Carlos Herrero, el corazón por tambor

A pocos días de la presentación de Versos del páramo negro en Palencia, Carlos Herrero participó en Almonacid del Marquesado dentro del proyecto Trashumancias con un concierto en solitario centrado en la poesía, la tradición oral y los sonidos pastoriles.

Hay músicas que reconocemos sin saber muy bien la razón. Quizá incluso sin haberlas escuchado nunca. Mientras esperamos que los próximos días 3 y 4 de junio El Naán presente su nuevo trabajo Versos del páramo negro en el Teatro Principal, conversamos con Carlos Herrero durante su concierto en solitario en Almonacid del Marquesado, dentro del programa formativo Trashumancias 2.6, iniciativa impulsada por la Cátedra UCLM-Diputación de Cuenca de Oportunidades frente al Reto Demográfico y vinculada al proyecto Aula Albura, financiado por el Ministerio de Cultura.

A pocas semanas de esta puesta de largo, el músico palentino presentó un formato íntimo, centrado en la palabra, el ritmo y la tradición oral. Un pandero cuadrado y los versos de Miguel Hernández sirvieron para abrir el túnel del tiempo. El silbo de la llaga perfecta, poema del autor oriolano que comienza con los versos “Ábreme, amor, la puerta / de la llaga perfecta…” que musicaron dentro del proyecto La Celtibérica. Miguel Hernández ingresó en la cárcel palentina el 23 de septiembre de 1940 y su traslado posterior al penal de Ocaña, a unos cien kilómetros de Almonacid. Ese hilo invisible que une a todo el género humano de una manera u otra.

Del formato casi de big band de La Celtibérica al regreso al formato trío de Versos del páramo negro. “El Naán es un grupo que tiene varios lenguajes, además de la música, la poesía y una puesta en escena bastante cuidada, cercana a lo teatral”, explicaba Herrero. El nuevo trabajo gira precisamente hacia ahí: menos instrumentación, más espacio para la voz, el poema y el silencio. “Hemos buscado un sonido más sencillo para acompañar los poemas”, comenta. Un disco construido con “vasijas, huesos, piedras e instrumentos pequeños” y pensado para escucharse despacio.

Muchas de las piezas remiten directamente al universo poético de Héctor Castrillejo y a esa forma tan particular de trabajar con la tradición oral, las grabaciones de campo y las músicas populares. Hay algo muy físico en las canciones de El Naán: barro, viento, madera, tierra seca. También una mirada muy abierta hacia otros territorios. Herrero estrenó en Almonacid un gimbri, instrumento central de la música gnawa marroquí, adquirido durante la participación del grupo en Rabat dentro del encuentro “Al Andalus: Marruecos, España y Portugal, historia compartida”. “Nuestros instrumentos ibéricos tienen una relación directa con el norte de África”, explica. Dulzainas, panderetas, rabeles o panderos cuadrados aparecen a ambos lados del Mediterráneo con una naturalidad que descoloca bastante las fronteras culturales construidas desde los despachos.

Durante el concierto también sonó “Coplillas de la Hierbabuena”, una de las piezas incluidas en Versos del páramo negro. Según Herrero, “representa bastante la identidad de El Naán” y parte de “una grabación de campo donde una mujer canta una copla muy bonita”. Sobre esa estructura aparece un ritmo irregular en cinco por ocho acompañado por banjo, percusiones africanas y la colaboración de la cantaora Ana Colom.

“Las canciones las vamos haciendo como un guiso”, resume Carlos. Cinco años de cocción lenta donde los versos van creciendo poco a poco sobre el escenario. Ahí aparece también una de las claves del proyecto. El territorio sigue muy presente en sus canciones, aunque lejos de cualquier postal nostálgica. “Seguimos teniendo una mirada hacia el paisaje, hacia el territorio, hacia el paisanaje”, explica Herrero. El Cerrato palentino aparece en muchas de las canciones como un lugar de cielos altos, silencio y oscuridad. Paisajes que parecen pedir otro ritmo para ser escuchados.

En este concierto en solitario también hubo espacio para Omar Khayyam, poeta persa del siglo XI cuyos versos sobre el vino y el paso del tiempo dialogan bastante bien con el imaginario poético del grupo. Y sonó en la recta final “El rey del glifosato”, un “narcocorrido castellano” sobre este polémico producto químico utilizado para eliminar malas hierbas y convertido aquí en protagonista de una crónica agraria contemporánea.

El cierre llegó con “La danza de las semillas”, himno de El Naán y de su manera de entender la tradición como algo vivo y en movimiento: “El corazón por tambor / Y la niebla por bandera / La semilla tierna y frágil / Al crecer, parte la piedra”.

Texto de Milagros Sevilla y José An. Montero con fotos de Irene Rotger Mas.

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