Teresa Lanceta: Viejos reyes ocultos bajo mantos carcomidos

Por José An. Montero

Escribió el poeta Wilfred Owen en ‘Poemas de Guerra’ -con traducción de Gabriel Insausti y edición de Acantilado-, “Como viejos mendigos ocultos bajo sacos, / tropezando, tosiendo como ancianos, cruzamos por el lodo / hasta que al fin volvimos la espalda a las bengalas / y, agotados, marchamos hacia un lugar remoto”. 

Teresa Lanceta pone su mirada en el saco, vestigio material de lo ocurrido en esa trinchera, y convierte la capilla del Patio Herreriano de Valladolid en un panteón mortuorio que recorre el siglo XIII a través de los tejidos funerarios. El poema de Wilfred Owen sobre la Primera Guerra Mundial y la cita casi obsesiva del poema ‘El Despertar’ de Alejandra Pizarnik, en ambos extremos de la sala, la dotan de intemporalidad. 

Los reinos cristianos del norte de la Península, el recuerdo del califato almohade de Muhammad al-Nasi y las tradiciones hebraicas del siglo XIII se materializan en grandes tejidos reconstruidos por la mirada de Teresa Lanceta. Sus nudos, sus imperfecciones, su colores y su olor se hacen presentes en la capilla de los Condes de Fuensaldaña una época llena de tensiones culturales.

A partir del estudio de los tejidos localizados en los sepulcros de Leonor Plantagenet y Alfonso VIII, en el Panteón Real de Las Huelgas, o del pendón musulmán ganado en las Navas de Tolosa, Lanceta teje la suntuosidad con la que el poder envolvía la muerte, tamizando la luz de la capilla con los colores y las texturas de una época que nunca habríamos sentido tan presente. Lanceta teje desde el suelo del siglo XXI hasta los cielos del XIII, dejando que las imperfecciones de la vida queden reflejadas en el camino. 

Llantos por el poder perdido o ganado, plañideros de Mahamud, telas mortuorias, tragedias y muertes en vida, aunque fuera en palacios, como las de Blanca de Borbón, Leonor de Guzmán y María de Padilla. El poder teñido de lujoso rojo quermes, porque hasta para enfrentarse a la muerte también hay diferencias. Hay quien muere por sí mismo y quién es muerto por vida ajena. 

En lo que fuera el altar mayor, una gran tela mortuoria negra, austera y sin adornos, que parece esconder la puerta hacia el lugar donde están los cuerpos ausentes, las miradas escalofriantes y abisales de la historia. 

Volver al claustro huyendo del duelo eterno de la Capilla. Respirar y observar sobre los mapas tejidos el recorrido de Teresa Lanceta, pensando en que los pies vuelven a tocar el suelo, y la sonido de la respiración vuelve a ser real, hasta encontrarse de frente en la sala 9, el proyecto ‘El paso del Ebro’ (2013-2015) donde los tejidos de Lanceta conviven con los objetos de supervivencia en tiempos de posguerra de Terra Alta en Tarragona, en la que en 1938 se situó uno de los mayores hospitales de sangre de la Batalla del Ebro. Entre estas piezas, la sangre se hiela y tarda días en volver a circular con normalidad por las venas. 

Pocas veces el arte es capaz de transmitir con tanta profundidad la historia como en los tejidos de Teresa Lanceta. Afortunadamente, la exposición ‘El sueño de la colcedra’ amplió durante tres meses su duración y se puede ver hasta el nueve de septiembre de 2024 en el Patio Herreriano de Valladolid. “Mis manos se han desnudado / y se han ido donde la muerte / enseña a vivir a los muertos (…) Señor / La jaula se ha vuelto pájaro / Qué haré con el miedo”, escribió Pizarnik y teje Lanceta.

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