
El título de la décima sesión de Sagita Magma, «Cuerpos en duelo», reunió en la sala 1.11 de la Facultad de Bellas Artes a Nantu Arroyo y Oumaima Manchit Laroussi. No hay tarima ni pedestal. Las miradas se encuentran a la misma altura. Lo que a primera vista parece un espacio frío, de altas paredes de hormigón, se transforma en un lugar ideal para el encuentro alrededor de los dos sofás negros. Faltan apenas unos minutos para que las y los estudiantes universitarios conviertan este entorno de aire industrial en un espacio de reflexión y creatividad. Sagita Magma se ha convertido en un punto de encuentro para repensar los afectos, las políticas, las narrativas y los imaginarios.
Poco antes de que comience esta décima sesión conversamos con Nantu Arroyo, profesora de filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid, que sitúa su investigación justo en el cruce entre la historia de las ideas y las urgencias del presente. En sus trabajos analiza, entre otros temas, cómo la racionalidad neoliberal acelera las vidas, produce ansiedad y convierte el fracaso en una herramienta de gobierno. Durante la pandemia cuestionó el uso de la retórica bélica y propuso modos alternativos de pensar la crisis, las fronteras y la gestión del riesgo. Su trabajo enlaza archivos históricos y debates contemporáneos, siempre con una sensibilidad atenta a las formas en que el poder se escribe en los cuerpos y en la vida cotidiana.
Tiempos acelerados de manera estructural, que colonizan el tiempo y generan una inseguridad permanente. Así describe Nantu Arroyo la racionalidad neoliberal, una forma de gobierno de la vida que opera a través de la autoexigencia como motor, en lugar de hacerlo mediante la prohibición. «Es la biopolítica de entregar tu presente por la promesa de un futuro estable. Y lo que no hay que hacer en absoluto es renunciar precisamente a esa posibilidad de derecho, de resistencia, y de ejercer esos gestos de resistencia cotidianos, diarios, que tienen que ver con trabajar contra todo pronóstico, con prácticas sociales y comunitarias, y que tienen mucho que ver también con la suerte que tienes a tu alrededor».
Aquí «la precariedad está estrictamente relacionada con la enfermedad mental. No es una metáfora, es una relación directa», explica. «El problema es que se sigue hablando de salud mental como si fuese un problema individual, cuando en realidad es estructural.» Estos malestares son respuestas coherentes a un sistema que desestabiliza la vida y exige un rendimiento continuo incluso en condiciones de vulnerabilidad extrema. «Cuando no sabes si el mes que viene vas a seguir trabajando, ese miedo no se queda fuera del cuerpo».
Para Nantu Arroyo esto no es un error puntual del sistema, sino una condición estructural necesaria para su funcionamiento. «El fracaso no es algo que te pase solo a ti. El fracaso es una construcción social necesaria para que otros tengan éxito», reflexiona. Desde su análisis, el fracaso opera como una tecnología moral que individualiza la desigualdad y naturaliza la jerarquía social: «Cuando no llegas, cuando no rindes, la culpa siempre recae sobre el individuo.» A ello se suma una forma de deuda que no es únicamente económica, sino emocional y moral, «una deuda constante que te hace sentir que siempre debes algo.» El sistema, añade, «necesita sujetos culpables que piensen que si no llegan es porque no se han esforzado lo suficiente», desplazando así la responsabilidad estructural hacia el interior de cada persona.
El fracaso deja de ser una categoría abstracta cuando se vuelve material, porque «la pobreza no es solo no tener dinero. Es no tener vivienda, no tener tiempo, no tener redes». Durante la pandemia esto quedó aún más expuesto. La normalidad, recuerda Arroyo, «se funda y se sostiene sobre la desigualdad». Son realidades que creemos lejanas, pero que están «a la vuelta de la esquina. Hay gente que trabaja y, aun así, vive en tiendas de campaña o en su coche.»
«Durante la pandemia se utilizó de manera constante la metáfora de la guerra, y eso no es en absoluto inocente», explica. «La metáfora bélica sirve para pedir sacrificios, obediencia y unidad sin preguntas.» Para Nantu, esta retórica tiene una función disciplinaria, porque exige obediencia y clausura la posibilidad de pensar alternativas. «Hablar de catástrofe, en cambio, permite entender que la normalidad previa ya era insostenible», porque se sostenía sobre la desigualdad y la violencia social. «Pensar la crisis como catástrofe abre un espacio para la transformación; pensarla como guerra lo cierra.» Una reflexión que entronca con las palabras del historiador Tony Judt, quien señalaba que «si el Estado de la guerra es una forma aceptable para que se restrinjan las políticas del bienestar, esto se debe a que la guerra no se ha experimentado como catástrofe.»

