Un pueblo limpio de realidad

Por José An. Montero

En ese pueblo nadie trabaja. La gente pasea, juega con los niños, charla alrededor de una mesa de madera, contempla el paisaje, asiste a un espectáculo de marionetas y sonríe con esa tranquilidad que solo existe en la publicidad. Nadie ordeña una vaca. Nadie recoge patatas. Nadie espera al veterinario. Nadie llama porque el consultorio médico vuelve a cerrar dos días esta semana. Tampoco hay un tractor averiado ni una cosecha perdida por el granizo.

Es un pueblo limpio de realidad. Y, sin embargo, funciona. Quizá porque, en realidad, no habla del campo, sino de las ciudades, para las que los pueblos se han convertido en una farmacia emocional donde recuperar aquello que sentimos haber perdido entre asfalto, semáforos, oficinas y zonas azules, verdes y amarillas. Tiempo. Comunidad. Naturaleza. Silencio.

Llevamos entre cinco y diez mil años intentando aprender a vivir en ciudades y todavía hay fines de semana en los que salimos de ellas con la urgencia del adicto que busca su dosis. Nunca ha habido tanta gente viviendo en espacios urbanos y, al mismo tiempo, nunca los pueblos habían ocupado un lugar tan importante en nuestro imaginario. Se multiplican los concursos de pueblos más bonitos en una suerte de desfile de misses del territorio. Competimos por encontrar el rincón más auténtico, la plaza más pintoresca, la calle con más geranios o el río de aguas más transparentes. Queremos perder la cobertura, pero solo un poco.

No deja de ser una paradoja hermosa. Cuanto más urbana es una sociedad, más intensamente sueña con el campo. Eso sí, con un campo que no existe. Marc Badal dice que la ciudad mantiene un largo monólogo sobre el mundo rural. Se habla continuamente de los pueblos, pero rara vez se les deja hablar por sí mismos. Es la ciudad la que decide qué significa la naturaleza, qué paisajes son bonitos, qué tradiciones merecen conservarse y hasta qué aspecto debe tener una casa para resultar auténtica.

El campo acaba interpretando un personaje escrito desde la ciudad. Incluso la expresión “mundo rural” es relativamente reciente, como recuerda David Vila-Viñas. Necesitábamos ponerle nombre a ese otro lugar y, al hacerlo, empezamos a construir un pueblo imaginario cargado de significados exclusivamente urbanos. Cuando elogiamos la lentitud del campo quizá estemos confesando el vértigo de nuestras ciudades. Cuando hablamos de comunidad quizá estemos pensando en el vecino del quinto cuyo nombre desconocemos. Cuando buscamos naturaleza quizá solo estemos intentando descansar del paisaje que nosotros mismos hemos construido.

La literatura lleva siglos colaborando en esta fantasía. El arte también. Después llegaron Instagram, las casas rurales y el cottagecore. Seguimos imaginando un campo pacífico, inmóvil y virtuoso del que desaparecen las explotaciones agrícolas, la despoblación, los consultorios que cierran o la incertidumbre de quien depende de una cosecha para vivir.

Benito Burgos escribe que lo rural se ha convertido en el «frasco de las esencias» de todo aquello que sentimos haber perdido. Los pueblos son el lugar al que acudimos para reparar los desperfectos de la ciudad. El viaje deja de ser un desplazamiento para convertirse casi en una sesión de fisioterapia emocional.

Quizá por eso el anuncio resulta tan eficaz. No vende una escapada. Vende la posibilidad de que exista algún lugar donde todavía se pueda vivir despacio, donde los vecinos se conozcan, donde los niños jueguen en la plaza y donde el tiempo no llegue siempre tarde.

No importa demasiado que ese lugar exista. De hecho, no existe. Es la suma de muchos fragmentos: un valle pirenaico, un pueblo blanco andaluz, una garganta extremeña, una aldea asturiana, una carretera secundaria sin tráfico y una plaza donde siempre es verano. Un pueblo construido a la medida de nuestras necesidades emocionales. Un lugar donde proyectar aquello que sentimos perdido viviendo en la ciudad.

Este artículo se publicó antes en Nueva Tribuna y Gazeta.GT

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