
Bajo el sugerente título de “Simetría y virtuosismo en el repertorio a dos órganos de la Catedral de Cuenca”, Lucie Žáková y Carlos Arturo Guerra, organista titular del templo, propusieron un programa que trascendió lo musical, sumergiéndose en la historia de los órganos de Julián de la Órden, de la Catedral y de la propia ciudad de Cuenca.
Cada detalle, cada segundo, cada nota de esta noche de clausura del ciclo ‘Música en la Catedral 2024’ tuvo su propia historia, su propia belleza única. Desde la bienvenida en la puerta de acceso al templo hasta la ovación final, el mimo y el cariño en cada pequeño detalle y un programa hecho a la medida para la ocasión pusieron la guinda a la presente edición de este ciclo de referencia nacional.
A través del juego de espejos con el que se coordinaron delicadamente los dos organistas, propusieron un viaje doscientos años atrás a este mismo lugar. Como Alicia cruzamos el espejo para escuchar por primera vez en dos siglos el ‘Grande Concierto para dos órganos Verso de 8°’ compuesto por el conquense Santiago de Pradas, organista primero de la Catedral de Cuenca entre 1811 y 1821. Una de las escasas treinta piezas compuestas expresamente para estos dos órganos que ha sido recuperada y reconstruida de los archivos catedralicios por Carlos Arturo Guerra y Lucie Žáková, para ser interpretada por primera vez en público en este concierto.
Carlos Arturo Guerra, acompañado por Lucie Žáková, interpretando la música de su antecesor en el cargo hace dos siglos, en el mismo órgano para el que fue pensada, escrita e interpretada.

Iniciado el viaje en el tiempo hacia esa Cuenca, “pueblo religioso, estratégico y guerrero, (que) ofrece este aire de centinela y observador” que escribió Pio Baroja en ‘Los recursos de la astucia’, del que forma parte esa maravillosa novelita titulada ‘La canóniga’, ambientada precisamente en los primeros años veinte del siglo XIX. Una ciudad que había sufrido el rigor y los saqueos de las tropas napoleónicas, el regreso absolutista de Fernando VII, que transitaba la denominada década ominosa con la represión de los liberales y que está al borde de precipitarse en las crueles guerras carlistas que acabaran con los restos de antiguos esplendores conquenses.
Pero hasta en esos convulsos momentos, pueden surgir entre los paredones derruidos de este “nido de aguilas hecho sobre una roca” del que escribió Baroja, composiciones virtuosas y exquisitas como las que realizó Nicolás Sabas Gallardo para estos órganos. Sabas Gallardo que, como organista 1º, fue uno de los pocos que se salvó de la supresión de la Capilla de Música de la catedral de Cuenca. Tiempos de precariedad manchados “por la lepra amarilla de los líquenes”, como describe Baroja. Y sin embargo, aún hay refugio para la belleza en estas composiciones recuperadas por Lucie Žáková y Carlos Arturo Guerra, alguna de las cuales puede escucharse en su versión grabada en el reciente trabajo ‘Ecos de Catedral: Un paseo temporal y espacial por los órganos de la Catedral de Cuenca’.
Tras esta primera parte plena de emociones musicales e históricas, la velada reservaba para cerrar la temporada la interpretación de una versión para dos órganos, del Concierto ‘El Cuco y el Ruiseñor’ de Händel y la eterna Tocata y fuga en re menor, BWV 565 de Johann Sebastian Bach, ambas arregladas para dos órganos por Žáková y Guerra. La gran fiesta de los sentidos para terminar esta temporada de conciertos.

Si el cuco era interpretado por Lucie Žáková en el órgano de la Epístola, este arreglo nos tenía reservada la encantadora participación de Ana, la pequeña hija de Lucie y Carlos Arturo, interpretando al ruiseñor con alguna especie de ocarina, bajo la cariñosa dirección de su padre desde el órgano del Evangelio. Pura exquisitez para todos los sentidos. Una imagen de un arco iris infantil apareció en las pantallas que retransmitían en la nave central lo que ocurría en las alturas. Y, oh maravillosa sorpresa final, la pequeña Ana, a cuatro manos junto a su madre Lucie desde el órgano del Evangelio, acompañadas por Carlos Arturo desde el órgano de la Epístola, regalaron al público un pequeño y exquisito bis.
Ovación y sonrisas de felicidad entre el público para recibir a la pareja de organistas que bajaron a saludar al público acompañados por su hija Ana, vestida de los mismos colores que su madre y con un ramo de flores en la mano, con su hermano menor en los brazos y acompañados por Miguel Ángel Albares, director de La Catedral, y artífice de que cada velada musical en la Catedral de Cuenca sea una experiencia maravillosa e irrepetible.