Gallo Rojo, cuando nos borra el viento

Por José An. Montero

Una pared de adobe sobre la que se proyectan los recuerdos que no puedes permitirte que se deshagan. Una casa vacía donde habitó la infancia a la falda de su abuela. El largometraje ‘Gallo Rojo’, recién estrenado en cines, se sitúa geográficamente en un punto muy concreto, Castromembibre, una localidad de Valladolid con cincuenta y un habitantes censados en 2023.

Este film, dirigido por Enrique García-Vázquez, dibuja el drama de la población más joven, que aún deseando construir su futuro cerca de sus raíces, no encuentran la tierra en la que hacer germinar sus planes profesionales y personales. Dos visiones que dialogan y se complementan. La de Ana, interpretada por Pino de Pablos, que desea construir su vida profesional en el pueblo de su abuela Azucena, y la de Lucía (Lucía Lobato) que necesita marchar para desarrollar su propia identidad personal, para ser quién “no se podía o no se atrevía a ser”.

Un reencuentro que crea un universo cerrado ideal en el que Lucía coge de la mano a Ana para redescubrir el mundo de su infancia. Cada personaje parece poner en riesgo esta relación, sea éste un caminante de paso (Miguel Sánchez González), un encuentro fortuito en las fiestas (Sofía de la Iglesia) o una visitante curiosa (Ana Garcés). Los personajes conviven con estas y otras tensiones sin resolver, que el espectador atisba en conversaciones que parecen casi intrascendentes e improvisadas. Enrique García-Vázquez no busca la historia lineal, ni resolver las tramas, deja fluir la vida entre momentos y encuentros, entre conversaciones y silencios. 

‘Gallo Rojo’ es un retrato de un verano, quizá un último verano, en el hay que escoger entre sólo una de las puertas que siempre están abiertas en Castromembibre antes de que se cierren. Lo que se presiente como un último verano en el que se trata de agarrar los restos de la infancia rotos en mil pedazos por el tiempo. Ana y Lucía graban estos momentos felices como si fueran a convertirse en fantasmas de sí mismas. 

‘Gallo Rojo’ es una película dentro de otra película, que a su vez está dentro de otra.  La ficción y el documental se entrelazan constante y fluidamente. El pueblo es un pueblo, pero también es la infancia, los ausentes, el paso del tiempo. Ana y Lucía son dos personajes distintos, pero también son la misma persona que se ve reflejada en un espejo. García-Vázquez construye un relato de múltiples capas y texturas, jugando con el formato de cámaras, y con la combinación de actores profesionales y personas reales, difuminando las diferencias.   

Caminando entre la ficción y el documental, entre el presente y la nostalgia, entre “el siempre estás esperando que pase algo” y ese “algo que nunca pasa”. ‘Gallo Rojo’ transita perfectamente entre la conversación intrascendente y la frase sentenciosa, que hace que toda la sopa esté sabrosa.  

La visión del espectador y la de Lucía, que a través de sus propias grabaciones,  evocan a la infancia, al igual que el olor de ese chal que sale del viejo armario. Olores, paisajes y sonidos. El milagro de la magdalena de Proust convertida en paisaje de dorados infinitos del verano de Tierra de Campos, olores a ropa lavada hace décadas, del pan o de la sandía, y sonidos grabados en la memoria colectiva.

Porque la música es otro de los pilares fundamentales, desde la clásica ‘Levántate Morenita’ de Candeal, a los sonidos ancestrales-electrónicos de Neønymus, incluyendo las panaderas de El Naán o ‘De Mayorga a Tiedra’ de Nacho Prada (El Nido), pero también las músicas de la verbena, la canción que regala el caminante Miguel Sánchez González o la versión de ‘Gallo Rojo’ de Chicho Sánchez Ferlosio, maravillosa reinterpretación simbólica, que cantan en la mesa de la cocina Ana y Lucía. Colores, olores y sonidos. Apetecible como una buena rodaja de sandía en verano y tan amarga como la fruta prohibida que nunca se probó. 

‘Gallo Rojo’, de Enrique García-Vázquez, se estrenó en salas comerciales el 20 de diciembre de 2024.

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