siglos una fábrica de imágenes y de ideologías, un instrumento simultáneamente estético y político. Ahora, señaló, ese caudal inmenso de imágenes alimenta la inteligencia artificial, heredando el mismo impulso que la originó: traducir el mundo en imagen.

Fontcuberta repite que la fotografía miente siempre, mientras en la pantalla aparece la primera imagen conocida: la vista desde la ventana de Nicéphore Niépce, tomada en 1826. “Ahí empieza todo. Es nuestra imagen adánica.” En esa frase se reconoce el nacimiento de una nueva mirada, el instante en que el mundo dejó de ser trazado por la mano humana para ser interpretado por una máquina. Desde entonces, explica, “hemos delegado nuestra visión, confiando en que la objetividad residía en el aparato, aunque incluso el notario puede falsificar”.

De esa sospecha nace uno de los discursos más lúcidos del arte contemporáneo. La obra de Fontcuberta abre un territorio fértil para pensar el mundo, un laboratorio de ficciones, trampas y revelaciones. Desde los fósiles imposibles de Fauna hasta los astronautas imaginarios de Sputnik, ha cultivado la duda como una forma de conocimiento. En cada proyecto despierta la conciencia del espectador y nos recuerda que toda imagen es una construcción, un espejo movedizo de nuestras creencias.

“Durante siglos, la imagen representó el mundo. Hoy lo fabrica. Hacemos fotografías que nadie verá. Producción sin consumo: esa es la nueva paradoja.” Con esa afirmación, Fontcuberta abre una grieta de sentido. “El mapa de las imágenes rebasa la realidad. Hay más mundo en los píxeles que en el suelo que pisamos.” En su diagnóstico, habitamos dentro de un capitalismo visual exige preguntarse cuál es la imagen de nuestra era.

Para Fontcuberta, el ser humano atraviesa una mutación: del homo sapiens al homo photographicus. “Ya no escribimos con letras, sino con fotos. Nos comunicamos visualmente sin advertir que cada imagen es una palabra.” Y se pregunta, con tono sereno, quién escucha cuando todos hablamos imagen. Entra entonces la inteligencia artificial. “Los algoritmos no son nuevos, solo se han vuelto visibles. Nos devuelven la mirada.” Cita ejemplos de artistas que ganan concursos con obras generadas por IA y otros que engañan al jurado con fotografías reales. “Vivimos una confusión productiva. Tal vez la distinción entre lo real y lo artificial ha dejado de tener sentido.”

“La fotografía nos prometió verdad, ahora puede prometernos imaginación, conocimiento, crítica. La cuestión no es cómo se hace una imagen, sino qué provoca cuando la miramos.” En el corazón de su discurso introduce una palabra que lo define: iconofagia. “Estamos en la era en que las imágenes devoran imágenes. Las redes generativas no crean desde la nada, sino desde el archivo. Devoran millones de imágenes, las digieren y las transforman. Las imágenes son ahora caníbales.”

Fontcuberta en su obra tiende trampas, provoca desconfianza, practica la prestidigitación visual. “La duda no paraliza, despierta.” Mientras despliega sus proyectos recientes en la pantalla gigante, comenta que “la imagen no es lo que vemos, sino lo que creemos ver. La fotografía no revela el mundo, lo inventa”. Como fue siempre. El mismo ojo que un día se maravilló ante la cámara oscura ahora se interroga frente a la red neuronal. En la sucesión de sus proyectos queda trazado el tránsito de lo electromecánico a lo algorítmico, de la oscuridad del laboratorio de revelado a la oscuridad interior de la máquina.

En ese mapa de resonancias, las palabras pronunciadas en el Synthposium 2025 devuelven la memoria de aquella ingenuidad tecnológica de finales del siglo XX. Desde Micromegas (1999) en el MIDE, pasando por Paisajes sin memoria y Orogénesis, presentadas en 2021 en la Fundación Antonio Pérez de Cuenca—, o en su propuesta presentada en la Mar de Arte, Traumas, donde se revela una misma pulsión. Si algo distingue la obra de Fontcuberta es su capacidad para hablar de los traumas de cada tiempo, transformando la incertidumbre en una forma de lucidez.

La jornada continuó con la mesa redonda “IA, arte & docencia”, Pilar Montero, Lino García Morales y David Pérez, moderados por Sylvia Molina, exploraron la dimensión educativa y ética de las tecnologías generativas. La jornada culminó con una performance-concierto coordinada por Ricardo Atienza y con la participación del grupo Fuzzy Gab, que enlazó experimentación sonora y visual en un diálogo entre materia y algoritmo. 

El Synthposium 2025 prolonga el legado del Gabinete de Música Electroacústica (GME) de Cuenca, pionero en la enseñanza y creación sonora en España. Rescatado en 2016 por el grupo Fuzzy Gab.4, dirigido por Sylvia Molina, el encuentro, concebido como un espacio libre y transdisciplinar, reunió a artistas, investigadores y docentes para reflexionar, en esta ocasión, sobre la inteligencia artificial como catalizador creativo.

Contenido relacionado