Regresamos a los cuerpos en duelo, el eje que da título a esta décima sesión de Sagita Magma. Para Nantu Arroyo, la muerte es un espacio profundamente politizado, donde el acceso al duelo y a una sepultura digna se distribuye de manera desigual. «Hay cuerpos que no tienen derecho a ser llorados», advierte. Porque cuando no hay cuerpo, no hay nombre o no existe un archivo que lo sostenga, «el duelo queda suspendido». Esa suspensión no es un accidente, sino una forma de violencia que se repite en distintos escenarios históricos y contemporáneos, «esto ocurre en las fosas comunes, en las dictaduras, en el Mediterráneo». El duelo, así entendido, se convierte en un privilegio político. Un derecho que no todos los cuerpos alcanzan.
«Hay cuerpos que aparecen como tragedias y otros que aparecen como estadísticas. No todas las muertes importan lo mismo ni generan el mismo tipo de duelo», explica Nantu Arroyo. La violencia mediática se expresa tanto a través del silencio como mediante una sobreexposición selectiva, donde algunas muertes se individualizan y otras se diluyen en la masa. «Se produce una deshumanización cuando los cuerpos se amontonan y dejan de tener rostro», explica. Una especie de censura estructural que reserva el derecho de expresión y de creación a una minoría privilegiada, como dijo Eduardo Galeano.
Pero algo ha cambiado en los últimos tiempos. La tecnología se ha convertido en una dimensión central de la gubernamentalidad contemporánea. «Pensar que la tecnología es neutral es una ingenuidad peligrosa. Vivimos en una sociedad profundamente monitorizada donde las plataformas digitales acumulan datos sobre nuestros deseos, nuestros miedos y nuestra forma de comportarnos», explica Nantu, «la distopía no está en el futuro, está ya aquí, completamente normalizada.»

Para Nantu Arroyo, la imaginación política es una herramienta esencial para escapar del realismo capitalista y su famosa clausura del «no hay alternativa». «La pregunta de si hay alternativa no es retórica. Es una pregunta urgente», afirma. Frente a las formas tradicionales de pertenencia, basadas en la propiedad o las identidades fijas, Arroyo plantea que «necesitamos figuras que nos permitan pensar otras formas de habitar sin propiedad», reivindicando marcos conceptuales como el usufructo o el exilio. Este último, recuerda, «puede ser también una posición filosófica, no solo geográfica», un desplazamiento que obliga a mirar desde otro lugar. «Pensar desde fuera, aunque sea incómodo, permite ver cosas que desde dentro no se ven.»
Empiezan a llegar los estudiantes a la sala, pero antes de cerrar la conversación queríamos abrir algunas ventanas hacia otros modelos posibles. Nantu Arroyo reivindica la amistad y las redes no competitivas como una forma de resistencia cotidiana frente a la lógica del rendimiento, convencida de que la cooperación y el cuidado pueden operar también como prácticas políticas: «Las redes sostienen cuando el sistema no sostiene.» Colectivizar el privilegio, insiste, «no es perderlo, es hacerlo visible», y convertirlo en una herramienta compartida.
Nantu Arroyo reivindica una filosofía que deje de concebirse como un saber abstracto para asumirse como una intervención en el mundo: «La filosofía tiene que ser una conciencia crítica de la realidad.» Pensar, para ella, «no es confirmar lo que ya sabes, es incomodarte», una invitación a revisar las posiciones desde las que hablamos y a reconocer que todo acto de pensamiento implica ya una toma de posición: «Pensar es siempre una forma de intervenir.»
La entrevista con Nantu Arroyo se realizó poco antes de su intervención en la sesión correspondiente de Sagita Magma. Seminario-Dopamina. Estética Política y Ontología de la Comunicación, celebrada el 25 de noviembre de 2025, en el Aula 1.11 de la Facultad de Bellas Artes de Cuenca (UCLM). La sesión, titulada “Cuerpos en duelo: operaciones simbólicas y contramarcos políticos frente a la violencia mediática”, fue un encuentro en el que participó junto con Oumaima Manchit Laroussi. Este ciclo está coordinado por Ignacio Escutia, Andrés M. García Romero, Laura Budia Piña y Marina Álvarez, con la colaboración de la Facultad de Bellas Artes, la Facultad de Comunicación y la Facultad de Educación y Humanidades. El seminario se prolongará hasta mediados de diciembre, con trece encuentros que entrelazan filosofía, arte y pensamiento crítico. Textos de José An. Montero, fotografías de Adrián de la Dueña y vídeo de Lucía de la Hoz.
