Gloria Merino, algo les pasa a los recuerdos

Por José An. Montero

La exposición retrospectiva de Gloria Merino, que se puede visitar en el Museo de La Merced de Ciudad Real hasta el 20 de mayo, muestra la conexión de la artista con la tierra a la que llegó en la infancia, bajo el título “La exaltación sublime de La Mancha”. Nacida en Jaén en 1930, su mirada recorre un siglo de transformaciones vertiginosas, de la extinción de una manera milenaria de entender el mundo. 

Gloria Merino llegó a Malagón cuando era niña. Más tarde, se trasladó a Madrid para estudiar, y de ahí comenzó a recorrer el mundo tanto como pintora como soprano, destacándose en ambas disciplinas. Es una artista excepcional. La Mancha representa su infancia, su vínculo con sus raíces, su memoria y su gente. Son los paisajes amplios y abiertos de su niñez, donde la vida aún parece ofrecer infinitas posibilidades, como mundos diversos hay al final del horizonte. 

Manos nudosas y callosas. Enormes como el esfuerzo diario de ganarse el pan. Mujeres de lutos eternos. Miserias y soledades que conviven con la ilusión de un niño comiéndose una rosquilla recién hecha. Retratos de gentes que habitaron un mundo que se desvaneció en unas pocas décadas. La pintura de Gloria Merino es el testimonio de alguien que, conociendo a fondo esa realidad, logra captar pequeños cambios cuando lo mira desde la distancia. 

Paisajes manchegos, cielos inmensos, tierras abrasadas, molinos de vientos, calles inmisericordes, atardeceres infinitos, caserones manchegos. Todo parece permanecer exactamente igual. Eternidades manchegas que han quedado congeladas en la obra de Merino. En el interior de una habitación se ve por una ventana estas eternidades. Dentro, una joven novia se transforma en una anciana en lo que dura un parpadeo. A sus pies una niña juega, iniciando de nuevo el ciclo de la vida.

La pincelada de Gloria Merino va más allá de lo meramente visual; es un acto de revelación, un intento de atrapar lo efímero y convertirlo en eterno. En sus cuadros no solo hay paisajes, sino también la memoria flotando en el aire. Los colores vibran, la tierra palpita y el horizonte se abre bajo un cielo inmenso. Es la visión de un lugar tan antiguo como la propia pintura, pero al mismo tiempo fresco y contemporáneo, cargado de energía y luz.

A través de una técnica depurada, Merino fusiona lo observado con lo sentido, uniendo la mirada particular de un momento concreto con los arquetipos universales que trascienden el tiempo. Así, convierte lo individual en colectivo y lo efímero en eterno, como ese hombre en un cuadro al fondo de la sala que come una sandía, condensando el frescor y la calidez de cada tarde manchega de verano. O como esa mano callosa que toma un tomate de un cesto, liberando los olores que despiertan nuestros recuerdos más profundos.

Es una mirada retrospectiva de la vida manchega, donde la belleza de la tierra, del cielo y de las miradas se entrelazan para formar una memoria que perdura.

N. del A. El título remite a un verso del poema ‘Esta vejez’ de Félix Grande, poeta manchego, nacido fuera de La Mancha. “Algo les pasa a los recuerdos. Aquellos / animalitos resurrectos, roedores / medrosos y altaneros, agazapados / en su fragilidad irresistible, / ahora miran sin ver, chillan sin voz, / se desesperan lejos, cerca, se caen / de la corona del silencio. Y suplican: / Lo saben todo. Lo recuerdan todo / …y su hambre de durar los desvanece:/ y ahí cantan, gimen, maldicen, se transforman / en insectos exuberantes. / Algo irresuelto les ocurre.”

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