Homenajes al rock ruso, pepinos de aluminio

Por Inés Villodre
Portada del casette recopilatorio del Rock Club de Leningrado (1988)

“agujeros, rollos, tenedores

Mientras pasan por aquí mis tractores

Todos crecen donde toca, donde planto

Pepinos de aluminio”

 letra de Alyuminiyevyye ogurtsy (Pepinos de aluminio) – Kino

Una anécdota muy repetida en foros musicales cuenta que en una ronda de preguntas que el cantante Viktor Tsoi, hizo tras un concierto en Dybna en 1987, el vocalista de uno de los grupos más importantes del rock en la historia de Rusia contestó que los pepinos de aluminio de su canción homónima “Alyuminiyevyye ogurtsy” eran una referencia al teatro del absurdo de Ionesco y que aquella letra no tenía ningún significado. Muchos fans del grupo empezaron a elaborar versiones basadas en significados que ellos mismos irían dotando a aquellos pepinos de aluminio, desde la Unión Soviética a los misiles lanzados en la Guerra de Afganistán, pero lo importante era que el estribillo había calado y hacía años que aquel grupo también.

La década de los años ochenta fue en la Unión Soviética la época de la Perestroika, del aperturismo occidental que trajo sus modas, costumbres y referencias musicales occidentales como los Sex Pistols, David Bowie, The Clash o Blondie, pero también puso de manifiesto un sistema económico que poco a poco iba abrazando al capitalismo como forma de entender el mundo. Leningrado tuvo su propio centro neurálgico musical, el Rock Club creado en la década de los 80 como una forma de traer estilos musicales occidentales de forma progresiva, como fue el caso del blues, en el que Zoopark y su vocalista “Mike” Naumenko y posterior productor del primer disco de Kino en estudio, 45 fueron el máximo referente y cara visible.

En un mundo separado por el Telón de Acero, el acercamiento musical de grupos como Kino solo ha sido posible con el acceso a Internet, que ha facilitado romper las barreras culturales que sin embargo, siguen manteniendo a la escena del new wave ruso en un espacio sobre el que hay que escarbar con malas traducciones del ruso de entradas en blogs de fans todavía inmersos en la “Kinomanía” que se generó en la década de los ochenta, pero en especial a partir del fallecimiento del cantante en 1991.

Leto, la coproducción ruso-francesa dirigida por el polémico director Kirill Serebrennikov, es en este contexto un homenaje a todo lo que fue y no pudo ser, y en especial, una visión idealista de algo que en occidente ha empezado a descubrirse despacio, pero que supone una ventana hacia una escena musical que existió, tal como muestran con más realismo las fotografías del artista ruso Igor Mukhin recogidas en su álbum I’ve seen rock and roll que retratan algunas de las figuras más importantes dentro de aquella nueva ola musical de absurdo, precariedad, ansia de libertad y nacimiento del rock en la Unión Soviética.

Un homenaje que recorre el Club de Rock de Leningrado, pasando por las estancias personales de Naumenko, en las que se desarrolla gran parte de la película, que permiten ver la evolución de un Viktor Tsoi que venía del mundo de la carpintería y que absorbió todas las influencias musicales que Naumenko le transmitía traduciendo al ruso las letras de algunos de los discos más famosos de la década, a los que homenajean y versionan grupos del underground actual ruso, como Glintshare y Shortpairs, durante toda la película.

Billy Joel, Bustin’ Surfboards, Talking Heads o Richard Hell and the Voidoids están presentes en la banda sonora que le valió a la cinta un premio en el Festival Internacional de Cannes, pero también en la recreación de sus portadas más icónicas en una de las escenas finales, además de la propia influencia que históricamente tuvieron sobre Naumenko y Viktor Tsoi más tarde. Esta relación musical entre Naumenko y Tsoi configura la película a través de un triángulo amoroso con Natalia Naumenko, criticado por no haber existido en la realidad, pero que inspiró la película gracias a las memorias de Natalia. Mike Naumenko influenció en todo caso musicalmente el nacimiento de Kino, que primero lo hizo como grupo de punk con Garin y los hiperboloides, permitiendo al grupo acceder al Club de Rock de Leningrado con otras bandas de primer nivel como Aquarium.

En el desarrollo de la historia, un narrador sin nombre coloca en la realidad en blanco y negro al espectador y le da un contexto, alejándolo de una posible conversión en película de Hollywood, a pesar de su romanticismo. Los grupos de aquel club de rock podrían haberse convertido en estrellas del rock que saltaran sobre los asistentes, sentados en butacas sin poder levantar pancartas, “pero eso no sucedió” repite en diferentes escenas metaficcionadas.

La película, que fue estrenada en cines en 2019, llegó a la plataforma Filmin el pasado 25 de septiembre. A pesar de haber recibido diversas críticas de músicos de la generación, como el guitarrista de Kino, Aleksei Rybin por la superficialidad y la falsedad de centrar el guión en un triángulo amoroso entre Mike, Viktor y Natasha que no existió o por el vocalista de Aquarium, Boris Grebenshchikov, fuese una broma absurda o una verdad que creer al pie de la letra, Leto es una ventana a ese verano soviético en el que nació Kino y empezó a forjarse el rock ruso, y sin el cual el Telón de Acero seguiría tapando la luz del sol.

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