
No se trata solo de ver, sino de aprender a mirar. Durante estos días hemos contado con la visita en la residencia de José Fajardo, caminante atento y conocedor de los usos tradicionales de las plantas. Caminar junto a él es una invitación a la mirada cercana, a detenernos y observar con calma nuestro entorno para encontrar significado en la Naturaleza que nos rodea. De su mano, Tragacete se desplegaba como un archivo vivo: plantas, flores, raíces, historias. Caminamos por las huertas, las jardineras de los vecinos, los márgenes del pueblo. José iba nombrando: sinapis, melissa, rumex, cardo de cardar, lúpulo, tanacetum balsamita, bardana, romaniza, álamo, mastranzo, menta, berro, gordolobo, avellano. Algunas las reconocíamos, otras las escuchábamos por primera vez. Lo cotidiano tomaba otro color, otro olor, otra textura [Ivette Veles].

Nos detenemos con Anastasia y su marido, que nos cuentan cómo ha cambiado el pueblo, y cómo algunas plantas siguen siendo testigos del paso del tiempo. Más adelante, Guadalupe y Juli comparten con nosotras recuerdos de los tiempos de escasez, cuando cultivar patatas y judías no era solo una rutina, sino un gesto de supervivencia colectiva [Ivette Veles].
La caminata es un paseo por la sabiduría popular adaptada al medio. Aprendemos sobre los usos medicinales, gastronómicos y lúdicos de muchas especies. La uvilla del diablo y la rubia tinctorum; el mimbre que aún no es cesto. Las amapolas que se convierten en obispo o bailarina en manos de quien sabe mirar. «El obispo… la bailarina», dijo José mientras desplegaba los pétalos entre los dedos [Gloria Nieto].
Durante el paseo, Ivette recolecta hojas que más tarde prensará para seguir con sus pruebas de clorotipia. El sol no acompaña esa tarde, pero la observación detenida del entorno sigue guiando su trabajo, ajustando el proceso a la humedad, a la sombra, al ritmo propio del lugar [Ivette Veles].

Al regresar, llevamos en la mochila más que plantas: otras formas de mirar. Como si el paisaje se hubiera abierto para mostrarnos los saberes que guarda.
Recorrer las calles y caminos de Tragacete con José Fajardo fue abrir una capa más del paisaje. A cada paso, aparecían saberes que suelen pasar desapercibidos. La caminata fue también una forma de conversación: entre plantas, entre personas, entre tiempos. Flores que de niñas se transformaban en figuras —una obispo, otra bailarina— con solo un giro en los dedos [Gloria Nieto]. Hierbas que ahora se pisan, pero que antes sanaban o alimentaban.

Lo que parecía decorativo o banal reveló su historia: la rubia tinctorum, que vino con los fenicios y sirvió para teñir tejidos cálidos; la uvilla del diablo, venenosa, que crece entre otras plantas comestibles. El paseo fue una manera de aprender a mirar, a escuchar, a conectar lo cotidiano con una memoria transmitida de boca en boca. “Un viaje local a un mundo de conocimiento tradicional”, como dijo Gloria, y que se fue desplegando entre los márgenes del pueblo.
Textos: Ivette Veles, Gloria Nieto, María Brito, Laura Martínez Oviedo / Fotos: María Brito
