
La investigadora Monika Moreu-Vicente del King’s College London defiende que los incendios no deben interpretarse solo como catástrofes naturales. Sus investigaciones se centran en imaginar futuros posibles para los paisajes del sur de Europa a través de modelos socioecológicos y métodos participativos que ponen en el centro las voces locales.
Cada verano el fuego ocupa portadas con imágenes espectaculares que olvidamos en cuanto llegan los primeros fríos del otoño. Pero detrás de las llamas hay procesos de larga duración que tienen que ver con la despoblación, la gestión del territorio y la forma en que entendemos el paisaje. Monika Moreu-Vicente, investigadora del Leverhulme Centre for Wildfires, Environment and Society, insiste en que los incendios son también una narrativa: cuentan qué hemos hecho con el campo y qué futuro estamos dispuestos a imaginar.
Para Moreu-Vicente, los incendios no son solo huellas del pasado ni emergencias del presente, sino también advertencias de lo que está por venir. Su investigación explora regímenes futuros de fuego en el sur de Europa a través de modelos ecológicos y, sobre todo, de la participación de actores locales. “No basta con predecir escenarios, necesitamos imaginar junto a la gente cómo queremos habitar esos paisajes.”
Si Francisco Seijo ponía el acento en la memoria campesina y James D.A. Millington en los modelos globales, Moreu-Vicente insiste en el diálogo con quienes viven en el territorio. Explica que una modelización sin esas voces corre el riesgo de convertirse en abstracción. “Los mapas pueden dibujar riesgos, pero quienes caminan esos montes saben dónde se acumula el combustible y qué usos se han perdido.” Integrar esos saberes es, para ella, la única forma de construir paisajes más resilientes. En el último año ha participado en las actividades desarrolladas en la Serranía de Cuenca por el grupo de investigación SocialGIF de la Universidad de Castilla-La Mancha, liderado por Carmen Vázquez y José María Martínez.

Una de sus críticas se dirige al mito de que más árboles siempre significan más naturaleza. “Hemos confundido densidad forestal con salud del ecosistema”, advierte. En su investigación usa la expresión de “paisajes inflamables”, ecosistemas aparentemente verdes pero extremadamente vulnerables por la homogeneización y el abandono. La diversidad de cultivos, pastos y claros abiertos que antes regulaba el fuego se ha perdido. El resultado: territorios donde cualquier chispa puede desencadenar un incendio de gran magnitud.
Su trabajo no se limita a producir datos. Busca también narrativas de futuro que ayuden a la sociedad a entender el papel del fuego. Para ella, imaginar paisajes futuros es un ejercicio político y cultural. “No se trata de volver al pasado ni de proyectar utopías, sino de pensar escenarios posibles y sus consecuencias. Si seguimos apostando por la homogeneidad, tendremos incendios más voraces. Si recuperamos mosaicos, ganadería extensiva y diversidad, podremos convivir con el fuego de otra manera.”
Su interés por estas cuestiones no es casual. Nacida en Puerto Rico, fue allí donde comprendió que las decisiones políticas y económicas tienen un impacto directo en los ecosistemas. “Vi cómo los recursos naturales se degradaban al ritmo de intereses ajenos al territorio”, recuerda. Esa experiencia la llevó a estudiar Geología en Mayagüez y más tarde a especializarse en gestión ambiental en Ohio. Hoy, en Londres, trabaja con la vista puesta en volver algún día con ese conocimiento para aplicarlo en su tierra natal.
La mirada de Monika Moreu-Vicente se mueve entre escalas: del algoritmo a la conversación con pastores, del mapa satelital al relato comunitario. Su mensaje es claro: los incendios son síntoma y espejo. Hablan de abandono rural, de políticas forestales, de modelos económicos. “El fuego nos está diciendo algo sobre cómo vivimos. Escucharlo es también decidir qué futuro queremos.”
Esta entrevista de Paz García Blanes y José An. Montero se publica en colaboración con Nueva Tribuna.