
Lo explorado en este proyecto se centra en la idea de pueblo como símbolo, como sentimiento de pertenencia. Plasmar los lugares que han sido testigos del paso del tiempo, de las personas que han vivido allí y de los que vienen de fuera a visitarlos. Utilizando esto para hablar de una problemática social muy importante, que es la contaminación producida por el turismo y la masificación en las ciudades, siendo los mayores afectados los pueblos. «Los pueblos tienen que convivir con el turismo generado por la masificación de personas en las ciudades, que buscan un lugar al que escapar cuando tienen la mínima posibilidad. Los pueblos acogen a miles de turistas que van a desconectar, a pasar su vacaciones y tiempo de ocio. Tienen que soportar estos acontecimientos porque genera riqueza económica, que no cultural. Los turistas, vienen de ciudades en las que sobra asfalto y hormigón en busca de calma y naturaleza, en búsqueda de algo que les haga desconectar de la realidad de las ciudades. La falta de comunidad y comunicación en las ciudades, genera una romanización de la vida en el pueblo, que se ve como una pequeña sociedad “aislada” del mundo real, que al final solo puede hacer nada más que aceptar su destino. Ser el lugar de vacaciones cosmopolita que solo busca escapar de su realidad.

Centrándome en estos términos, quise explorar la problemática que resulta el turismo masivo para los pueblos: los veraneantes que nunca miran la tierra que pisan, que no exploran el lugar, su historia, donde se encuentran y sobre todo la contaminación producida por el turismo y su masificación.
El problema al que nos enfrentamos las personas pertenecientes a los pueblos es la benevolencia con la que vemos al turismo, la convicción de que la afluencia de visitantes en oposición a la producción industrial que hay en las ciudades, son prácticas de ocio, recreación y que no provocan deterioro en los recursos y territorios ofertados.
Pero al explorar este concepto, basándonos en este caso en Tragacete, llegamos a una conclusión mucho más realista, el deterioro del pueblo, de sus antiguos edificios parece no importarle a nadie, pero es un problema mucho más significativo.
Con mis piezas quise plasmar los lugares olvidados, lugares que los turistas no se paran a ver, a conocer su historia, a preguntar los porqués.

El olvido, parece un concepto muy poco importante en una sociedad con necesidades capitalistas y urbanas, con una velocidad vertiginosa que nos ahoga y no nos deja desarrollarnos como personas. El pueblo, con una perspectiva realista, se mantiene gracias a su producción y tradición, pero solo los que siguen viviendo ahí, las personas que trabajan meramente en el campo, en los oficios mas artesanales o los que tienen pequeños negocios en esos lugares, escapan de la industrialización y la gentrificación cosmopolita.» «Para plasmar todos estos conceptos explorados, decidí que lo mejor sería que los lugares, paredes, muros y suelos del pueblo hablasen, utilizándolos como “matriz” para realizar el Frotagge en las distintas telas.

Al contar con el tiempo tan justo, seleccioné los edificios que más me habían llamado la atención, además de los más emblemáticos del pueblo. Y así, con la casa de Don Casildo, la pared del edificio del Baile del pueblo (justo situado al lado del frontón), un pedazo de campo de las afueras del pueblo, la puerta de la iglesia y la propia plaza del pueblo, generé este pequeño archivo que se manifestó en cinco piezas de 130 x 100 centímetros.

Las telas fueron utilizadas sin ningún tipo de imprimación, para así, con el carboncillo, plasmar todo lo que se encontrase detrás de ella. Jugando con esto, el lugar y la situación meteorológica, con la ayuda también de muchas personas (para realizar por ejemplo la pieza de la casa de Don Casildo, donde les pedí que caminaran por encima) y compañeros (como Andrea Ramírez y Alicia Martin-Serrano, que me ayudaron a realizar los Frotagge y algunos de los vídeos y Elias Elbaz, que me ayudó a preparar las telas, encolándolas por la parte trasera; después de su montaje en los bastidores) conseguí plasmar la realidad a la que se enfrentan estos lugares y conocer de su historia y sus tradiciones. Haciendo que finalmente las piezas se conviertan en una forma de plasmar el olvido, que pertenezcan a su principio, Tragacete.

Nuria Araque Plaza, nacida en La Solana, Ciudad Real. Estoy interesada en la pintura, el dibujo y la fotografía. Mi trabajo más reciente se inspira en la pintura más allá del lienzo, en la abstracción, el movimiento, la carne y la expresión; utilizando los materiales y las texturas para generar sentimientos.
Exposición comisariada por José An. Montero y Cristina Domínguez (Crisdose). Fotografía: David García.
