
Hace apenas unos meses, Marina Álvarez Benítez finalizó su titulación en Comunicación con el Trabajo Fin de Grado titulado Pink Mirror: Reflexiones de una centennial a propósito de Barbie, en el que utiliza la película Barbie (2023) como hilo conductor para explorar cuestiones como el género, la identidad, la sociedad de la transparencia o la sexualidad a través de lo que denomina “ensayos snackables”, una serie de piezas breves que simulan el feed de la red social TikTok.
Como escribió Eduardo Galeano, “no encontrarás a la misma persona dos veces, ni siquiera en la misma persona”. Ahora, Marina está simultaneando un máster en Educación y otro de Investigación en Artes Plásticas. Está “ahora mismo aterrizando un poco en el mundo adulto”, consciente de que su recorrido no responde a una trayectoria cerrada, sino a una búsqueda abierta. “Realmente solo estoy dando tumbos para ver un poquito lo que me gusta, porque al final es ridículo tener que elegir tan pronto”.
Apenas unos minutos después de esta conversación, participará en la sesión de Sagita Magma, junto con Elizabeth Duval, una de esas mentes de clarividencia generacional, en un encuentro que llevará por título “¿Acaso ahora da vergüenza tener novio? Política contemporánea del heteropesimismo y deriva místico-creadora”. Una participación que, confiesa, “me da muchísimo vértigo, me da un miedo alucinante”, porque “me falta muchísimo recorrido en absolutamente todo”.
Un miedo que convive con la intuición clara sobre el valor del proyecto colectivo. Sagita Magma le interesa precisamente por la mezcla de perfiles, edades y trayectorias. “Han hecho muy bien toda la parte de compensar, con personas muy diferentes, de diferentes campos, gente más mayor, con más experiencia, gente más novel, como yo misma”. Esa diversidad, señala, es la clave del éxito de este Seminario Dopamínico, porque “resulta hasta alentador ver que hay alguien de tu edad que está haciendo lo mismo que tú”.

Su trabajo de investigación gira en torno a Barbie, una figura que aparece una y otra vez como excusa teórica y como núcleo simbólico. “Para mí Barbie significa una cosa clave”, explica, vinculándola directamente con su propia experiencia. “Yo nunca he sido una persona muy femenina. Cuando tú ves las películas te das cuenta de que a Barbie nunca la salva un hombre. Barbie es actriz y Barbie trabaja en todas esas películas y performa todas esas muñecas”.
En su investigación, Marina recuerda cómo Barbie era un modelo aspiracional, capaz de hacerlo todo. Entre sus recuerdos del colegio, habla de un día en el que, cuando estaba recuperándose de una gastroenteritis y volvió al colegio, su mejor amiga le dijo: ‘¿Puedo beber de tu botella de agua? Es que si cojo ese virus seguro que adelgazo como tú’”.
Para Marina, Barbie es un personaje paradójico, “una mujer famosa, completamente canónica, sexualizada”, pero también situada en una posición de poder. “No deja de ser una muñeca que aun así puede abarcar todos esos campos”, afirma, subrayando su potencial político. Para Marina, es “súper interesante a nivel tanto feminista como queer hablar de Barbie”, entre otras cosas porque “quienes jugábamos con Barbies éramos las niñas”.
Esa lectura se enlaza con el auge contemporáneo de la hiperfeminidad como fenómeno cultural y estético, marcado por la exageración consciente de los códigos de lo femenino. Marina la interpreta como una respuesta irónica a un mandato contradictorio. “Siempre nos han dicho que seamos femeninas, pero no mucho. Que no se nos note”. Frente a eso, propone la exageración. “Si vamos a ser súper femeninas, vamos a ser súper rubias, súper guapas todo el rato, vamos a ir vestidas de rosa porque esto es lo que nos habéis dicho siempre que hagamos”. Y, sin embargo, “ahora nos decís que no, que mejor que nos relajemos un poquito, que nos vistamos de gris”.
