At-Tāriq: en busca de los sonidos compartidos

Por José An. Montero
La exposición At-Tāriq de Tarek Atoui, comisariada por Daniela Zyman en colaboración con TBA21 (Thyssen-Bornemisza Art Contemporary), se presenta en el sótano del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid y podrá visitarse hasta el 18 de mayo de 2025.

La exposición At-Tāriq de Tarek Atoui, comisariada por Daniela Zyman en colaboración con TBA21 (Thyssen-Bornemisza Art Contemporary), se presenta en el sótano del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid y podrá visitarse hasta el 18 de mayo de 2025.

El hall del Museo Thyssen parecía aquella tarde de primeros de mayo un zoco del norte de África. Afuera, la tormenta arreciaba; dentro, las voces se entrelazaban en este vibrante Babel turístico que es el centro de Madrid. Como en un zoco, aquí —escribió Juan Goytisolo en Crónicas sarracinas— “las historias se transmiten de boca en boca, creando una sinfonía de relatos que dan vida a la ciudad”. Las entradas para la gran exposición Proust y las artes se habían agotado desde hacía horas. También se habían agotado días antes las de Los mundos de Alicia, en el cercano CaixaForum Madrid.

Busco orientación para encontrar el acceso a At-Tāriq, la exposición de Tarek Atoui que ocupa hasta el 18 de mayo de 2025 el sótano del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Alguien del personal me asegura que, entre la multitud, hay una escalera que conduce discretamente al nivel inferior. Quizá por ahí, o por un acceso similar en otro tiempo y otro lugar, huyó Proust, alejándose del bullicio de la vida social para refugiarse en la soledad que le permitiera sumergirse en sus recuerdos y escribir.

En la planta inferior, apenas unos cuantos visitantes se mueven sin prisa, algunos buscando los aseos. Un gran vinilo en la pared anuncia la exposición, comisariada por Daniela Zyman y desarrollada en colaboración con TBA21. En el nivel superior, Proust y los grandes maestros de la colección Thyssen celebran el canon artístico. En cambio, más abajo, en el sótano, se da espacio a lo íntimo, lo desplazado, aquello que corre el riesgo de disolverse en el vértigo contemporáneo.

Una sala alargada y en penumbra se extiende justo bajo el bullicioso hall. Al entrar, somos el extranjero que irrumpe en un ámbito doméstico. Somos también el viajero que, como escribió Italo Calvino en Las ciudades invisibles, “llega de noche para no despertar a quienes duermen”, obligado a leer los signos de un territorio ajeno. At-Tāriq, nombre que remite a la 86ª sura del Corán, significa precisamente «el que llega de noche» o «la estrella de la mañana». El cuerpo, tras el cambio brusco de contexto, percibe el impacto sensorial de la transición y busca adaptarse. Intenta recuperar en la memoria estímulos que le sirvan de anclaje. Comienza así el viaje interior que propone la exposición: un acceso a lo inmemorial a través del oído. La escucha se convierte en un recurso para reactivar lo que parecía olvidado.

Atoui reivindica la escucha como forma de hospitalidad. Escuchar es, en este proyecto, un acto poético pero también ético: supone abrirse al otro, al desplazado, al sonido que no encaja en la cotidianidad contemporánea. At-Tāriq no es un archivo muerto ni un ejercicio etnográfico. Es una apuesta radical por reactivar oralidades situadas, afectivas y relacionales. La música rural del norte de África —entendida aquí como lo no urbano, lo comunitario, lo híbrido— se convierte en territorio de resistencia cultural y transmisión intergeneracional. Activa la memoria sin convertirla en monumento. No exhibe reliquias. Al contrario, propone rescatar impresiones mediante la atención y la sensibilidad.

El espacio del sótano se convierte en un majlis, el tradicional salón de hospitalidad en las culturas árabe y bereber, acondicionado con alfombras, cerámicas, cojines y mobiliario de baja altura. Allí, los visitantes no circulan de obra en obra, sino que se sumergen en un ambiente envolvente donde la experiencia sonora prima sobre la visual. La pieza central es una instalación de 90 minutos compuesta por Atoui junto a sus colaboradores (Susie Ibarra, Nancy Mounir y Ziúr), quienes interpretaron, reelaboraron y mezclaron materiales sonoros recogidos en Marruecos. Junto a estas composiciones, objetos cinéticos y sonoros reaccionan a estímulos ambientales o físicos, produciendo roces, vibraciones, fricciones y ecos en los que los propios visitantes participan de manera involuntaria.

Barro, fósiles, minerales y metales conforman la orquesta en la penumbra, evocando tiempos y lugares que atraviesan cuerpos y territorios. Mezclan lo cotidiano y lo local con lo diasporizado. El propio artista ha manifestado su rechazo a la idea de «folklore» como categoría estética. Lo que le interesa es la dimensión efímera, colectiva y situada de estas músicas. En este sentido, At-Tāriq es menos una exposición sobre tradiciones que una puesta en acto de oralidades que sobreviven en los márgenes de los circuitos globales del arte y la cultura. Las voces y ecos del pasado no están clausurados, sino que perviven en los pliegues de la vida diaria. Atoui afirma que lo rural y lo marginal no son residuos del pasado, sino flujos que pueden reactivarse poéticamente en el presente.

El Thyssen se abre a lo indeterminado, alejándose de sus propias lógicas en una paradoja maravillosa: la de acoger al otro sin convertirlo en lo mismo, en un acto de hospitalidad poética que abre espacio a lo que se resiste a ser plenamente conocido. El sentido profundo de la experiencia artística no es inmediato ni evidente. Sin embargo, permanece refugiado en alguna capa de la memoria. Atoui no impone un significado: lo insinúa, atravesándonos con sonidos que no buscan ser interpretados, sino acogidos. En estos tiempos ruidosos, atravesados por desplazamientos, crisis de la hospitalidad y tensiones postcoloniales, Atoui propone acudir al sonido ancestral como experiencia humana compartida. At-Tāriq es una vibración pasajera, un susurro que permanece en la sensibilidad del visitante. No es un eco de sonidos pretéritos, sino más bien un dispositivo para pensar el presente.

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