ARCA y el tigre

Por José An. Montero

Es fácil decir que esta 31.ª edición del ARCA de Aguilar de Campoo puede resumirse en dos datos: la victoria arrolladora en el palmarés del festival de Estefanía de Paz Asín con su trabajo Olvido Flores y la despedida de Jorge Sanz Pulido, director fundacional del Festival de Artes de Calle, tras treinta y una ediciones.

Siendo ambas verdades, también son profundamente inexactas y parciales. No son verdades completas ni redondas, sino verdades de titular fácil. En primer lugar, es indiscutible que los cuatro galardones del festival —Premio Susana Herreras del Jurado Oficial, Premio del Jurado Popular, Premio del Público y Premio del Jurado Juvenil— han recaído merecidamente en Estefanía de Paz. Según el jurado oficial, su propuesta representa una innovación que integra con maestría la tradición y el arte de calle, uniendo con acierto la fuerza dramática y la cómica. A ello se suma la variedad de registros y la riqueza creativa de su trabajo, junto con la valiosa recuperación de la memoria de tantas generaciones de artistas ambulantes.

Pero esto no significa en absoluto que no haya habido otros espectáculos que también merecieran este premio. En esta edición del ARCA se presentaron al menos media docena de propuestas que bien podrían haber obtenido cualquiera de los galardones, o incluso varios de ellos. Desde Carena, de La Córcoles, que compartió el premio ex aequo del jurado oficial con Olvido Flores, hasta el maravilloso Zloty, de Pau Palaus, que cautivó a todo aquel que tuvo la oportunidad de disfrutarlo en su carpa junto al Pisuerga. También el ya clásico Pelat, de Joan Català, o la delicadeza de Gota, de Txema Muñoz, son solo algunos ejemplos de trabajos que habrían sido igualmente justos ganadores.

La otra media verdad es la despedida de Jorge Sanz como director del festival. Como acertadamente recordó Javier Martínez citando a Borges cuando le entregó el reconocimiento del festival: “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrastra […] es un tigre que me devora, pero yo soy el tigre”. Y eso no tiene réplica posible. 

Los milagros suelen formar parte de mitologías pretéritas, pero lo del ARCA se le parece bastante. El tiempo ha pasado rápido las páginas de estos treinta y un años. Siempre pasa demasiado rápido. Pero esta coherencia entre lo que uno quiere y lo que hace —volvemos a las palabras referenciales de Javier Martínez— reconoce que quienes se han dedicado al arte y la cultura han elegido un centro fundamental: desafiar lo establecido, como quien reta a la gravedad.

Este trabajo constante, junto al respeto y la generosidad hacia su equipo, recupera —como recordó Javier Martínez— la idea griega de la amistad y el compañerismo, y ha convertido ARCA en un proyecto colectivo que transciende lo individual. Jorge es ARCA, pero ARCA también son todos y cada uno de los miembros del equipo, desde el más veterano hasta el más joven voluntario. Todos y cada uno están dispuestos a seguir remando en este barco, porque es también su barco. Esa es la verdadera grandeza: ser capaces de conectar personas, emociones y humanidad. Y cuando esa conexión se produce, estamos ante lo más cercano que el ser humano conoce de los milagros.

Durante todos estos años, Jorge ha compartido con generosidad su amor por los escenarios, sembrando y cuidando un proyecto que hoy florece con fuerza propia y que seguirá vivo dentro de muchas décadas, cuando alguno de los voluntarios más pequeños recuerde, en el día de su propia despedida como director o directora, que aprendió a amar las artes de calle de la mano de Jorge en su infancia. Por eso, aunque deja la dirección, el ARCA no se detiene, porque su navegar es, y seguirá siendo, profundamente colectivo.

Contenido relacionado