
‘Hacer torrijas como acto de resistencia’ es un monólogo de danza contemporánea y tradicional, pero también teatro textual que rompe la cuarta pared. En este contexto, Marcos Martincano propone un viaje personal y familiar que se pregunta qué queda en él de las gentes que pisaron antes la tierra donde nació. Una tierra, que según Marcos Martincano, no sólo es polvo, piedras y barro, sino también las manos que la araron, los pies que la bailaron, la sangre que la regó o las historias que la narraron.
“Aquel día fue complicado”, explica, “porque hice dos pases. Son cincuenta minutos en los que no me salgo ni un momento del escenario. Tengo texto, tengo danza, cambio de vestuario. Fue un día bastante intenso”. ‘Hacer torrijas como acto de resistencia’ nace como proyecto de investigación coreográfica sobre biopolíticas de la tradición presentado en la hace un par de años y también se ha representado en calle o en el festival SURGE de Madrid, contextos completamente diferentes que la dotan de significados también diversos.
“La idea original de esta obra nació mientras estudiaba un Máster en Amberes que hice tras terminar mis estudios superiores de danza en Madrid. A veces necesitas tener cierta distancia para ver algo bien”, explica. “Allí me puse a investigar sobre mi identidad y mi tradición folklórica para el trabajo final del Máster”. De esa investigación surge ‘Hacer torrijas como acto de resistencia’, “una autoetnografía interdisciplinar que conjuga pasado, presente, folklore y modernidad en el contexto geográfico del Valle del Tiétar abulense como punto de partida para reflexionar sobre temas como la memoria histórica, la España vaciada o la identidad queer rural”, tal como explicó durante su participación en la residencia artística de María Pagés.
“Aunque siento si alguien se ha hecho la ilusión, pero no hay torrijas en esta fiesta, sino que el texto refleja un poco como hacer torrijas es una tradición familiar que pasa de generación en generación. Y también refleja el simbolismo de convertir el pan duro en un postre a través de tu trabajo”, dice Marcos Martincano.

Todas las culturas tradicionales, escribió Benito Burgos, integran elementos y manifestaciones de raíz emancipadora junto a otras de carácter reaccionario que perpetúan situaciones de dominación, exclusión o incluso violencia, algo que se plantea claramente en este trabajo. “Mi trabajo parte un poco desde una reacción casi visceral a ese conflicto interno de querer pertenecer a una tradición como la de los Quintos que también me excluía. Cuando trabajamos en la tradición corremos el riesgo de idealizar un tiempo que en realidad nunca existió. Es también peligroso pintar el pasado de color de rosa.”
Más allá de la autobiografía, este espectáculo se zambulle de lleno en la autoficción de la familia de “Marcos el Chavo” con epicentro en Sotillo de la Adrada. “No vengo a contar sólo mi historia, sino que quiero generar discusión y crear una narrativa en la que puedan verse reflejadas otras gentes”, explica. “La obra gira en torno a mi vivencia y la de una parte de mi familia en el Valle del Tiétar al sur de la Sierra de Gredos, en Ávila. Es una zona con una idiosincrasia particular en la que también se celebra la fiesta de Quintos, que simboliza el paso de la niñez a la adultez”.
En esa revisitación a este rito de paso, redescubrió “los elementos que me rodeaban como fantasmas, que quizá en este momento no los conocía y que me hubieran servido para desarrollar más esa pertenencia. Esta obra es como revelarse ante un desarraigo, que no fue voluntario, sino causado por otras circunstancias”. Marcos Martincano no plantea en este trabajo cómo arraigar “de cualquier manera, quiero pertenecer de una manera que sea válida conmigo y con la forma con la que vivo, con mis circunstancias y mi ética”.

Proveniente del mundo de la danza, normalmente trabaja como intérprete, pero siempre ha tenido “la espinita clavada en crear. He ido creado piezas cortas en colaboración, pequeños encargos o performances. Me interesaba profundizar en mis propios temas, reflexionar y generar discusión. En este trabajo además del intérprete es el autor del texto y de la coreografía. También ha creado el vestuario junto con Chris Snik y ha contado con la voz en off de Paloma García Contreras y un espacio sonoro creado por Eduardo Escobar Sepúlveda.
Aunque mi ámbito es la danza contemporánea, “tengo mucho interés por el folklore, donde hay mucha gente que lo ha estudiado mucho y que lo conoce perfectamente. Yo he ido aprendiendo cositas que voy integrando en mi forma de bailar. Cuando improviso bailando con otra gente de danza contemporánea, sale el folklore de manera natural”.
Una faceta como intérprete freelance que le ha llevado a trabajar con diferentes compañías y artistas escénicos como Iker Gómez, Mey-Ling Bisogno, Larumbe Danza, La Mínima, Kor’sia, Led Silhouette, Poliana Lima, Antonio Ruz o Beatriz del Monte, conocida actualmente como Bewis de la Rosa, con la que colaboró en su compañía Malditas Lagartijas en la obra ‘No hay jazmines sin tomates’.