
Puedes cerrar tus ojos, pero no tus oídos. En el arte importa el qué. Pero también quién, dónde, cómo, cuándo, e incluso con quién. Las respuestas a estas preguntas dan significado a la acción artística y crean combinaciones únicas. Como lo ha sido, finaliza el 9 de septiembre, acoger simultáneamente la exposición de la artista india Shilpa Gupta con esa futilidad aparente de la obra de la suiza Silvia Bächli en el Centro Botín, espacio de poder y poderío, junto a la bahía de Santander en este verano de sobresaturación turística y calores excesivos.

El visitante puede recorrer ‘Partitura’ Silvia Bächli en la primera planta en la que el arte se hace preguntas artísticas sin (aparentemente) transgredir los límites del formalismo en su propuesta o, al menos, que puede verse sin profundizar y sin mancharse de realidad para salir diciendo con aire de suficiencia, ésto lo hace una niña pequeña. Puede distraerse escaleras arriba haciéndose selfies con la bahía de Santander de fondo y pasar a la segunda planta pensando que va a seguir disfrutando de una plácida mañana turística navegando en los placeres estéticos.
En la primera sala, dos paneles, como de sala de espera de aeropuerto, pasan algunos textos que avisan discretamente lo que ya anuncia Shilpa Gupta en una cartela “Los poetas, como los escritores y los artistas, son soñadores que hablan de las pesadillas del mundo. Esta obra trata de la persistencia de las creencias, de los sueños, que nos convierten en lo que somos como individuos”.

“Verás en el teatro de la ropa / unas veces la farsa y otras, la tragedia.”, escribió la poeta María Salgado que colabora en el catálogo de esta exposición. El teatro de la vida turística termina tras un largo telón negro colgado del techo. Tras él una sala oscura que da paso a la pieza ‘Listening Air (El aire escucha)’, capaz de abrir las puertas hacia una nueva realidad, como cuando en una casa señorial accedes por una escaleras oscuras a otra vida de servicio bajo el piso principal, donde se esconden las humedades, las miserias y las humillaciones.
‘Bella Ciao’, ‘No Pasarán’ o la canción india ‘Hum Dekhen Ge’ suenan en unos pequeños altavoces móviles que recorren la sala colgados del techo junto con bombillas de pequeña intensidad. En mitad de la oscuridad, recobran su significado, dejan de ser canciones de series o de verbenas, y vuelven a ser lo que fueron, canciones colectivas de resistencia. Palabras a las que agarrarse en los malos tiempos. Nada volverá a ser igual al volver de nuevo a la luz.

Dos libros cosidos entrelazados y colgados del techo esperan a la salida. Obras de Jack Mapanje y Orhan Kemal, ambos encarcelados por sus palabras. “No hay más secreto que la poesía” reza en uno de las pequeñas hojas clavadas en la pared a modo de cartela, que acompañan a pequeñas siluetas enmarcadas en pequeñas prisiones de madera. Todo el odio de los poderosos hacia la poesía y la metáfora se despliega en las siguientes salas de ‘Yo también vivo bajo tu cielo’.
Poetas encarcelados, torturados, asesinados. Versos escondidos en los sitios más inverosímiles. Palabras convertidas en aliento y encerradas en botellas de cristal. Banderas deconstruidas en estrellas, barras y símbolos intercambiables. Cuerpos de cera derretidos y aplastados. Decenas de mapas diferentes que pretenden describir el mismo territorio que pasan al capricho de un ventilador ante la mirada. Objetos inverosímiles incautados en un aeropuerto. Pero sobre todo, mucha poesía. Certera. Que se clava en la memoria y en el alma. Capaz de sostener la esperanza y desenmascarar al tirano. “Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan / decir que somos quien somos, / nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno”, como escribió para la eternidad Celaya.

Como escribe Pratap Bhanu Mehta en el catálogo de la exposición: «El arte de Shilpa Gupta es un ejercicio sobre cómo podemos volver a desplegar nuestro poder imaginativo para cruzar fronteras, rebatir a los censores y abrirnos a los demás. Decir esto es hacer realidad la más alta vocación del arte: basta un poco de imaginación para hacernos libres».
O como dice uno de los poemas sujetos a la pared por un pequeño clavo: “Los payasos están derribando el circo”. El poder de la palabra y de la imaginación para hacernos libres.