Katie James, todo está conectado a través de la música

Por José An. Montero

Concierto íntimo y transfronterizo de la artista irlando-colombiana Katie James en el FĀCYL de Salamanca

En la Plaza Mayor de Salamanca, la banda catalana Ítaca presentaba su propuesta musical enérgica y de fuerte carga política. Un repertorio que fusiona ska, rock y letras reivindicativas, abordando temas como la precariedad laboral, el desarraigo y las luchas sociales. Su música, potente y festiva, con gran protagonismo de los metales, servía de banda sonora a la cena de los turistas premium que cenaban en los restaurantes de los soportales de la plaza. Pura Plaza Mayor.

En contraste, apenas a unos metros, en la intimidad del Patio Chico, Katie James proponía otra forma de música y de pertenencia. Más íntima, más honda, más aferrada a la tierra, pero no menos contundente en sus reivindicaciones. Dos formas de habitar la ciudad y la noche: Ítaca, como una plaza tomada con energía colectiva; Katie James, como una habitación íntima. Ambas, a su manera, celebraban la memoria y la raíz, pero desde visiones distintas: una vibrante y urbana; otra tejida al fuego lento de la transmisión oral. Un cruce de caminos que es marca de la casa del Festival Internacional de las Artes de Castilla y León (FĀCYL) en este periodo bajo la dirección de Rodrigo Tamariz.

Bajo las sombras de la catedral, Katie James ofreció un concierto de memoria transfronteriza y mestiza. Canciones de herencias adoptadas, brotando de manera orgánica de una rica historia personal, sin artificio, sin gestos innecesarios. En su voz, se entrelazan las tierras celtas con los caminos de polvo, las selvas húmedas y los atardeceres campesinos: boleros, música andina, el eco de las baladas irlandesas y el susurro de una infancia en movimiento.

Recorrió Sudamérica de punta a punta, tejiendo músicas que, como ha dicho alguna vez, nacen de su lado más campesino: “valga aclarar, para quienes me ven como una extranjera, que crecí desde muy niña en una finca”, ha explicado. Antes de “Al sur”, recordó que era una “obra emblemática del suroccidente colombiano”, del Huila natal de su padre. “Volcán” llegó como una confidencia lanzada al aire: “él no sabe que esta canción le pertenece”, dijo sobre un vecino al que amó en secreto. En cada introducción, Katie invocaba personas, lugares, objetos, sabores y emociones. En “Puente de los Suspiros”, se sintió el perfume de Lima y la sombra tutelar eterna de Chabuca Granda.

“Este es el segundo concierto de muchos con esta maravillosa banda que hemos armado con músicos locales… Gracias, muchachos, por el compromiso, por la música.” Una banda formada para esta gira en España por Sergio Portales a la guitarra, Diego Rojo Carbajal en el contrabajo y Raymond Yunier González a la percusión, la acompañó en este viaje geográfico y personal. El momento clímax de la noche llegó con su himno “Toitico bien empacao”. “Tal vez no entiendan todos los nombres”, advirtió, “pero el mensaje es claro”. Nombres de tubérculos, prácticas rurales, modos de vida borrados por el marketing del folclore. No busca el exotismo, sino restaurar la dignidad. “Yo crecí allá, cultivando la tierra… Esta canción hace una pregunta desde mi perspectiva de campesino”, ha explicado en más de una ocasión.

Con “Humano”, presentó su carta más reciente, con palabras que hablaban de “amores perfeccionados en la memoria, pero profundamente humanos”. Cantos colectivos y cantos íntimos entrelazados. “Te conoces mejor a ti mismo cuando conoces tu herencia”, explicó. Canciones que, cuando nacen desde adentro, nunca dejan de sonar. Se quedan. Como la ceniza tibia de una hoguera que sigue ardiendo. Todo está conectado a través de la música.

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