Limerencia: del trastorno a la representación

Por Llanos Santoyo Díaz

Limerencia, definida como un estado mental involuntario de atracción obsesiva hacia otra persona, caracterizado por el deseo intenso de reciprocidad y pensamientos intrusivos, da nombre al nuevo proyecto artístico impulsado por el estudiante de Arte Dramático en la ESAD CLM, Pablo Corisco y que se presentó en Cuenca dentro del programa del Primavera SAGITA Fest,

Junto a su elenco: Angels García, Natalia García, Inés González, María Sevilla, Adrià Capsada y Valeria Ramírez; Pablo ha conseguido trasladar este fenómeno psicológico al lenguaje teatral en un propuesta que combina texto, corporalidad y elementos performativos, todo con el fin de explorar esos límites entre el amor y la obsesión. 

La idea del proyecto nace casi de forma casual: “Me apareció la palabra en redes sociales, empecé a investigar y me vi bastante reflejado”, explica Pablo. A partir de esta identificación personal surge una una propuesta artística que no solo busca representar un concepto, sino hacerlo tangible, visible y, sobre todo, reconocible para el espectador.

Sin embargo, trasladar un proceso tan interno y mental al lenguaje escénico no ha sido fácil. La limerencia, al tratarse de un fenómeno profundamente mental, obliga a encontrar nuevas formas de expresión. En este caso la obra se apoya en un fuerte componente corporal y simbólico: el elenco encarna las distintas emociones que atraviesan al protagonista, la persona limerente, construyendo así una especie de mapa emocional en la escena. 

Esta dimensión visual tiene especial relevancia en la puesta en escena. El uso del vestuario, por ejemplo, refuerza ese discurso narrativo: mientras que el protagonista, la persona limerente, aparece vestido de blanco; el resto del elenco se mueve entre el negro y el rojo, representando esa oscuridad que atrae y envuelve al individuo. “Quería darle mucha importancia a lo visual y a lo estético, porque es lo que llama la atención a primera vista”, señala Pablo.

Pero Limerencia no se limita a una estructura teatral convencional. El proyecto se presenta como un “universo” en expansión. Desde su origen en las redes sociales, planteado como un “acto cero”, hasta sus diferentes performances en ciudades como Madrid o Cuenca, la obra se transforma en cada representación, apostando por experiencias únicas e irrepetibles. “Queremos que el espectador viva algo que no se vuelva a repetir”, afirma Pablo.

Todo este carácter mutable y más experimental sitúa a la propuesta en un punto algo intermedio entre el teatro, la performance y la danza contemporánea, alejándolo de los formatos más tradicionales para conectar con los nuevos públicos. De hecho, uno de los objetivos del equipo es precisamente ese, acercar el teatro a los jóvenes, un sector que, como ellos mismos reconocen, se encuentra cada vez más alejado de las salas. 

Desde este sentido, la obra trabaja tanto con referentes clásicos como con algunos más contemporáneos. Podemos ver como la presencia de elementos rituales, la influencia del coro griego o la construcción de una atmósfera algo trágica conviven con musical actual, coreografías intensas y una narrativa más fragmentada. “Hay una parte de rito, de adoración a la limerencia como si fuera un ente”, nos explica Pablo, subrayando esa conexión entre lo ancestral y lo moderno.

El proceso de creación ha sido, además, profundamente colectivo. Aunque Corisco firma la dirección, el elenco ha participado activamente en la construcción de sus personajes, partiendo tanto de la documentación como de experiencias personales. “Es algo muy cercano, porque prácticamente todo el mundo ha sentido algo parecido”, comenta Natalia García, una de las actrices.

Es precisamente esta cercanía la que ha marcado la recepción del público. Tras sus primeras representaciones, el equipo destaca la conexión emocional generada en los espectadores, quienes no solo comprenden la propuesta, sino que se reconocen en ella. “Nuestro objetivo era que la gente pudiera ponerle nombre a algo que ha vivido”, explican.

Más allá de su valor artístico, Limerencia plantea una reflexión sobre la salud mental y la capacidad que el teatro tiene como herramienta de comprensión. La obra no ofrece respuestas cerradas, sino que abre un espacio para la identificación y la autorreflexión, invitando al espectador a cuestionarse sus propias experiencias y a verse reflejado. 

En un contexto en el que el consumo cultural parece desplazarse mucho más hacia lo digital, propuestas como esta reivindican el teatro como un espacio de encuentro colectivo. “Puede parecer que está en decadencia, pero en realidad está transformándose”, defiende Ángels García, otra de las actrices.Así, Limerencia no solo pone nombre a una enfermedad compleja, sino que la convierte en una experiencia compartida. Porque, como concluyen sus propios creadores, entender lo que sentimos es, muchas veces, el primer paso para poder gestionarlo. 

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