
Sagita Magma aún tenía reservadas sorpresas hasta el final y, para la sesión 12, tenía preparada una cita especialmente significativa. La pensadora y escritora Elisabeth Duval, voz referencial del magma contemporáneo que habitamos, participó junto con Marina Álvarez Benitez en una sesión bajo el título “¿Acaso ahora da vergüenza tener novio? Política contemporánea del heteropesimismo y deriva místico-creadora” en la Facultad de CC. de la Educación y Humanidades de Cuenca.
Si hasta ese momento la mayoría de participantes procedían del ámbito universitario, en esta ocasión Sagita Magma abrió las ventanas de la academia a lo que sucede fuera de ella, atendiendo a lo que acontece más allá de sus campus, difuminando así otra frontera más. “La filosofía no solo se encuentra en ensayos o en papers, sino en otros formatos como la poesía o la novela. Cuando me propusieron participar en Sagita Magma, para mí fue una propuesta muy placentera para intentar hacer que esas fronteras que en ocasiones parecen muy estrictas sean un poco más porosas”, señala Duval.
La universidad no es un mundo ajeno la pensadora, formada en Filosofía en la Université Paris 1 Panthéon-Sorbonne, su pensamiento se nutre directamente de las corrientes centrales del pensamiento francés de los últimos cincuenta años. Como ella misma señala, “uno de los temas que más me interesaba tenía que ver precisamente con la negociación de las fronteras entre el discurso literario y el discurso filosófico (…), porque muchas veces esa negociación discursiva de lo que es un discurso y lo que es otro no está tan clara”.
“Delimitar, por ejemplo, si una lee El Anti-Edipo o Mil mesetas, qué pertenece a un discurso estrictamente literario y qué pertenece a un discurso estrictamente filosófico es una cuestión muy complicada”, añade Elisabeth Duval, especialmente al examinar autores que transitan entre el ensayo, la novela y otros formatos. Esa dificultad reaparece, explica, cuando “Derrida escribe El derecho a la filosofía: es muy complicado decir qué es lo que está aconteciendo en ese momento. Para mí hay algo que tiene que ver con el lugar de la palabra, con el poder de las palabras, con la atención a los discursos”. No hay nada fuera del texto, que diría Derrida, o del contexto como apuntaría más tarde.

Elisabeth Duval explica que siempre se ha considerado “una persona relativamente poco divulgativa, en el sentido de que me cuesta mucho esa síntesis que haría de un concepto algo simple de transmitir de forma inmediatamente clara”. Consciente de que el peligro también está en la excesiva simplificación, advierte que “una cosa es cuando lo lees, lo analizas, lo piensas y otra cosa es cuando se queda en un titular de TikTok. Hay mucha diferencia”. Una simplificación que, señala, implica el riesgo de “pasarse de frenada y que el discurso se quede básicamente en un resumen de dos palabras”.
Una solución rápida y directa, a golpe de clic, de la que trata de escapar. “Me parece que algo muy interesante es todo lo que tiene que ver con la complejidad, los debates que apelan a ella, el hecho de encontrar aristas que quizá no estarías encontrando”, explica Elisabeth Duval. “La labor de la filosofía no es solamente plantear debates o dar respuesta a esos debates, sino intentar rondarlos, rumiar un poco, hallar todos los puntos incómodos o de fricción que los atraviesan”. Una tarea que, subraya, exige “un esfuerzo de atención sostenida que yo creo que cada vez es más difícil de ofrecer, porque la atención está más dispersa”.
Ese deterioro de la atención tiene, a su juicio, consecuencias más amplias. “Tengo la sospecha de que con el tiempo vamos pensando peor, o pensando menos, o utilizando más muletas para el pensamiento, como el uso de inteligencia artificial cuando reemplaza procesos cognitivos en lugar de ayudarnos a pensar. No son buenos tiempos para el pensamiento complejo”, explica.
Retomando el sugerente título de la sesión de hoy de Sagita Magma “¿Acaso ahora da vergüenza tener novio? Política contemporánea del heteropesimismo y deriva místico-creadora”. Centramos la conversación sobre estos temas, Duval señala que “cuando se ha definido teóricamente en los últimos años, el heteropesimismo tiene más que ver con una cuestión atmosférica, con un clima afectivo, que con una crítica estructural o política como la que elaboraban algunos feminismos de los años setenta u ochenta”. En aquel momento, recuerda, “había una preocupación por la estructura de lo sexual, la heteronormatividad, la matriz heterosexual”. Frente a ello, sostiene que “en el heteropesimismo hay más bien una tristeza, una decepción en relación con las dinámicas de la heterosexualidad, pero sin una vocación de cambiarlas”.

