
El grupo palentino llenó dos noches consecutivas el Teatro Principal de Palencia con la presentación de Versos del Páramo Negro, disco nacido del espectáculo La desaparición de las luciérnagas.
Quijadas, bramaderas y panderos cuadrados ocuparon el escenario del decimonónico Teatro Principal de Palencia, al que acudió la tribu de El Naán porque, como dijo Carlos Herrero, «el teatro hoy es nuestro». El pueblo, la tribu, subió a las tablas para celebrar la obra de un grupo clave para entender las nuevas miradas a la tradición. En estos tiempos de «MayDay» de los que habla Héctor Castrillejo, pocas reivindicaciones resultan tan poderosas como la que propone El Naán desde el escenario: la de unas canciones capaces de seguir reuniendo a la gente alrededor de este fuego imaginario. Una apuesta que se sitúa muy lejos de otras visiones de lo rural y lo tradicional, tan de moda ahora en forma de «casitas» pobladas de influencers.
La imponente figura del poeta y actor Ahmed Bilal en el centro del escenario, recitando los versos de Tamim Al-Barghouti en su lengua de dunas y oasis, que Castrillejo iba trenzando con los Versos del Páramo Negro: «La noche está enferma…». Trenzando canciones, poemas, culturas y lenguas. Esa es la propuesta de El Naán. Propia, única, vital. «La noche está enferma, y si enferma la noche, enfermamos todas con ella: hombres, mujeres y bestias, la miel y la escarcha, los rinocerontes y las madreselvas..

Una noche también para el recuerdos. Al Cabrero, o quizá a los Cabreros: a Miguel Hernández, el cabrero poeta, pero también a José Domínguez Muñoz, «El Cabrero», el cantaor que hizo del rebaño y de la denuncia social una forma de estar en el mundo y que falleció recientemente. Hubo también un recuerdo para Chema Puente, maestro rabelista igualmente desaparecido hace apenas unos meses, que estará ahora, dijo Carlos Herrero, junto a Agapito Marazuela y tantos otros músicos «montando una juerga de miedo».

La noche tuvo también espacio para los pastores, «los últimos indígenas de la península», capaces todavía de «descifrar las nubes y los vientos». Y para los agricultores de Castilla. «Esto va para los agricultores de los que hablaba Delibes», gritó Herrero, «los que levantaban el cielo de Castilla». Y para las maestras y maestros de la escuela pública que siguen enseñando canciones tradicionales a sus niños.
Estirpe de pastores y de músicos ambulantes. Alejados del cielo negro del páramo y trasladados a un escenario como este, la música trashumante alcanza otra dimensión. Cada golpe de pandero, cada roce del rabel, cada vibración de la quijada y cada sílaba adquieren una presencia física inusual, una corporalidad que el aire libre dispersa y las cuatro paredes concentran. Quizá por eso este formato conecta de manera tan natural con la tradición de la que proceden: la de quienes recorrían caminos llevando romances, noticias, canciones y cuentos de un lugar a otro; la de los pastores que aprendían tonadas en las cañadas y la de los músicos ambulantes que hacían de cada plaza un escenario.

Los Versos del Páramo Negro laten, están vivos, porque responden a las necesidades de quienes en el siglo veintiuno beben de las fuentes antiguas precisamente para mirar al futuro. Palabras radicalmente contemporáneas que hablan de Palestina, de Ucrania, de Líbano, de las muertes en el Mediterráneo, de la prioridad universal, pues como dijo Castrillejo, «todo lo demás son estafas. Porque vamos en el mismo barco, y si vemos a nuestros vecinos ahogarse, nos estamos ahogando».
Esa misma universalidad late en el mestizaje que atraviesa toda la propuesta. «La pureza no existe, porque la pureza más pura… ¡es una mezcla olvidada!», proclamó Castrillejo. Y luego, tras enseñar al público una palabra en árabe: «¿Habéis visto qué espontaneidad? ¡Esto es el Al-Ándalus del norte!». El poeta Ahmed Bilal, llegado de Larache, aportó la dimensión árabe y andalusí de una propuesta que reivindica el mestizaje como una de las raíces profundas de la cultura ibérica. Junto a ellos también María Alba, Rodrigo J. Ruiz al violín, César Díez al bajo eléctrico, la fuerza escénica de la bailarina Natalie Camolez y la compañía Pez Luna, que dio vida a la Filandorra de Riofrío de Aliste, uno de los personajes más emblemáticos de la mascarada de Los Carochos. Entre todos hilaron una noche memorable.
El tiempo acaba poniendo las cosas en su sitio y a las canciones en el lugar que merecen. Han pasado más de doce años desde aquel vídeo en el que dos jóvenes tocaban unas Panaderas en un desván. En estos doce años han pasado muchas cosas y han sonado muchas canciones, pero algunas de las de El Naán han pasado a formar parte de la memoria colectiva como si siempre hubieran estado ahí, como si las hubiera recogido Agapito Marazuela o las hubiera versificado el mismísimo Omar Khayyam. Como dijo el poeta de los Proverbios y Cantares: «lo que se pierde de nombre, se gana en eternidad».

Y ahí estaba la tribu, llenando durante dos días consecutivos el Teatro Principal de Palencia. Las Panaderas de Pan Duro cerraron el concierto como solo podían hacerlo: a la manera original, con las voces de María Alba y Carlos Herrero solos sobre el escenario, golpeando una mesa de madera con las palmas abiertas y los puños cerrados, antes de regresar todos al escenario y salir por la puerta del patio de butacas, tal como lo hace la gente del pueblo. La llama, intacta, aunque los planetas sigan destrenzados.
Crónica del concierto de presentación de Versos del Páramo Negro, quinto álbum de estudio de El Naán, celebrado en el Teatro Principal de Palencia el 4 de junio de 2026. Carlos Herrero (voz e instrumentación tradicional), Héctor Castrillejo (poesía y rapsodia) y Adal Pumarabín (percusión). Artistas invitados: María Alba (voz), Ahmed Bilal (poesía y recitado en árabe), Rodrigo J. Ruiz (violín), César Díez (bajo eléctrico), Natalie Camolez (danza) y la compañía Pez Luna, con las Filandorras.
Texto y fotos: José An. Montero para La Circular
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