
Capítulo uno. Él odiaba Benidorm. La despreciaba sin medida… No, no, eso no está bien. Exageradamente… tanto, que siempre regresaba. Como si imitara a Woody Allen tratando de describir Nueva York al comienzo de la mítica Manhattan, pero con chanclas y crema solar. Benidorm es como esa canción que juramos odiar… pero acabamos tarareando en cuanto nos quedamos solos. Como dice Carl Wilson: “Las canciones que más odiamos son, a menudo, las que más profundamente se instalan en nuestra cabeza”. Lo mismo pasa con Benidorm: su exceso, su brillo kitsch, su masividad, son motivos de desprecio… y también de regreso constante.
A veces despreciamos lo que, en secreto, disfrutamos, porque sentimos que no encaja con la imagen que queremos proyectar de nosotros mismos, dice Wilson en Música de mierda. Decir que odias cierto tipo de música suele ser una manera de diferenciarte, de marcar tu lugar en la jerarquía del gusto, continúa Carl Wilson. Benidorm es esa canción que juramos odiar… pero que acabamos tarareando a lo largo del día. Sobre ella se ha dicho prácticamente de todo: desde “delirio de cemento” hasta “apocalipsis de tumbonas”. Y, sin embargo, vuelve a llenarse cada verano como si el juicio cultural se suspendiera a pie de sombrilla.

Sin embargo, pocas caras de felicidad como las de los turistas recién llegados, entrando por primera vez al buffet libre de su hotel. Es una democratización radical del ocio: ese espacio, del que hablaba Luis Díaz García en El Salto, donde las jerarquías del gusto se difuminan. Karaoke, playa y buffet. Sin disfraces. Sin aspirar a ser otra cosa. Sin filtro, sin culpa y sin ansiedad cultural. No hay código escrito de vestimenta. Todo vale. No hay frontera entre lo culto y lo vulgar. Es la zona cero de la máxima capacidad de la cultura popular para ser compartida y resignificada, en términos de John Fiske.
En el mismo vértice del huracán de tránsitos humanos de Benidorm se encuentra el Museo Boca del Calvari. Qué poético nombre. Tras su puerta se halla el único lugar tranquilo y solitario de esta urbe que, sin metáforas, nunca duerme. En su sótano, casi en soledad, se refugiaban hasta finales de junio una colección de 83 grabados de Goya, centrados en la figura femenina: una sombra persistente en la obra del pintor. Al interior llegan los rumores de la ajetreada calle. Desde sus ventanas se ven los cientos de personas que transitan de un lado para otro. Los “guiris” que llenan las terrazas a cualquier hora del día. No hay Goya que se resista a la llamada del exterior. El debate entre apocalípticos e integrados en Benidorm se resuelve por goleada.
La “redención espiritual” es ser un turista sin disfraces entre otros turistas. Aquí no hay que justificarse. Es una barra libre sin imposturas. Honestamente kitsch. Incluso más honesta que mucha performance de arte contemporáneo que critica la cultura anquilosada desde dentro de un museo. Aquí, al menos, el hedonismo y la vanidad se muestran sin coartada, como si el simple deseo de placer bastara para justificar el lugar.
Hace apenas unos meses, la CNN hablaba de Benidorm como ese paisaje completamente único cuya verticalidad responde tanto a la eficiencia como a la estética del exceso sin culpa. Benidorm es el lugar donde los cuerpos respiran sin vergüenza. Sin necesidad de teorías ni de reivindicaciones. Sin juicios. Es el paraíso de la liberación con tobogán piscinero incluido. El paraíso práctico de la modernidad líquida de Bauman.
Benidorm no tiene conflictos de apropiacionismo del espacio público por masas de turistas, ni tampoco de turismofobia o de gentrificación de la vivienda. Simplemente, aquí hace décadas que dejó de concebirse el concepto de autóctono. O eres turista o comes del turismo. Es Benidorm.Paradójicamente, este paraíso de lo pop comienza a ser reivindicado desde el pensamiento. Escritores, urbanistas o cineastas vuelven la vista a este laboratorio de la mezcla, del exceso y del acceso. Benidorm no ha cambiado. Lo que ha cambiado es nuestra mirada. La vergüenza cultural parece diluirse, y hoy puedes decir que veraneas allí sin tener que justificarlo con una tesis. Benidorm representa ese orgullo popular post-vergüenza, donde somos libres de disfrutar cantando a gritos la canción que decimos detestar durante el resto del año. Che confusione, sarà perché ti amo.