Andreas Prittwitz, el sustituto

Por José An. Montero

Wave in Tempo. 6 de agosto de 2020. Noches en los Jardines del Real Alcázar de Sevilla. Miriam Hontana (violín barroco), Ismael Campanero (violone) y Andreas Prittwitz (saxo alto, clarinete, flautas)

Asistimos a los conciertos de música clásica con la devoción y el hastío del que va a una ceremonia donde casi todo está previsto de antemano, escrito en un libro inmutable y en las que debemos limitarnos al espacio reservado para los aplausos para mostrar o no nuestra conformidad. Reproducimos un ritual del que hemos alejado cualquier otro elemento que no sea el disfrute silencioso casi místico en el que debemos estar atentos a responder en el momento adecuado en la forma adecuada. 

A veces se agradece que las partituras se caigan, la tablet se reinicie, que alguien se duerma y ronque, que un intérprete tropiece o que el director de orquesta sea poseído por un espíritu juguetón y confunda a la orquesta con sus instrucciones. O como ocurrió anoche en el concierto de Wave in Tempo en las Noches en los Jardines del Real Alcázar de Sevilla, que un flautista sustituya a un violonchello barroco en un trío de cuerda, que el día de más calor se levante el viento y disperse las partituras por el escenario, que una bandada de patos quiera intervenir en la composición con sus graznidos o que el vigilante de que todo el mundo lleve la mascarilla y no haga fotos esté más entretenido disfrutando del concierto molestando constantemente por el patio de butacas lanzando amonestaciones como si fuera un colegio. 

Qué maravilla fue ver volar la partitura de Marizápalos y Españoletas por los jardines de este palacio real, Miriam Hontana levantándose violín en ristre persiguiéndolas, Andreas Prittwitz tratar de pisarlas para que no sigan volando mientras improvisa con su flauta sobre la base de bajos del violone de Ismael Campanero. Ver como la música clásica rompe su corsé y se libera, cómo vuela libre y el músico trata de bailar con ella, sentirla y no meramente interpretarla. 

No puede haber momento más ilustrativo que este para comprender la manera de entender la música clásica de saxofonista Andreas Prittwitz, que acudió como sustituto del violencellista Alejandro Saúl Martínez, en una pirueta genial para los afortunados que completaron el cincuenta por ciento del aforo permitido en los jardines del Real Alcázar de Sevilla, junto al cenador de Carlos I y con el naranjo centenario de Pedro I como testigo. 

Ni el calor, ni los mosquitos, ni la cansina charla de algunos, ni la tozudez que tuvieron que ser devueltos a los corrales por los tres avisos con la mascarilla, ni sobre, todo la rigidez con la que acudimos a los conciertos de música clásica, pudieron con esta maravillosa propuesta del trío Wave in Tempo en el que se atreven a desacralizar la música clásica con algunas líneas de improvisación. 

Un recorrido por la música de la península ibérica de los últimos quinientos años desde unas folías del siglo XV hastas el Capricho Vasco de Pablo Sarasate, ya en el siglo XIX, que a pesar de estar compuesto por música culta está influida e influye en la música popular, sin que, en muchas ocasiones, sepamos qué fue antes, si el huevo o el gazpacho. Para finalizar, una versión instrumental casi jazzística de “El Vito”, en los que la joven Miriam Hontana murió de vergüenza cantando la coplilla “Yo no quiero que me mires/que me pongo colorá…”. Nunca se cantó con tan poca voz, pero con tanta gracia y tanta verdad.

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