
La noche llegó al parque del Pradillo de Viso del Marqués después de un día muy intenso de Trashumancias que había arrancado más de doce horas antes, cuando echó a andar el “Bus Trashumante” en el que participaban estudiantes universitarios del Campus de Cuenca. Atrás quedaban Fresneda, Mota, conferencias, talleres y encuentros con pastores. Era el momento de bajar el ritmo, dejarse caer sobre la silla y disfrutar relajadamente del concierto de Miguel y Víctor. O al menos esa era la idea. Luego el ritmo tomaría el mando.
El improvisado escenario estaba situado bajo la estatua de Álvaro de Bazán, almirante invicto de la marina española y vencedor de la trascendental Batalla de Lepanto. Al fondo, el impresionante Archivo General de la Marina y Museo Álvaro de Bazán, con más de ocho mil metros de frescos manieristas. Al frente, pastores, estudiantes y músicos. Gentes trashumantes.

Miguel Sagrado (violín, gaita y flautas) y Víctor Gallego (percusiones) arrancaron su concierto didáctico con la tradicional de origen sefardí “Esta Noche ha Llovido, Mañana Hay Barro” en su versión pastoril. Miguel y Víctor forman parte del cuarteto Pelejebre que, con la incorporación de la cantante María Fajardo, prepara un nuevo disco que verá la luz en los próximos meses.
Fue el estreno de esta versión en dúo, en la que fueron presentando instrumentos ancestrales, formas de toque y maneras tradicionales de hacer sonar objetos cotidianos. Pelejebre Dúo adaptó su repertorio al contexto del proyecto Trashumancias, como fue el caso del segundo tema, el «Romance del pastor», relacionado con la tradición salmantina, y de un villancico madrileño recogido por Manuel García Matos que el grupo utilizó como homenaje a San Isidro. También hubo espacio para recuperar temas de Mayalde y, por supuesto, composiciones propias.

Miguel Sagrado y Víctor Gallego fueron alternando canciones con explicaciones sobre instrumentos populares vinculados a la música pastoril castellana. Sobre el escenario del Pradillo aparecieron tejoletas de madera, piedras recogidas en el río convertidas en percusión, hueseras, panderetas, panderos cuadrados y distintas gaitas serranas.
También sonó por primera vez en el escenario el acordeón de Víctor, flautas construidas con hueso de buitre y formas antiguas de percusión hechas con costillas de animales, emparentadas con los bones irlandeses.

Miguel explicaba cómo algunas gaitas antiguas se fabricaban utilizando el cuero entero de una cabra y cómo ciertos instrumentos sobrevivieron durante siglos porque podían construirse con materiales cotidianos. Víctor enseñó unas tejoletas hechas con piedras alargadas encontradas en el río. «Yo siempre que voy a un río, la gente se baña y yo me pongo a buscar piedras», bromeó durante la actuación.
Entre canción y canción fue cayendo la noche sobre El Viso. La lluvia había parado apenas un par de horas antes y el frío recién llegado seguía atravesando el parque. Sonaron violines, rabeles, charradas y agarraos. Músicas que durante siglos recorrieron cañadas y caminos ganaderos y que aquella noche volvían a escucharse entre pastores de Tragacete, que pasaron los fríos del invierno con sus ovejas en estas tierras, y jóvenes estudiantes que se acercaban por primera vez a ese repertorio.

Después vino la cena entre pastores y estudiantes, músicos y profesores universitarios. El secreto y el revuelto de ajillos se mezclaron con el cumpleaños feliz que Miguel, Víctor y Bewis de la Rosa dedicaron a Jerónimo, pastor de Tragacete que ahora vive en El Viso. Extremos de la Cañada Real Conquense que se conectan constantemente. Como escribió el poeta portugués Miguel Torga, “Lo universal es lo local sin paredes”. Es la cañada.
Pelejebre Dúo, formado por Miguel Sagrado y Víctor Gallego, actuó el 16 de mayo en el parque del Pradillo de Viso del Marqués dentro del programa formativo de Trashumancias 2.6, iniciativa impulsada por la Cátedra UCLM-Diputación de Cuenca de Oportunidades frente al Reto Demográfico y vinculada al proyecto Aula Albura, financiado por el Ministerio de Cultura.

Texto de José An. Montero con fotografías de Irene Rotger Mas y Marta Moyano
