Martinete del genocidio (casi) olvidado de un rey “prudente y justo”

Por José An. Montero

Hacía tiempo que un libro no me llegaba por el oído, en lugar de por la vista. No era la primera vez que ‘Martinete del Rey Sombra’ de Raúl Quinto, era citado en alguna conversación, pero no lo había visto en los escaparates de las librerías, ni en las grandes listas de obras recomendadas por los gurús del asunto. Pero estaba el runrún, la necesidad que tenían quienes lo habían leído de recomendarlo. Sé de quién lo convirtió las pasadas Navidades en el regalo recurrente. 

En ‘Martinete del Rey Sombra’, Raúl Quinto abre una puerta a las disparatadas cortes de los primeros Borbones. Casi medio siglo de reinado de Felipe V, que ha pasado a la historia como el Animoso, y al que Quinto denomina ‘El rey agujero’, ese mismo que “Dice que tiene la cabeza vacía y que el viento se la quiere llevar, que nota cómo quiere desgajarse del cuello y volar sin él, y no consiente en que le dé el sol por si se le derriten los sesos y comienzan a gotearle por las narices y las orejas. Puto loco. (…) De un documento médico del momento se extrae el siguiente diagnóstico: frenesí melancólico, morbo, manía y melancolía hipocondríaca’. Tras su reinado, con el breve paréntesis interior de los poco más de doscientos días de reinado de Luis I, ‘el Bien Amado’, llegó al trono de manera casi sorpresiva Fernando VI, al que los libros de historia apodan el Prudente y el Justo. 

Así hemos estudiado la historia, a base de “conquistas y batallas, bodas y sucesiones, revoluciones y acuerdos de paz o cómo Carlos III sucedió a Fernando VI, que a su vez sucedió a Felipe V”, ha dicho en alguna entrevista el propio Raúl Quinto. Pero la historia se nos queda siempre en un Olimpo perfumado e idealizado. Una historia etérea, sin cuerpo humano. Porque, como escribió Alba Rico en el imprescindible ‘Ser o no ser (un cuerpo)’, “…sólo los pobres, los gitanos, los inmigrantes y, por supuesto, los viejos y los enfermos —antinomia clandestina de la publicidad comercial— tienen cuerpo, acarrean sin solución, si se quiere, 40.000 años de historia sobre sus hombros.”.

Su sucesor, el también etéreo Fernando VI, el Prudente, el Justo, fue el mismo que el 30 de julio de 1749 firmó las órdenes de detención de todos los gitanos y gitanas del territorio español. Los hombres esclavizados en arsenales y astilleros. Las mujeres encerradas y hacinadas en lugares como la Alcazaba de Málaga o la Casa de la Misericordia de Zaragoza. El objetivo: que dejaran de reproducirse y exterminar a los gitanos. Un episodio que apenas encontramos en los márgenes de los libros de historia bajo la denominación de ‘La Gran Redada’. “Pero gitanos son todos, le dice Ensenada al padre Rávago, en todos está la misma raíz infecciosa, ya sea dormida o despierta, y necesitamos muchas manos para los arsenales y para la industria.”

Estos dos planos, la locura del palacio y el sufrimiento que irradia hacia el exterior, entrelazados como las cartas en un juego de naipes, van conformando este artefacto literario. Utilizando el término artefacto con toda la indefinición posible del término. Nunca lo ví en la estantería de una librería, no sé si estará ubicada como novela histórica, pero tampoco es una novela histórica, ni siquiera es cierto que sea una novela en sentido estricto. Es poesía, pero tampoco es un poema. Algo tiene de romance y elixires de ensayo. Pero sí es un texto que te atrapa, que te sumerge y que te empapa. Que apasiona y que fluye de fuera adentro. Que quieres devorar, pero qué quieres que dure un par de lectura más.

Tras leerlo, hablo, escribo y recomiendo ‘Martinete del Rey Sombra’. Habrá quien piense que es una historia antigua y que no concierne al ser humano contemporáneo. “A fin de cuentas el gitano siempre es el otro, una cosa parecida a ti pero no más que un dibujo a una flor, los miras y son poco. Más que cascarones de hombres con un incendio dentro, con un vertedero y una biblia con las páginas tachadas”. Pero interpela desde lo contemporáneo. Habla de todas aquellas Alejandrías quemadas en la hoguera, olvidadas, desmemoriadas. De todos los odios ancestrales a la otredad. El miedo a las sombras del otro dentro del palacio. 

Un miedo irracional que sólo se puede narrar desde lo poético, “Los hay por todas partes y de todas partes quieren expulsarlos. Gitanos. Roma, sinti, manuches, zíngaros, calés, pindorós, bohemios, erromintxelas, kalde-rash o leones. Por todas partes. Desde tiempos sin nombre, envueltos en las brumas y en los miedos ajenos. Quiénes son y por qué están aquí, sentenciados por ser, perseguidos por estar”. La historia también hay que gritarla, escribe Raúl Quinto. Y el verso, como la música, tiene la capacidad de que el grito te empape en lo más profundo del cerebro, de donde nunca podrá salir, como esas músicas infantiles. De esta noche inmensa e infinita parece llegar esta historia que sentimos como vivida y traumáticamente olvidada. No es el único intento de exterminio gitano de la historia (casi) olvidado. También han sido casi apartados en la reciente celebración del cincuenta aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz en el que murieron decenas de miles. 

Versos convertidos en ensayo histórico, en novela homérica. Sombras que recorren los palacios, “ejército mustio de los gitanos, malcomiendo y durmiendo sobre su suelo”, de mármol recién pulido, añadiría. Raúl Quinto, el poeta que escribía versos para ser leídos en voz alta, escribió ‘Martinete del Rey Sombra’, historia para ser leída en voz alta. “Algo queda claro tras todo esto: la gran redada fue un fracaso”. 

Y algo más. ‘Martinete del Rey Sombra’ va por su quinta o sexta edición y ha obtenido el premio Nacional de la Crítica y el premio Nacional de Narrativa en 2024, mientras “Al otro lado de la pared la ciudad calla y el viento duerme” y los escaparates andan habitados por obras que pasarán sin dejar memoria. El mundo siempre ha sido extraño y difícil.

Imágenes realizadas en Salamanca en 2019 para la entrevista Raúl Quinto: “La pared nos encierra, y nos encierra afuera”

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