
Por Nerea R., María M., Nuria D., Paula T., Elena C., Dairén S., Almudena G., Ángela D. y Lucía C.
El pasado jueves 15 de octubre vivimos una de esas jornadas que te cambian la perspectiva y te llenan el corazón (Nerea R. y María M.). Nos trasladamos a la residencia del Hogar de San José para realizar una actividad muy especial: una clase intergeneracional donde los verdaderos maestros fueron sus residentes (Nerea R. y María M.).
Dejamos a un lado los libros de texto y las pantallas para abrir paso a la historia viva (Nerea R. y María M.). Les hemos estado preguntando sobre la educación que recibieron de pequeños, cuando fueron al colegio y a qué se dedicaron de mayores. Además, hemos estado hablando de la vida (Elena C.).
Las aulas que nos describieron parecían sacadas de una novela: espacios unitarios, la estricta separación por géneros, la falta de recursos y el uso de pizarrines en lugar de libretas o tablets (Nerea R. y María M.). Sus aulas eran sencillas y tradicionales, centradas en la disciplina, la memorización, la lectura, el cálculo y las labores manuales (Dairén S. y Almudena G.). Descubrimos cómo era la escuela de antes: asignaturas diferentes, niños y niñas separados y hasta alumnos que trabajaban en el campo para poder ganarse la vida (Ángela D.). Nos contaron cosas muy diferentes a las que vivimos hoy en día (Nuria D.).
Pero lo que más nos impactó no fue la falta de tecnología, sino las historias de esfuerzo que había detrás de cada mirada (Nerea R. y María M.). Muchos de ellos nos contaron cómo tenían que compaginar la asistencia a clase con el trabajo en el campo o las tareas del hogar desde muy niños (Nerea R. y María M.). Lo que más nos interesó de este encuentro fue descubrir el gran esfuerzo que realizaban desde niñas para ayudar a sus familias (Dairén S. y Almudena G.). A pesar de los pocos medios, recuerdan con mucho cariño a sus compañeras y los juegos de la infancia (Dairén S. y Almudena G.), y a aquellos maestros que dejaron huella en sus vidas (Ángela D.).

He conocido a Conchita, de 94 años, una mujer muy independiente que siempre tuvo claro que quería vivir a su manera y que no quería casarse (Paula T.). Conchita ha sido una mujer libre, que ningún hombre ha decidido por ella; me contó que decidió estudiar enfermería porque perdió a su madre con 6 años y quería buscar la respuesta de por qué falleció. Además, viajó por muchísimos sitios porque quería vivir (Elena C.). Por otro lado, Dolores, de 92 años, me contó que la guerra dificultó sus estudios y que, más adelante, dedicó su vida al cuidado de su hogar (Paula T.). Estudió en casa y luego se casó (Elena C.).
Conocer a Mercedes, de 88 años, ha sido una oportunidad para mirar al pasado, conocer otra forma de vivir la educación y aprender de una vida llena de experiencias (Lucía C.). Ella nos dejó dos frases: «Hace más el que quiere que el que puede» y «Cuando hay una persona constante, esa llegará donde quiera» (Lucía C.).
También hubo un momento muy bonito cuando un abuelito nos contó que había sido pastor de ovejas y nos dijo: «Muchas gracias por venir hoy, no sabéis la alegría que nos dais, podéis venir cuando queráis». Sus palabras me hicieron ver que dedicarles un poco de nuestro tiempo puede significar muchísimo para ellos (Paula T.).
Fue una tarde de recuerdos compartidos, de risas nostálgicas y, sobre todo, de una escucha activa que nos unió profundamente (Nerea R. y María M.). El Hogar San José ha sido un lugar que me ha dado paz, donde las personas mayores están en paz, en compañía y sobre todo bien cuidadas (Elena C.). Escuchar sus vivencias nos ha ayudado a entender mejor la realidad social de las generaciones anteriores y a valorar los avances de la educación actual (Dairén S. y Almudena G.). Porque escuchar sus historias es también aprender de nuestra propia historia (Ángela D.), y detrás de cada persona hay una historia que merece ser escuchada, y detrás de cada generación, un aprendizaje que no deberíamos perder (Lucía C.).
Nos fuimos del Hogar de San José con una lección que no se aprende en ninguna universidad: que la memoria de nuestros mayores es el tesoro más valioso que tenemos y que el respeto entre generaciones es el puente que necesitamos para construir un futuro mejor (Nerea R. y María M.). Me llevo una experiencia llena de historias, cariño y aprendizajes, y la importancia de escuchar y valorar a nuestros mayores (Paula T.).
Queremos dar las gracias de corazón a todo el equipo del Hogar de San José por abrirnos sus puertas, y un agradecimiento infinito a cada uno de los residentes por su generosidad, su paciencia y por regalarnos una lección de vida que nos acompañará siempre (Nerea R. y María M.). Porque las personas mayores deberían ser eternas (Elena C.).
Este texto es una fusión de lo que escribieron de Nerea R., María M., Nuria D., Paula T., Elena C., Dairén S., Almudena G., Ángela D. y Lucía C.