Elisabeth Duval cita a Åsa Seresin cuando define el heteropesimismo como “una desafiliación performativa de la heterosexualidad, usualmente expresada como arrepentimiento, vergüenza o desesperanza frente a la experiencia heterosexual”. En una línea de pensamiento próxima, Duval apunta a los riesgos de esa formulación y advierte que “hay una esencialización: las mujeres somos esto y los hombres son aquello, y los hombres están condenados a ser esa figura del mal novio”.
Según Duval, para Seresin, que esa desafiliación sea performativa no implica que no sea sincera, sino que “rara vez va acompañada de que realmente haya un abandono de la heterosexualidad”, como escribió al analizar este fenómeno. “Sin haber desaparecido la primacía absoluta de la heterosexualidad en la sociedad en la que estamos, parece que la heterosexualidad dé vergüenza”, apostilla Duval.
En esa lógica, Elisabeth Duval subraya que “en esa estructura heteropesimista no hay una salida del sistema. La mujer sigue estando definida en relación con el hombre y el hombre en relación con la mujer”. Una crítica que enlaza con una reflexión más amplia sobre los afectos y sus consecuencias políticas. En ese sentido, como advertía Camille Froidevaux-Metterie, “la vergüenza se convierte para las mujeres en una verdadera forma de estar en el mundo, que abona el terreno para la violencia conyugal y los feminicidios”.
Elisabeth Duval amplía el diagnóstico y sostiene que “el momento no es solo heteropesimista, es pesimista en general. Hay un bucle retórico sobre la incapacidad de transformación”. En ese marco, recurre al concepto de “optimismo cruel”, que define como “un apego a algo que genera dolor, pero del que no podemos desprendernos”. Una lógica que, indica, no se limita al ámbito afectivo: “eso pasa con movimientos políticos, con expectativas revolucionarias frustradas. Y también con el heteropesimismo: gente aferrándose a una relación social que no les da lo que querrían”.
En la conversación surge inevitablemente el último trabajo de Rosalía. Para Elisabeth Duval, “Lux puede leerse como un álbum de ruptura, donde la decepción con la masculinidad lleva a Rosalía a una búsqueda de lo divino, en concreto a través de una mística creadora”. Una lectura que abre una pregunta más amplia sobre sus consecuencias políticas y afectivas. “Cuando se dice ‘he perdido la fe en la masculinidad’, la pregunta es qué sucede después de perder esa fe. Si hay una vocación transformadora o si simplemente se queda en considerar que esto está mal”.
Otra parada imprescindible en la conversación con Duval es su paso por la primera línea de la política, que abandonó tras comprobar las limitaciones de la política institucional y partidista. Duval lo formula de manera directa y sin subterfugios: “es muy complicado que haya sitio en la política para personas que no sean gregarias”. A su juicio, esto no responde tanto a una cuestión individual como a una lógica estructural, porque “cualquier conjunto, cualquier grupo, tiende a recompensar en nombre de la unidad, una unidad que se construye porque necesita un otro para definirse, necesita un enemigo claro, necesita algo contra lo que gobernar”. Esa dinámica, explica, “establece las solidaridades dentro de cualquier grupo y también marca las fronteras”, lo que hace que “intentar conservar una ausencia de gregarismo y al mismo tiempo un pensamiento crítico sea una tarea muy complicada”.
Duval traslada la reflexión a la izquierda y a su relación con el pesimismo contemporáneo. “El problema de la izquierda es que se ha ocupado (…) demasiado del pasado y poco de lo que tiene que ver con el presente”, comenta, y añade que “se ha fantaseado mucho con la incapacidad de imaginar un futuro, como si eso fuera lo más importante, y se ha atendido poco a lo que sucede en el presente”. Frente a la idea de que el optimismo ha quedado monopolizado por la extrema derecha, Duval afirma que “hay todo un rastro de semillas de esperanza en el mundo”, visibles en protestas, movimientos y proyectos que reaparecen con mensajes “muy simples y muy optimistas, centrados en la vida material de la mayoría. No se trata solo de si la izquierda puede permitirse recuperar un horizonte transformador, sino de que tiene que hacerlo”.
La entrevista con Elisabeth Duval se realizó poco antes de su participación en la duodécima sesión de “Sagita Magma. Seminario-Dopamina”, titulada ¿Acaso ahora da vergüenza tener novio? Política contemporánea del heteropesimismo y deriva místico-creadora celebrada el 11 de diciembre en el salón de Actos de Facultad de Educación y Humanidades (UCLM), en la que participó junto con Marina Álvarez Benitez. Este ciclo está coordinado por Ignacio Escutia, Andrés M. García Romero, Laura Budia Piña y la propia Marina Álvarez Benitez, y se desarrolla con la colaboración de la Facultad de Bellas Artes, la Facultad de Comunicación y la Facultad de Educación y Humanidades.