Álvarez Benítez reflexiona sobre los cambios recientes en la manera de narrar los vínculos afectivos, especialmente entre mujeres jóvenes. Relata una escena aparentemente menor que, sin embargo, le resulta reveladora. “El otro día me llamó muchísimo la atención que una chica subía una foto con su novio pero no se veía nada en la foto”. La reacción fue inmediata y casi instintiva. “Yo me quedé como, vaya foto más rara la que subes”. Al pensarlo con más distancia, ese gesto le devuelve una imagen más amplia del clima cultural actual, atravesado por una desconfianza creciente hacia ciertas masculinidades. “Hay ahora una esfera generada alrededor de una suerte de fe hacia el cuerpo masculino muy de petro masculinidad de los años cincuenta”. En ese contexto, ocultar el vínculo aparece casi como una estrategia de autoprotección. “Es normal que si tu novio hace esas cosas te dé como cierto reparo”, explica. “Primero voy a conocerlo bien y asegurarme de que no es esta persona”. Antes de nombrar públicamente la relación, prefiere “asegurarme de que no está metido en todo este bucle, en toda esta burbuja”.

Para Marina, este fenómeno no puede separarse de la redistribución del espacio social. “Estamos entrando en esos espacios históricamente masculinizados de manera completa y absoluta”, afirma. La metáfora es directa, “si es una habitación en la que caben diez personas y los diez eran hombres, pues si se tienen que meter cinco mujeres, evidentemente hay cinco hombres que van a tener que salir”. No se trata de un robo, insiste, sino de una ampliación de la competencia.
El análisis se vuelve concreto y personal cuando habla de trabajo y de género. Recuerda cuando la rechazaron “para trabajar de gasolinera y fue como, tampoco aquí. Creo que puedo echar gasolina, ¿no? Pero igual prefieren un hombre”. Más que una anécdota aislada, el rechazo pone de manifiesto hasta qué punto los imaginarios de género siguen operando en lo cotidiano, delimitando qué cuerpos parecen legítimos y en qué espacios laborales.
Marina Álvarez Benítez amplía el foco hacia lo macro. “Ese malestar, ese pesimismo, al final es caja”. El autocuidado convertido en producto. “Que te compres la mascarilla de skincare, que te compres un termo Stanley gigante, que te vayas a dar un paseo tú sola mientras escuchas música”. Todo responde a la misma lógica. “Evidentemente es un producto consumista absoluto”.
Un hecho que conecta con la realidad algorítmica que habitamos y que fomenta la soledad. “Generamos más beneficios solteros, de forma individual, que en comunidad”. La comunidad, en cambio, reduce la dependencia del mercado. “Si estamos en comunidad necesitamos menos cosas, porque hay muchas cosas que proporciona la comunidad y no las tienen que proporcionar las empresas”.
En ese contexto reaparecen modelos femeninos tradicionales que conviven, de forma paradójica, con discursos de empoderamiento. Marina se resiste a leer este retorno en clave moral o simplista. “Habrá mujeres que realmente tengan una orientación política cercana a eso y otras muchas que no han tenido la oportunidad”, señala, subrayando que no todas las elecciones se producen en igualdad de condiciones.
Insiste en que el capitalismo ofrece libertad solo en apariencia, pues propone opciones, pero siempre dentro de un marco previamente delimitado. Volver a modelos tradicionales es el resultado de un sistema que restringe las alternativas vitales y convierte la seguridad económica y afectiva en un bien escaso.
En sus reflexiones, Barbie es una herramienta de pensamiento. Nada es banal. Barbie, para Marina, no es un icono feminista en sentido clásico, sino una figura que permite imaginar formas de existencia que no encajan del todo en los guiones normativos, cuerpos que exageran, deseos que no se ordenan o vidas que no responden a una trayectoria recta ni productiva.
La entrevista con Marina Álvarez Benitez se realizó poco antes de su participación en la duodécima sesión de “Sagita Magma. Seminario-Dopamina”, titulada ¿Acaso ahora da vergüenza tener novio? Política contemporánea del heteropesimismo y deriva místico-creadora celebrada el 11 de diciembre en el salón de Actos de Facultad de Educación y Humanidades (UCLM), en la que participó junto con Elisabeth Duval. Este ciclo está coordinado por Ignacio Escutia, Andrés M. García Romero, Laura Budia Piña y la propia Marina Álvarez Benitez, y se desarrolla con la colaboración de la Facultad de Bellas Artes, la Facultad de Comunicación y la Facultad de Educación y Humanidades.
Textos y fotos de José An. Montero. Vídeo de Edgar Atheling Rodriguez.
