Ana Alcaide, el vínculo invisible con el tiempo y el espacio

Por José An. Montero & Paloma Huerta

Hasta este ‘Ritual’, en el que viaja musicalmente a Persia, habían pasado ya seis años desde su trabajo ‘Leyenda’ (2016) y diez años del mítico ‘La cantiga del fuego’ (2012). 

Un café mirando cómo amanece sobre Toledo, como se disipan las sombras y nace un nuevo día en esta ciudad que, como si fuera una cebolla, suma capas y capas de historia que comparten una misma esencia. Hasta esta ventana llegan los aromas de otras tierras y de otros tiempos, de lenguas antiguas y también de idiomas que nunca se hablaron. 

Así comienza el día de Ana Alcaide, que se ha convertido en alondra con el tiempo, “yo antes era un ser nocturno, pero la vida me ha ido reubicando y ahora, con tres hijos, es el momento del día donde todo aún conserva la magia y no tienes las cargas del entorno. Es el momento de pensar con esa chispa distinta que da la frescura del amanecer. Todo es posible”. Una creadora que trabaja “con ese vínculo invisible que está dentro de cada uno y que nos conecta con las músicas de raíz y a través de ellas con la tierra. En la música antigua tradicional hay algo muy intuitivo, algo que te hace realmente saber quién eres y de dónde vienes, algo que sigue vigente, aunque luego cada uno tome el rumbo que quiera tomar”. 

“No he tenido la conciencia del tiempo, pero he estado sumergida en una maternidad muy intensa en la he seguido haciendo conciertos y otras actividades musicales, pero que no se habían materializado en un disco nuevo. En los últimos años ha cambiado mucho el consumo de la música y eso hace que tengas que asumir unos riesgos que antes no estaban ahí, aunque todo tiene su lado positivo y autoproducirse te hace tomar el control de muchos aspectos que antes no estaban en tus manos”. 

Viajera aventura y solitaria, reconoce que “ese es uno de los caballos de batalla con la maternidad que me ancla a un lugar y a unas rutinas, es un terreno que muchas mujeres aún tenemos que conquistar. Para mí, la música es una forma de conocer mundo, de tener experiencias nutritivas en contacto con otras personas, como la gente del teatro donde tengo que trabajar. Es una herramienta de conexión y de emoción que difícilmente se da en otros trabajos o con otras formas de ganarse la vida”. 

Hay quien cuenta, como una leyenda urbana, que se ha encontrado a Ana Alcaide tocando en alguna de sus calles. “Para mí ha sido una escuela, me gusta salir de vez en cuando porque es una especie de respiro que me devuelve a mi lugar de origen. Es casi una práctica espiritual que te exige estar muy concentrada y ajena al ruido exterior. Es como una meditación. Para mi la música es un servicio que ponemos al servicio del mundo, es como un compromiso con lo que la vida te ha regalado. Si no lo hiciera de vez en cuando es como si estuviera cumpliendo con él. Así que, si algún fin de semana no tengo concierto, me gusta salir un rato y tocar”.

Ana Alcaide dejó una huella indeleble en el imaginario colectivo con sus versiones de música sefardí en su segundo y tercer disco, algo que rompe en el cuarto disco en el que grabó con discos de la isla de Java en un proyecto “bastante extravagante que reconozco que debió descolocar a muchos”, después en ‘Leyenda’ se inspiró la fuerza de lo femenino a través historias de mujeres ancentrales. En su nuevo trabajo ‘Ritual’ fija su mirada en Persia, acompañada del poeta y músico iraní Reza Shayesteh, “este trabajo ha sido para mí como un salvavidas. Me ha ayudado a reconectar con mi faceta de productora tras la intensa maternidad. Era el trabajo que necesitaba hacer. Es como un fruto de un momento de mi vida, es un disco reparador”. 

En los directos, también encontraremos una nueva faceta de Ana Alcaide, “la puesta en escena de ‘Ritual’ es muy potente”, sobre el escenario la acompaña el propio Reza Shayesteh, Kaveh Sarvarian en las percusiones y Bill Coole en el salterio, además de la bailarina Sandra Rico, aunque la la nyckelharpa sigue siendo protagonista, “es un instrumento fascinante que tiene sonido de viola y registro de viola pero que se acciona por teclas a través de un mecanismo más rústico de accionar los sonidos que tiene doce cuerdas simpáticas que hacen que el sonido sea muy envolvente y con muchos armónicos”.  Un instrumento que le ha obligado a ser autodidacta, “me da libertad en todos los sentidos, porque es un camino que recorro en solitario, sin estar influenciada por otros intérpretes en el que debo buscar mis propias respuestas y soluciones”. 

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