“No soy quien describo. Soy la tela / Y oculta mano colorea alguien en mí”. Me vienen a la cabeza estos versos de Pessoa mientras reviso las fotografías de la exposición Pré/Pós – Declinações visuais do 25 de Abril, comisariada por Miguel von Hafe Pérez y presentada hace un par de años en Serralves (Oporto) con motivo del cincuentenario de la Revolución de los Claveles. Imagino a los portugueses anónimos pintando su propio cuadro mientras suena «Grândola, Vila Morena» en una versión imposible de Reincidentes. Una revolución en la que, como escribió Pessoa, «muchos actores representaron muchas piezas».
Miro alrededor y pienso que lo que durante tantos siglos fue un abismo de posibilidades hoy está al alcance de un prompt capaz de convertir esta página en blanco en casi cualquier cosa que podamos imaginar, siempre que sepamos explicárselo a la máquina. Le pido que elimine la cara inoportuna y anónima que asoma tras el maniquí. También le pido que deje la sala del fondo en blanco. Son instrucciones que me hacen sentir, por un instante, creador, mientras aflora ese pequeño dictador que todos llevamos escondido desde la infancia.
La imagen ya no es la imagen. El sentido ya no es el sentido. Tampoco es lo que habría hecho si hubiera dado un par de brochazos de pintura blanca para camuflar el fondo. Al mismo tiempo soy consciente de que esos rastros borrados han introducido otros, imperceptibles, en la imagen. Huellas que ya no seré capaz de eliminar.
Quizá eso sea la IA, un cúmulo casi invisible de creación ajena que se infiltra entre nuestras propias palabras para que, en la siguiente lectura, las sintamos ligeramente extrañas. Pongo la versión de José Afonso y todo parece volver a la normalidad.